Lunes, 24 de enero de 2022
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Lo hemos olvidado en el instante de nacer

Lo hemos olvidado en el instante de nacer

OPINIóN
Actualizado 18/12/2021
Juan Ángel Torres Rechy

Conozco casos de personas para quienes su trayectoria profesional muy meritoria aún no llega a los horizontes deseados. Siempre, como una utopía, ese objeto anhelado, llámese un artículo, un libro, una publicación de prestigio, una estabilidad familiar o social, ese objeto todavía se encuentra lejano, imposible de alcanzar, ilusorio. Aun cuando de hecho esa persona a la vista de su entorno familiar y de sus conocidos, o de sus lectores, o incluso de sus admiradores, desde tiempo atrás se encuentra en la posición soñada, como poseedora de ese objeto de valor inapreciable. Nosotros muchas veces no nos damos cuenta de nuestros talentos. La sabiduría popular describe tal caso como el goce invisible de un tesoro cuyo precio no se descubre sino cuando se pierde.

Probablemente, en realidad, esto nos suceda a todos. Somos como representantes de un drama usando una máscara de madera sin orificios por donde podamos ver. No andamos a ciegas, pues el sentido de la vista alcanza a mirar la luz entrando por el entorno de la máscara, vemos nuestros pies, apreciamos la claridad del día resbalándose por arriba por la frente, por los lados, por las mejillas, por la barbilla. O esto asimismo lo podría representar mediante otra imagen recogida de una conversación con un primo. Si nosotros nos picamos las costillas no nos moveremos a nosotros mismos a las risas. Para la orientación en la práctica del teatro de las máscaras más allá o más acá de la pericia propia y la competencia desarrollada en el transcurso del tiempo necesitamos la intervención de un otro, ya sea como representante de la misma puesta en escena, ya como espectador que le dé sentido a la obra. Del mismo modo, para el efecto de la risa se necesita el estímulo de otra mano en el costado de uno.

No sé si algo de lo anterior haya querido decir Fernando Pessoa cuando escribió en nombre de Alberto Caeiro «No tengo ambiciones ni deseos. | Ser poeta no es una ambición mía. | Es mi manera de estar solo. || [?] Saludo a todos los que posiblemente me lean, | quitándome el amplio sombrero | cuando me vean en mi puerta | mientras la diligencia se distingue en la cima del cerro.» La conciencia de una identidad redonda, bien definida como la circunferencia de la luna cuando está llena, esa imagen del poeta recostado en el ensueño de una vida en comunión con la naturaleza, no se basta a sí misma, «saludo a todos los que posiblemente me lean». Como una luz que se filtra, la presencia del otro, aunque sea como una remota posibilidad, le proporciona sentido a nuestra existencia.

Existe un dejo de tragedia en el hecho de sabernos tan dignos, tan completos, tan divinos, pero al mismo tiempo tan ausentes del paraíso donde la cifra de la plenitud llega a su suma cerrada. A veces somos vagabundos, andamos extraviados en el laberinto de la línea recta del pasado, el presente y el futuro, nuestro corazón no puede lanzar su alarido de guerra a ninguna batalla en el desierto de la vida. No tenemos adónde ir, o hemos olvidado el camino vislumbrado cuando todavía nuestras fuerzas se acumulaban en los músculos de nuestro cuerpo. Para un hombre rico las puertas de los cielos no están abiertas, dice el Evangelio. Por eso columnas como esta, carentes de valor, nos invitan a salir de las fronteras de nuestros nombres, más allá del sentido literal y metafórico de nuestras palabras y nuestros silencios, para derramar las aguas de nuestra sed en los caudales de esa persona al otro lado de la pared, para retirarle su máscara de madera, para tocar su costado con el dedo índice, para encontrar eso que no sabemos que buscamos porque lo hemos olvidado en el instante de nacer.

Nota: así como he citado al poeta portugués, Pessoa, debería citar a otras personas más, pues de ellas, de pláticas recientes y lejanas, he recogido las imágenes de la máscara de madera y de las cosquillas. Esas personas, no obstante, se reconocerán en estas palabras al leerlas y se sabrán mencionadas. En cuanto a la idea del otro como parte de uno, la literatura sobre el tema desborda todo intento humano por acotarla. A continuación, como punta de ovillo de este entramado cito a dos amistades del casco histórico de Xalapa, Enrique en Postres del Conejo https://www.facebook.com/donini20 y Úrsula y Pedro en La Barra del Ceviche https://www.facebook.com/La-Barra-del-Ceviche-Xalapa-111337914696201

Lo hemos olvidado en el instante de nacer | Imagen 1

Los Postres del Conejo

Lo hemos olvidado en el instante de nacer | Imagen 2

La Barra del Ceviche

18 de diciembre de 2021

Xalapa, Veracruz, México,

Juan Angel Torres Rechy

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