Con el acostumbrado, y ya hediondo, rechazo de la derecha política de este país (y no pocos palmeros particulares y sectas varias abducidas por, o cómplices de, el fascismo patrio), el gobierno español ha iniciado los trámites de regularización de personas extranjeras para que puedan conseguir documentos que les permitan vivir legalmente en este país.
En el debate político sobre la inmigración, tiende a ponerse el acento, casi exclusivamente, en la “utilidad” que tiene la población extranjera para el mantenimiento del mercado laboral y para la conservación de aceptables índices de natalidad, destacándose su “aportación” a la buena salud de la economía nacional y las cifras de empleo, variantes del desempleo, índice de cotizaciones, reflejo económico en el consumo y otros extremos empecinados en seguir considerando a las personas extranjeras como objetos útiles de ajuste, mantenimiento, conservación o relleno.
Pocas veces se pone el acento en su consideración como personas, en su inalienable derecho a existir con las garantías que el país en que viven ofrece a sus naturales, y menos veces se profundiza en lo mezquino del racismo cotidiano en la calle, en la tienda y en el quiosco, la xenofobia institucionalizada de miradas de arriba debajo de porteros, ordenanzas, guardias y vigilantes, las sornas variadas de la condescendencia cañí, la aporofobia callejera o el rechazo frontal y el desprecio a rituales, costumbres, hábitos, acentos o celebraciones con que la identidad de las personas se expresa y cuyo respeto forma, debería formar, parte indisoluble de los derechos de ciudadanía que habrían de ser idénticos a los de cualquier español.
Se celebra y conmemora este año el medio milenio de la llamada Escuela de Salamanca, una corriente intelectual y filosófica de enorme importancia en el pensamiento posterior, especialmente en cuanto al enunciado y reconocimiento de los derechos humanos, de la que la obra del dominico Francisco de Vitoria fue notable voz. Quinientos años después, las fuertes objeciones de los órganos de poder al pensamiento de Vitoria (la Inquisición, órdenes religiosas, estamentos académicos, cohortes imperiales…), siguen siendo repetidas casi literalmente en España por partidos políticos fascistas y no tanto, cuyo apoyo, lamentablemente, crece sin parar en los procesos electorales.
Arriba ha quedado escrita la expresión “vivir legalmente”, oxímoron no creativo, sino todo lo contrario, porque el concepto de desarrollo vital, por sí mismo, ‘vivir’ (legalmente, naturalmente, libremente…) es derecho inherente a la condición de ser humano. Las rayas en los mapas, las líneas y las cosas que delimitan en papel los países, sean ríos o cordilleras, precipicios u orillas, luz, carácter, idioma, guerra o venganza no son, no podrán ser nunca elementos diferenciadores entre personas en cuanto a todos y cada uno de sus derechos.
La esclavitud, las razas, los libros sagrados, los dioses de todo tipo o el clasismo de las aristocracias y las artificiales excelencias, han sido asideros que, por la fuerza, la reacción, el totalitarismo y la codicia, han usado a lo largo de la historia para ‘argumentar’ su y “convencer” a miles de millones de personas de su propia inferioridad. Hoy esos mismos asideros, apenas “actualizados”, siguen siendo usados por una derecha española ultramontana, ignorante, cateta, caduca y extemporánea (también codiciosa, también homicida), para rechazar esa aunque mínima, pequeña, insuficiente y débil medida del gobierno español para la regularización extraordinaria de personas extranjeras, es decir, para iniciar el largo camino de reconocimiento de la igualdad de los seres humanos.
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