, 08 de febrero de 2026
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Palabra cumplida
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Palabra cumplida

Actualizado 31/01/2026 08:43

¿Ofrece alguna garantía la fe en el ritmo de la prosa?

El primer impulso a la hora de poner por escrito la columna lo cobramos únicamente del ritmo. Como si fuéramos un rey de un cuento infantil sin una oreja, hemos hecho caso omiso de la necesidad de cubrir la falta de sentido con una peluca abultada, y nos hemos presentado en el renglón tal cual somos, al aire. No conocemos una forma más apropiada para llevar el caudal de la palabra a la corriente de la lectura que este proceso letraherido estable en el cambio del significado.

No siempre nos comportamos de este modo, tampoco. Sí pensamos a la hora de escribir, a veces, como ayer, anteayer, el miércoles, domingo, cuando redactamos nuestro blog en el Oriente. La vida allá nos ha enfrentado al analfabetismo. Recuerdo aquella película donde la protagonista, en El lector, prefiere enfrentar la justicia por un caso inocente, antes que asumir en público su condición analfabeta, me parece. Yo paso por una circunstancia similar, cuando palpo con la mirada muda las portadas de los bellos libros de la librería Avant-Garde, Nanjing.

Damos por hecho un buen número de asuntos de la vida, pero basta detenerse un momento para apreciar el infinito palpitante en cada uno de esos hechos. Los libros nos han hablado sobre el concierto de las estrellas que nosotros vemos azarosas, caóticas, en el cielo. La poesía ha atestiguado la condición vagabunda de los astros, con unas órbitas que en vano compiten con el hado estable del ser humano. El color, antes de Goethe, no era el mismo que después de él.

Las eras, muchas veces, las definen hechos fortuitos, como el nacimiento de un autor, su deceso, el olvido de la historia, su invención continua. El ritmo, en este caso de mi prosa, ahora tornará atrás, en un giro de talones, una vuelta de campana, un vistazo al retrovisor para no pillar a nadie y dar el volantazo. Desharemos el camino, hacia la luz de Goethe, que aquí no será la suya sino la de Walt Whitman, en la penumbra de su vigilia, como dije en mi blog en la semana. Los astros, ahora, serán unas altas esferas, sin ningún Fray Luis de León, ni Maestro Salinas, tañendo la cítara del compás divino.

Los planetas se reducirán a Saturno, con el color azul descubierto por Juan Valera, común a la música detrás del rocanrol de nuestros padres. La librería Avant-Garde, Nanjing, como un recurso contrahecho del lenguaje, dejará de ser ese espacio habitado por mi ignorancia y asombro, y cobrará el aspecto de un estacionamiento subterráneo con una cruz invisible. El lector, me parece recordar, fingirá en este caso entender todo lo que la letra de molde en vano quiso precipitar.

Al otro lado del río Tormes, demoramos el paso en la contemplación de una catedral duplicada, cuadruplicada, en la corriente del río ignorante de Manrique. De este lado, sabemos sin margen de error que el mar presentido en la Plaza de Anaya, con una brisa de polvo de oro, no era más que eso, un presentimiento, una intuición. Caminamos por sus calles y perdemos la cuenta de la poesía que salta de las piedras. Evitamos la sombra de los templos, para no contaminar con nuestro móvil el silencio impoluto de la liturgia.

Igual que Salamanca, cada ciudad adopta a su propia gente. El curso de sus calles y plazas organiza la vida pública de quienes en privado visten mangas de camisa y se echan en la cama al lado de una ventana ignota. La planificación del mundo, que en un principio obedeció tan solo al orden impuesto por el poema de Jorge Luis Borges, Las causas, dicta con el sistema de su economía y mercado el modo de contraer la existencia. La política —lo ha gritado hoy por hoy lo inaudito— se construye con base en la moral del más fuerte. A la vuelta de la esquina, creemos, morará un nuevo David, igual de contrito que el otro, tendido al descanso apacible de un prado, con la honda perdida.

Salamanca, para Unamuno, fue el deseo de volver a ella, «en el reposo quieta». Fue Fernando de Rojas, Enrique de Villena, San Francisco de Asís. Fue el Huerto de Calisto y Melibea, reescrito antes en China. Salamanca es Andalucía también, por las personas de allá en la ciudad dorada. Su Plaza Mayor, su Biblioteca General Histórica, sus laberintos barrocos eruditos, su riqueza mineral azul, persistirán en la memoria del futuro siempre que haya un espacio abierto para su acogida.

Las ciudades cobran dimensiones simbólicas. Como una joya, una artesanía, un regalo, conservan la hechura a mano de una persona creadora. Tienen por vocación, en ocasiones, dictar un estudio de la luz, la suerte, el cambio. Sus sendas las recorren personas sin rumbo fijo, pendientes del semáforo peatonal para cruzar el paso de cebra. Sus fuentes de piedra, pretéritas, las lastiman los pájaros que bajan del cielo para picar el agua con su inocencia no aprendida. Los árboles, a veces, tienen una historia ligada a la página de un libro.

La escritura, con su rosario de palabras inconformes con la evidencia, completa el vacío dejado por el misterio. La escritura, en palabras de pocas personas, es un arte, en tanto que en palabras de todavía menos es una artesanía. Es la gente pobre, en cambio, sin literatura, la que hace de ella palabra viva sin necesidad del cenobio de la letra de molde. La escritura, con su lazo conyugal, conduce a su intérprete a un recodo solo sabido por ambos, donde comparten el rito de la comunión. La escritura es la persona que funde los tipos de la imprenta, que harán callar el texto y pondrán de realce un ornamento letrado exento de lectura, en paráfrasis de un libro salmantino sobre Bodoni. La escritura es el papel verjurado, que roba el tacto destinado al rubor de una mejilla cubierta por el velo del decoro.

La escritura, para las personas heridas por su milagro, consiste en rodar las palabras con el número de las rosas, que nunca escatima la exactitud de algo imposible de reducir a la materia. La escritura es lo que fingimos que dice para ocultar lo que en verdad compartió. Es, en fin, todo lo que no dejaremos caer en el renglón.

El ritmo lo busca la prosa, en tanto que la poesía pone énfasis en una historia (épica) que contar. Esto lo aprendí cuando conocí a Anquet, de El Cairo. Ella había pasado largas temporadas en Livorno, o París, por sus estudios doctorales sobre Amedeo Modigliani. La razón por la que me dirigió la palabra en un café de Shanghái fue por el lapislázuli que había dejado sobre la mesa. Fue un regalo de mi padrino de generación en la preparatoria, le dije en inglés, cuando me preguntó si era aficionado a la piedra. Modigliani fue aficionado a ella, continuó diciendo, por su escultura.

La concurrencia del café nos había acercado el uno al lado del otro, hasta obligarnos a intercambiar unas palabras. La exhibición del pintor italiano en China, 2024-2025, había llevado a Anquet ahí para entrevistar a un crítico de arte citado en su tesis. A mí también me gusta Modigliani, le comenté, aunque no como un experto, pues ignoro todo del arte, sino como lego —usé la palabra inglesa «layman», que después glosé como «non-expert». Mi primer contacto con la estética de Modigliani lo tuve en la adolescencia, cuando vi los retratos de El Fayum, explicó ella. De hecho, la interrumpí yo, tú misma tienes un aire. Ella respondió de inmediato con una sonrisa. Soy egipcia.

Esa tarde en Shanghái hacía mal tiempo. Yo había ido con la mochila al hombro, sin saber cuántos días pasaría ahí. Tomé nota de la exhibición de Modigliani y quedamos de vernos en Huagpu. Ella necesitaba a alguien que pudiera orientarla con el uso de las aplicaciones del país. Mi primer gesto con ella fue pedirle un taxi.

Esta columna, ella la leerá en Italia. En pocas semanas, presentará su tesis. He tardado casi un año en cumplir mi palabra de hablar sobre ella a media voz, en el periódico salmantino. Cada vez que conversamos, ella inicia la plática con ese motivo recurrente. Me llama perezoso, dice «lazybones», o «lazy kitty», en ocasiones. Yo he mencionado su nombre en este párrafo porque pronto presentará su tesis y la demora ha acumulado más tiempo del debido. Me remitió, incluso, una fotografía, para acompañar la publicación. Ella hizo la toma cuando abordó el taxi y se despidió desde la ventanilla.

Mi lapislázuli lo he traído todo el tiempo conmigo. En el aeropuerto de Tijuana, México, fue un problema. Lo examinaron con lupa. Yo les expliqué la historia. Incluso, les mostré mi chat con Anquet. ¿Es tu esposa?, me preguntó el oficial. Por la palabra «esposa», supe que me veía no como el joven que todavía pienso que soy, sino como el hombre de 42 años que su trabajo le permite visitar a su familia en vacaciones. ¿Qué nacionalidad crees que tiene?, le respondí al oficial. El muy atrevido pulsó la fotografía del perfil e hizo zoom. Me contestó «Kazajistán». Yo me quedé con el ojo cuadrado. Habría esperado que me dijera Egipto, África, Medio Oriente, Turquía, incluso, pero no Kazajistán. Mi esposa es de Kazajistán, continuó él, para sacarme del asombro. «Körisken?e», adiós. «Raqmet», gracias, le respondí. Sí es kazaja, dijo el oficial, cuando yo había cruzado la puerta.

Esta parte de la historia nunca se la conté a ella. Yo creo que así nos pasa a todas y todos. Por alguna razón, conservamos una historia rara y curiosa, destinada a permanecer en silencio por motivos sin razón. Con el paso del tiempo, en cambio, sucede algo más, que acomoda las piezas en su lugar, o simplemente las interpreta con la exactitud que en su momento fuimos incapaces de entender. El ritmo de la vida, despreocupado del significado de cada coma, cada elipsis, saca a flote una realidad impresa en el alma. Por eso me gusta conversar con las personas maduras. Desengañadas de la vanidad del mundo, ellas saben referir historias fascinantes, que cobran su vigor de la realidad material de la existencia. La materia, hemos dicho en la publicación del hipervínculo, tiene voz propia. ¿Ofrece alguna garantía la fe en el ritmo de la prosa? Cómo saberlo.

torres_rechy@hotmail.com

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