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Estatuario
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OPINIóN
Actualizado 20/06/2020
Ángel González Quesada

Las mismas voces que en los años noventa del pasado siglo, tras la caída del muro de Berlín, jaleaban con regocijo la caída de las estatuas de Lenin y Marx, derribadas en las plazas de las repúblicas bálticas por enfurecidas masas ávidas de revancha y reparación; las mismas manos que diez años más tarde aplaudían con entusiasmo la demolición de un gigantesco monumento a Saddam Hussein a manos de violentos grupos de enfervorecidos ciudadanos en un parque de Bagdad, y con no menor regocijo asistían al saqueo indiscriminado del palacio presidencial, las bibliotecas y los museos de todo Irak, se mesan hoy los cabellos y se rasgan las vestiduras escandalizados ante el derribo de estatuas levantadas en honor de personajes esclavistas, racistas, xenófobos o torturadores o, más cerca, ante el ocultamiento progresivo de retratos de Juan Carlos de Borbón que presidieron durante décadas instituciones oficiales y en cuya mancha de su hueco en la pared puede leerse más, mucho más, que la falsa leyenda mantenida durante decenios en un marco más valioso que el cuadro que delimitaba.

Una historia hecha de frases, es una historia muerta. Una historia hecha de leyendas, de falsificaciones, fabulaciones y falsos héroes, es una historia desdeñosa y humillante. Además, es mentira. Los defensores de conservar la memoria de los hechos mediante el mantenimiento de efigies, túmulos, retratos, homenajes y leyendas épicas, negando al mismo tiempo la revisión, aclaración y desvelamiento de la historia verdadera, abogan por un presente mutilado, manipulan la narración de la historia, mienten el origen, ocultan la injusticia, manosean la enseñanza y erigen enormes bronces en favor del silencio.

Sin el deseo de caer en la moderna falacia de la neutralidad (¿quién es neutral?), es de suponer que una mayor explicación veraz y contrastada de la historia, una enseñanza real y sin grandilocuencias ni imperialismos trasnochados de los acontecimientos históricos y su significación, una mejor y más comprensible y autocrítica información y revisión sobre personajes, sentidos y realidades del devenir de las comunidades, sociedades o países y, sobre todo, una decidida acción en pro de la igualdad, la responsabilidad, la reparación y la justicia de situaciones todavía inadmisibles de ya larga historia, sería el camino adecuado que permitiese asumir colectivamente la historia de los pueblos como una sucesión temporal y creativa, revisable, corregible, mejorable, muy diferente del enquilosamiento de una aceptación del pasado ciega, sorda, muda y servil.

Hay en marcha en el mundo un movimiento imparable contra el silencio que derriba tótems mudos. Quizá haya llegado la hora de las respuestas. Tal vez haya menos escándalo ético y rechazo intelectual en la forma en que se derriba una estatua de Colón que en el hecho de reconocer que sería aconsejable que esa estatua desapareciese de una plaza abierta a mil sensibilidades. Quitar una estatua no es suprimir la historia, salvo que quiera verse la historia como una estatua. Tiene más valor la cotidiana igualdad que el cartelón antirracista y más una relección de Vitoria que el monumento ecuestre a un perulero. Quizá provoque menos repulsa el que el retrato de un antiguo rey hoy desprestigiado se descuelgue, que negar el debate público sobre el significado de una institución como la monarquía. En un mundo en llamas no hay dignidad en el silencio, ni equidistancia, ni lágrima sola.

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