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Homilía íntegra de Jesús García Burillo en la Solemnidad de Nuestra Señora de la Asunción
HOMILÍA DE JESÚS GARCÍA BURILLO

Homilía íntegra de Jesús García Burillo en la Solemnidad de Nuestra Señora de la Asunción

SOCIEDAD
Actualizado 15/08/2021
Jesús García Burillo

El Administrador Apostólico presidió la solemne eucaristía que tuvo lugar en la Catedral de Santa María

Saludo muy cordialmente al Sr. Deán, al Cabildo, al Sr. Alcalde y autoridades, a cada uno de vosotros, queridos hermanos, en la solemnidad de la Asunción de María. Una fiesta de gran tradición en toda la Iglesia y sobre todo en España.

Hoy ha sido llevada al cielo la Virgen Madre de Dios; figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada. Es la razón de nuestra alegría en este día: celebramos que la Virgen María, en cuerpo y alma, desde el momento de su muerte, acompaña a su Hijo en la gloria.

¿Y qué significado tiene para nosotros la fiesta? Lo exponemos en tres puntos: 1, historia del dogma. 2, preparación del dogma. 3, consecuencia: Dios es morada para el hombre y el hombre para Dios.

Primero, breve historia del dogma

Fue el 1 de noviembre de 1950 cuando el Papa Pío XII proclamó como dogma la Asunción de la Virgen María de este modo: terminado el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial. Esta verdad de fe no suponía una novedad, puesto que ya era muy conocida por la Tradición y celebrada en el culto a la Madre de Dios. En efecto, ya en el siglo IV se celebraba la fiesta de El Recuerdo de María, más tarde se llamó Dormición de María, y en el siglo VII la fiesta se llamó Asunción de María. En los relatos apócrifos la Asunción de María aparece en el siglo IV con el nombre de Óbito de la Santa Señora y del Tránsito de la Virgen. Los santos Doctores Agustín y Tomás de Aquino defendieron la Asunción corporal de María al cielo y, finalmente, después de la petición de numerosos obispos, el Papa Pío XII publicó la encíclica Munificentisimus Deus, apoyándose en la Tradición por el testimonio de Padres y Doctores con el consentimiento de obispos de todo el mundo. Así se aprobó el Dogma de la Asunción de María en cuerpo y alma al cielo. De este modo, el dogma no sólo es una fórmula de fe que hemos de creer, sino también, una alabanza y una exaltación a María.

Y continúa el texto del Papa: María fue asunta para honor del Hijo, para glorificación de la Madre y para alegría de toda la Iglesia. De forma que, la proclamación de la Asunción se presenta además como una liturgia de la fe y una ocasión de gran alegría para la Iglesia. Es la que experimentamos nosotros hoy en esta celebración litúrgica.

Segundo, preparación evangélica del dogma

¿Cómo se gestó la declaración de María asunta al celo?

En el Evangelio que acabamos de escuchar, María pronuncia unas palabras en las que encontramos ya la misma orientación: Desde ahora me felicitarán todas las generaciones. María misma se dirige a la Iglesia de todos los tiempos para decirnos que la alabanza a la Virgen, Madre de Dios, se daría en todo tiempo y lugar. Así, de las palabras del evangelista deducimos que la glorificación de María ya se daba en el tiempo en que san Lucas escribió el evangelio, es decir, poco después de la muerte de María y de su Asunción al cielo, y el evangelista la consideraba como un deber y un compromiso que tendría la Iglesia en el futuro. Este misterio de María está representado magníficamente en el pórtico de piedra que da entrada a nuestra catedral. Por tanto, esta solemnidad es una invitación que se nos hace a nosotros para que alabemos a Dios y contemplemos la grandeza de la Virgen, uniéndonos a las generaciones pasadas y futuras.

Y ¿por qué María es glorificada en su asunción al cielo? Podría parecernos que la gloria de María consiste en haber ascendido singularmente al cielo por privilegio de Dios. Como si fuera un gran milagro que el Señor realizó en ella. Sin embargo, San Lucas ve la raíz de la exaltación a María en las palabras de Isabel: Bienaventurada la que ha creído. Es decir, la gloria de María está en su fe, en aceptar el plan de Dios sobre su persona. Todo el Magníficat es un himno de fe y de amor, que brota del corazón de la Virgen. Ella vivió con fidelidad las palabras de Dios a su pueblo, la promesa de salvación, convirtiéndolas en una oración. Aquí la Palabra de Dios se convierte en "palabra de María", una lámpara en su camino, que la dispuso a acoger en su seno al Verbo de Dios.

Por otra parte, el evangelio de hoy nos recuerda la presencia de Dios en la historia. El evangelista relaciona a María con David, portando el Arca de la Alianza. María encinta es el Arca santa que lleva a Dios en su seno y, por tanto, en medio de su pueblo; una presencia que es fuente de consuelo y alegría para María y para todos. Nos dice San Lucas que Juan saltó de gozo, danzó en el seno de Isabel, a semejanza de David que también danzó delante del Arca. María es la «visita» de Dios que produce alegría. La casa de Zacarías experimentó la visita de Dios, ciertamente, con el nacimiento de Juan Bautista, pero sobre todo la experimentó con la presencia de María, que traía en su seno al Hijo de Dios. Alegrémonos también nosotros por la llegada de Cristo a este mundo de la mano de María.

Tercero, consecuencia: Dios es morada para el hombre y el hombre, morada para Dios.

Ahora podemos preguntarnos: ¿qué aporta a nuestra vida la Asunción de María?

La primera respuesta es que en la Asunción comprobamos que en Dios hay sitio para el hombre. Dios es la "casa con muchas moradas" de la que habla Jesús. Dios es nuestra casa, en Él tenemos nuestra morada. Y María, unida a Dios, en su Ascensión no va a una galaxia desconocida, porque quien va a Dios, también se acerca a los hombres, ya que Dios está con nosotros. María, unida a Dios, recibe su presencia y su presencia está en medio de nosotros.

María tiene un corazón tan grande que toda la creación cabe en él. Los santuarios existentes en toda la tierra así lo demuestran. En toda la tierra honramos a María. María está cerca de nosotros, puede escucharnos y ayudarnos.

Pero no sólo en Dios hay sitio para el hombre, sino que en el hombre también hay sitio para Dios. En nuestro corazón podemos acogerlo, entregarnos y amarlo. Ahora bien, la cercanía de Dios se realiza en la fe. Por la fe abrimos nuestra puerta para que Dios entre en nosotros, dándonos la fuerza necesaria en nuestro camino. Abrámonos a Dios como se abrió María cuando dijo: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra. Acojamos nosotros su proyecto sobre cada uno. No le neguemos nuestra colaboración.

Queridos hermanos, todos esperamos que llegue el mundo mejor que anhelamos. No sabemos si este mundo mejor llegará ni cuándo vendrá, porque un mundo que se aleja de Dios no se hace mejor, se degrada. Es nuestra experiencia en la actualidad. Sólo la presencia de Dios entre nosotros puede garantizar un mundo mejor. Porque una esperanza es segura: Dios nos aguarda, nos espera, no caminamos hacia el vacío. Y, yendo al otro mundo, nos espera también la bondad de la Madre. Allí la encontramos a Ella y encontraremos a los nuestros, encontraremos el Amor eterno de Dios.

Dios nos espera. Es la gran esperanza que nace en esta fiesta de la Asunción. María, nuestra madre, nos visita y alegra nuestras vidas. Ella es la alegría y la esperanza de nuestro mundo. Así sea.

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