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Para la impunidad

Para la impunidad

OPINIóN
Actualizado 23/10/2021
Ángel González Quesada

Para nuestra boba credulidad y para alimentar nuestros autoengaños, vuelve la prensa de este país, y la judicatura, y la fiscalía a la atávica costumbre del olvido y de obviar, ocultar y condenar a la irrelevancia noticias que sacan a la luz temas relacionados con las múltiples represiones policiales en España no solo durante el franquismo (una interminable y continuada represión) sino en períodos posteriores, como la 'Transición', que hacen que el relato inventado para ese tiempo, en el que se ha 'decretado' históricamente que el buenismo democrático iluminó a los protagonistas de esa etapa, pase por cierto, y como si las fábulas del amigable acuerdo, el patriótico pacto y la desinteresada reconciliación que han inventado para ese tiempo, fuesen verdad.

Para nuestra vergüenza, como país y como sociedad, hace días una jueza argentina, en uso de las atribuciones que le concede el derecho internacional a intervenir en los imprescriptibles delitos de lesa humanidad y crímenes de estado, después de un largo proceso de investigación y cientos de denuncias, pruebas y testimonios, ha dictado auto de prisión, procesamiento y embargo de bienes, contra el español Rodolfo Martín Villa, acusado de ser responsable de al menos cuatro asesinatos policiales cometidos en 1976 y 1978 en dos concentraciones ciudadanas en Vitoria y Pamplona.

Para nuestra continuada humillación, podrían detallarse otra vez las circunstancias en que se produjo la represión por parte de la fuerza pública en la protesta sindical del 3 de marzo de 1976 en Vitoria, o las cargas policiales dos años después en Pamplona, que concluyeron con el asesinato de cuatro personas a manos de las fuerzas de seguridad, de los que es acusado Martín Villa. Para no herirnos más, no recordaremos aquí que la responsabilidad en multitud de acontecimientos, sucesos y hechos luctuosos de muertes, represión, tortura, maltrato y otros delitos cometidos en España después del fin del dictador Franco, en esos años oscuros de la Transición, cuando las estructuras policiales, militares y judiciales conservaban intacta la naturaleza con que habían servido durante cuatro décadas a la dictadura, han sido ocultados, negados, manipulados y artificialmente olvidados.

Para saber que nuestra democracia es volátil y poco fiable, habría que recordar que hechos, crímenes y actos de barbarie, sufrimientos, persecuciones y arbitrariedades cometidos en la España 'postfranquista', no solo no han sido juzgados ni aclarados, sino que ni siquiera forman parte de la historia oficial de unos años "borrados" tanto de los anales institucionales como de los libros y las aulas (por ejemplo, los excesos impunes del llamado "espíritu del 12 de febrero", aquel remedo de "dictablanda" de Arias Navarro que nunca dejó de ser dictadura ni de perseguir, encarcelar y condenar personas, ideas, organizaciones y manifestaciones de todo tipo; los no menos impunes crímenes de Montejurra, cuando pistoleros tradicionalistas monárquicos se imponían a asesinatos, cristazos y disparos por hacerse con palacios y cortes; la inmunidad penal de los inductores, cómplices y autores de los asesinatos de luchadores por la libertad ?Atocha, Yolanda González...- cuando organizaciones y personajes conocidos (Fuerza Nueva, Sánchez Covisa, García Juliá, El Alcázar...) imponían su ley, marcaban objetivos y señalaban a las futuras víctimas, usando los procedimientos y métodos del fascismo más brutal; cuando "Billy el niño", condecorado luego por la democracia, asfixiaba, apaleaba y torturaba a rojos de ocho a tres en la Puerta del Sol; cuando era de noche... y hoy nos mienten que lucía el sol...

Para nuestra deshonra, han tenido que ser jueces extranjeros, como tantas veces y en tantos temas, quienes intenten abrir, aunque solo sea una rendija, el inmenso, silencioso y vergonzante búnker de los crímenes del franquismo y sus herederos (Baltasar Garzón lo intentó... y ojalá pueda volver a hacerlo), y como en tantos asuntos que afectan nuestra dignidad, que persiguen la justicia real y quieren destapar la verdad, este país calla, baja la cabeza, acepta, se vuelve sordo y mudo... No son solo los jueces ciegos ni los fiscales mudos ni las tribunas indiferentes, que no juzgan ni investigan ni alzan la voz ni tienen en cuenta los derechos de la gente, ni los periodistas que no informan ni los políticos que no responden ni esos historiadores entre comillas que rellenan los huecos del tiempo con brillante espumillón, las librerías de recuerdos a la medida del olvido o que talan el bosque de nuestra memoria... Somos nosotros que callamos. Es nuestro miedo que nos inmoviliza. Nuestro silencio que da alas a la falsificación. Para la impunidad.

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