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Primero de mayo
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Primero de mayo

OPINIóN
Actualizado 30/04/2022 10:02
Ángel González Quesada

Probablemente, las celebraciones del Primero de mayo se desarrollen este año con parecida desgana e idénticas vacías liturgias con las que viene insultándose el sentido, el significado, el contenido y hasta la misma esencia festiva de esa fecha desde hace años. Convertida hoy la celebración del Día del Trabajo, o de los Trabajadores, en una insulsa ceremonia de pancartas y pegatinas, de desfiles incomprensibles y manifestaciones huecas, una autoafirmación de la impotencia y el vaciamiento de la idea solidaria que constituye el auténtico sindicalismo, las tópicas alusiones institucionales que se producirán el 1º de mayo valorando el sentido de esa fecha, no alcancen ya ni de lejos la verdadera razón por la que nació.

Desde los luctuosos, y heroicos, sucesos que en Chicago en el siglo XIX dieron lugar a la conmemoración del Primero de Mayo como recordatorio y homenaje a las luchadoras allí asesinadas defendiendo los derechos y la dignidad del trabajo, las progresivas conquistas en el reconocimiento de derechos de las personas asalariadas en los países más desarrollados, fueron añadiendo victorias a la lucha sindical solidaria, cristalizando en los años centrales del siglo XX un panorama laboral de amplios consensos igualitarios y de justicia social (excluidos, como en tantas cosas, los trabajadores españoles, asfixiados y sojuzgados por la cruel dictadura franquista).

Paralelamente a la mejora de las condiciones laborales y la creación y consiguiente manipulación empresarial e institucional del llamado “estado del bienestar”, la deriva economicista de falsos repartos, las maniobras legislativas político-rentables y una constante labor especulativa de las relaciones laborales en los países “occidentales”, fueron reduciendo paulatinamente los derechos de quienes trabajaban, en un proceso de chantaje y amenaza cada vez más explícita, un mercadeo indigno de intercambio y compraventa de derechos y deberes basados en la inmediatez, el deslumbramiento puntual y el desprecio a la solidaridad. Todo ello, aderezado con una escalofriante incultura y un creciente capitalismo despectivo, devino a finales del siglo pasado en el desprestigio de las organizaciones sindicales, empobrecidas por la desatención de los asalariados y las campañas periodísticas y políticas de descrédito, lo que provocó su institucionalización y dependencia de los presupuestos públicos, en una absurda realidad de seudo-representación sindical aplaudida por los gobiernos y costeada por sus adversarios.

En España, una vez iniciada la llamada Transición, los sindicatos de clase emergieron sin apenas fuerza ni apoyo de trabajadores amedrentados e inequívocamente insolidarios, fruto no solo de todos los manejos, manipulaciones y chantajes de todo tipo del ultraliberalismo, sino agravados por el particular modo de gregarismo e insolidaridad españoles, cultivado muy cuidadosamente por el franquismo y nunca superado desde entonces. El resurgir más auténtico del sindicalismo español, encabezado por nombres como los de Marcelino Camacho, Nicolás Redondo y algunos otros, fue un espejismo fruto del entusiasmo general por el fin del franquismo, mas rápidamente sometido al mercadeo de la subvención pública, creando un entramado de corrupción interna hecha de intereses personales, captación de puestos, manipulaciones asamblearias, ambiciones y favoritismos que generaron hacia los sindicatos desprestigio y desapego.

Bastaría con pensar en lo que es y significa la acción sindical, la solidaridad, la lucha de clases o las causas de los desequilibrios en el trabajo, las servidumbres de la producción o las dependencias sociales de las plusvalías empresariales, para darse cuenta de cuanto hemos perdido de la antigua pulsión por la lucha por la dignidad del trabajo (no otra cosa debe perseguir cualquier reivindicación, económica, social o profesional). Es más deprimente que lamentable, y menos indignante que desesperanzador, enfrentarse hoy día con la burocracia sindical, que en muchas secciones sindicales, federaciones provinciales o regionales, oficinas, despachos u otros órganos sindicales, está copada y ocupada, tomada y colonizada por la negligencia, la incompetencia y la inutilidad, la vagancia, la desatención, la ignorancia y el vacío intelectual, intelectivo e ideológico que nada representa.

Desde la nostalgia por el abrazo solidario y la acción colectiva, directa y honesta; desde la memoria del sindicalismo y de la lucha de clases que lo genera; desde el recuerdo de la solidaridad y a pesar de todo, ¡Viva el Primero de mayo!

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