Sábado, 22 de enero de 2022
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Danzad, danzad, malditos

Danzad, danzad, malditos

OPINIóN
Actualizado 30/10/2021
Ángel González Quesada

Un acontecimiento mediático consumista y mercantil, como es la concesión a fecha fija y con presencias reales del premio literario "Planeta", denunciado desde hace muchos años (ver Juan Marsé y sus bofetadas) como un enjuague editorial que nada tiene que ver con la Literatura, ha venido a desvelar este año la levedad y artificiosidad de lo que seguimos empeñados en llamar 'Cultura', al "descubrir" como "autora" de la novela premiada, y de otras anteriores de gran presencia en los escaparates, a un consorcio de artesanos de la escritura dedicados a fabricar productos de lectura adecuados a los previamente mediatizados y manipulados gustos del también muy diseñado, estudiado y analizado, mercado de compradoras/es de libros.

No serán estas líneas las que cuestionen las tácticas y estrategias de editores y comerciantes de los objetos llamados libros para colocar en el mercado de consumo, publicitar y manipular la percepción de cosas de a tanto el ejemplar, pero sí lamentar, ya no el imparable descenso de la calidad artística de lo que se publica como talentoso o apreciable, que también, sino el generalizado hozar en el pozo de la mediocridad en que han venido a caer las expectativas artísticas, la demanda cultural y los usos y costumbres del ocio (léase de la boca abierta) de una sociedad absoluta y totalmente idiotizada en sus gustos, demandas, deseos y necesidades culturales.

Se toma aquí prestado como título el castellano de la oscura y amarga película de Sydney Pollack, para constatar por comparación, por asociación o por puro contagio, que desde los más apreciados programas de televisión hasta los más admirados artistas de la música o las artes escénicas, la mediocridad campa por sus respetos; que desde la última saga "literaria" de superhéroes, vampiros o detectives/as de soledad y gabardina, hasta el grueso de la producción cinematográfica, la chabacanería y la bastedad, lo previsible y lo infantiloide son norma de autoría; que desde las repetidas nóminas de 'intelectuales' opinadores y "recetadores" de cultura, a sueldo de los vendedores, hasta las no menos reiteradas listas de autores con marchamo de publicar lo que sea, la altivez de la baratura y la pedestre repetición son la referencia; que desde la colonización cultural de las administraciones públicas y su imposición de gustos hasta el diseño burocrático de la oposición a esas imposiciones, son la danza impuesta, la maldición endémica de lo consabido, el repetido juego de egos, superegos, crímenes sin castigo y desprecio de la dignidad; que desde la forja subliminal de modelos en el deporte, la farándula (la tarántula, la llama Pablo Carbonell...) o la competición..., no es difícil comprobar la enanez de la demanda cultural y el utilitarismo consumista de solo beneficio empresarial de la oferta que quiere satisfacerla.

Desde cualquier punto de vista, el crecimiento y maduración de las sociedades, específicamente la española, una de las más incultas, iletradas y despectivas con el talento creativo, la manipulación consumista ha fulminado el gusto y ha copado cada área de lo que hubo de ser personal decisión y libre opción, de un mercadeo asociando a marcas, objetos o productos vendibles y nombres famosos, que ha cristalizado en la imposición de gustos, el diseño de tendencias o el cálculo industrial de creación de necesidades, convirtiendo la demanda cultural (un decir) en imperiosa necesidad de compra, irrefrenable ansia de posesión, asunción del deber de experiencias concretas, angustia por la búsqueda de contacto, inevitabilidad anímica, acelerado afán o palpitante deseo de inmiscuirse en el mundo sacramental de la vulgaridad.

Asociar la existencia de ciertas tendencias "culturales" a solo modas pasajeras, sería como admitir que la educación, la enseñanza y la maduración personales, donde se crean y afianzan los afanes y expectativas intelectuales de cada uno, son también solo acontecimientos temporales. El pozo de vulgaridad, baratura e intrascendencia en que ha caído la demanda cultural, y la correspondiente y muy calculada oferta que la satisface, es tan decepcionante como doloroso. No es solo anécdota, como ha sucedido con el premio Planeta, "descubrir" que la "creación" literaria ha dejado de ser producto del talento, trabajo y libre decisión de una autora o autor expuestos al juicio de la sociedad que la juzgará, sino producto diseñado, pensado, producido y manufacturado de acuerdo con un estudio de mercado.

Más allá del adocenamiento, la imitación, el mercadeo y el enchufe; lejos de la boutade, la ocurrencia y la chorrada, y braceando en los reducidos ámbitos de la pelea diaria por la difusión, la apreciación y la presencia pública, afortunadamente todavía existen creadoras y creadores que en el cine, el teatro, la literatura, la pintura, la fotografía o los proyectos de innovación, rompimiento, transgresión y arrojo, nos aportan aún la esperanza en el talento, en la inteligencia y hasta en la imaginación y la originalidad, más allá de su nombre, su sexo, su apellido, su palmito o sus contactos. Por muchos años.

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