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Alfonso Sastre: la mordaza y la guadaña
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Alfonso Sastre: la mordaza y la guadaña

OPINIóN
Actualizado 25/09/2021
Ángel González Quesada

"EL FORASTERO.- A mí no me importa ya morir, ¿ve usted? Y sin embargo, usted desea vivir muchos años... Se dará cuenta de cuál de los dos es el que va a sufrir de aquí en adelante...". ALFONSO SASTRE, La mordaza, cuadro primero.

Cuando una persona valiosa desaparece de la vida de vivir, aunque la obra que deje, la huella que marque o el rastro de su paso por el tiempo sea importante y siga iluminando nuestros días, algo capital se apaga en una sociedad oscurecida por las erupciones de la mediocridad, el posibilismo y la simpleza. Ese brusco apagón nos ha herido con el fallecimiento de Alfonso Sastre, un dramaturgo cuya obra ha cruzado el tiempo durante decenios con su aliento de verdad, lucha y realidad.

Alfonso Sastre, autor de algunas de las obras dramáticas capitales de la segunda mitad del siglo XX, como Escuadra hacia la muerte, La mordaza o La sangre de Dios, representó con claridad la generación de autores que lucharon con su obra, y con su indesmayable compromiso personal, contra la dictadura franquista que asoló España durante cuarenta años, y que todavía hoy asfixia y cierra con sus tentáculos de dominación y clasismo muchas de las ventanas aún cerradas a la auténtica libertad.

Represaliado por la dictadura, encarcelado por la defensa de sus ideas, a las que nunca renunció hasta el día de su muerte, e indesmayable luchador por la cultura del pueblo, Alfonso Sastre constituye todo un ejemplo de estatura moral y de compromiso artístico y humano, que ha dirigido su talento, y su peripecia vital a la lucha por sus ideas, la denuncia de la hipocresía política, económica y mediática con que se ha construido la enorme simulación democrática que hoy, en España, sigue mostrando los frágiles puntales de su decorado. Su obra La taberna fantástica, que, como ocurre con tantas obras comprometidas ha querido ser manipulada y mostrada como populista pieza esperpéntica en lugar de lo que en realidad es, la cruda denuncia, sangrante y doliente, de un conformismo popular propiciado por la ineducación, la incultura, la ignorancia y el miedo, que tan bien sirve a los parásitos políticos y patrioteros de toda laya.

Quienes disfrutan de cierta edad, todavía recuerdan la acusación de terrorismo sufrida en 1974 por su esposa, Eva Forest, posteriormente sobreseída, que sirvió al fascismo español presente en las instituciones para arrumbar un poco más la obra literaria de Alfonso Sastre que, por otra parte, ya era reconocida en muchos países extranjeros como una de las más incisivas y de alta calidad dramática de la escena europea. Junto con Fernando Arrabal y Buero Vallejo, Sastre constituyó el pequeño grupo de grandes dramaturgos luchadores contra el franquismo, más considerados fuera de España merced a la persecución constante de la incultura institucional española. Un grupo heterogéneo que, junto con algunos otros como Max Aub o Francisco Nieva, reflejó en obras capitales de la literatura dramática en castellano, todo el sufrimiento de la sociedad española bajo el dominio del franquismo y su mezquina siembra de ignorancia, incultura, manipulación, miedo y amenaza, en una sociedad en la que se (nos) impidió aprender a apreciar, como en otros ámbitos artísticos, también la obra de sus mejores dramaturgos.

Hay en este país una insana costumbre de ningunear, perseguir y silenciar el talento que no se alinea con los intereses del poder que copa y maneja las instituciones, modela a su gusto la cultura y vive y medra del manoseo interesado del desarrollo social, o que no le ríe los chistes a la ocurrencia del adocenamiento y la vulgaridad. Se dice que una permanente guadaña de medianía y cortedad, cual péndulo, decapita a quien se atreve a alzar su talento, su palabra o su obra por encima de la incultura general que interesa al poder. Eso sucede todavía hoy, y Alfonso Sastre fue objeto y diana de esa mezquindad y mediocre posibilismo que asfixió y todavía domina la cultura española y que sigue obstaculizando el libre pensamiento, negando la vanguardia imaginativa, coartando la inteligencia y la valentía artística, ahogando la diversidad y el arrojo cultural y cercenando de raíz lo mejor del conocimiento.

La recuperación de la obra teatral de Alfonso Sastre, el apoyo a la producción de sus montajes en los grandes teatros, la presencia de sus piezas en emisoras de radio y televisión, la edición profusa de su obra, su lectura atenta, la honesta difusión o su análisis académico, serían hoy un rasgo cultural de la inteligencia, no tanto de investigación filológica, que también, como de reconocimiento y puesta al día de unos textos más actuales de lo que parecen y de un autor con mucha más talla que la mayoría de los que hoy ocupan los espacios de propaganda seudocultural. Eso, en este país, no ocurrirá, porque todos esos espacios, esfuerzos y tiempos están, siguen estando, mediatizados y amenazados por la guadaña contra el talento. Vaya desde aquí, a pesar de los pesares, junto con el último "gloria" del telón de la vida, un aplauso y un abrazo: larga vida, Alfonso Sastre.

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