Portugal incluye en el Panteón Nacional a Aristides de Sousa Mendes, el cónsul que salvó miles de vidas durante la Segunda Guerra Mundial

Reconocimiento definitivo al hombre detrás de la hazaña que marcó la relación de Portugal con los refugiados del fascismo

Aristides de Sousa Mendes, cónsul portugués en Burdeos entre 1938 y 1940

Aristides de Sousa Mendes, el que fuera cónsul de Portugal en Burdeos entre 1938 y 1940, ha sido reconocido por el Estado portugués con los mayores honores, entrando a formar parte de la galería de ilustres del Panteón Nacional, que acoge a las más altas figuras de Portugal.

Este reconocimiento ha sucedido 67 años después de su muerte y trascurridos 81 años desde su crucial actuación, durante esos días del mes de junio de 1940, cuando salvó la vida de miles de europeos perseguidos por el régimen nazi.

Una lápida con el nombre de Aristides de Sousa Mendes figura ya en el Panteón Nacional de la iglesia de Santa Engracia de Lisboa, donde el pasado 19 de octubre tuvo lugar la ceremonia de honras fúnebres en la que estuvieron presentes los más altos representantes del Estado: el presidente de la República, Marcelo Rebelo de Sousa, el primer ministro, António Costa, el presidente de la Asamblea de la República, Eduardo Ferro Rodrigues, ministros, diputados, los más altos representantes de la magistratura, diplomáticos y miembros de la familia Sousa Mendes, así como de la fundación que lleva su nombre.

Se estima que Aristides de Sousa Mendes salvó la vida de más de treinta mil personas, que en el mes de junio de 1940 intentaban desesperadamente huir de Europa, donde eran perseguidos por el régimen de Hitler por las más diversas circunstancias. El cónsul firmó miles de visados que les permitieron pasar por España y entrar en Portugal, contraviniendo órdenes superiores del Ministerio de Asuntos Exteriores portugués, cuya cartera, en ese momento, ocupaba el propio presidente del Consejo de Ministros, António de Oliveira Salazar. Una acción que cambió su vida para siempre y condicionó la de toda su numerosa familia.

Aristides de Sousa Mendes había nacido en 1885 en Cabanas de Viriato, una pequeña localidad del distrito de Viseu, en el seno de una familia pudiente, perteneciente a la burguesía rural. Siguiendo el ejemplo paterno, estudió Derecho en Coímbra y emprendió la carrera diplomática en 1910, ocupando diferentes destinos en varios continentes. En 1938 fue destinado a Burdeos.

Portugal se había declarado neutral al inicio de la Segunda Guerra Mundial, en septiembre de 1939. Desde los años treinta, millones de judíos y otros ciudadanos perseguidos por el régimen nacionalsocialista habían ido abandonando sus hogares en los países del este y del centro de Europa, para establecerse en Holanda, Bélgica o Francia, confiando en que allí estarían a salvo. Con la entrada de los alemanes en París, el 14 de junio de 1940, comprendieron que su única salvación sería abandonar definitivamente Europa.

En esos días frenéticos, con los alemanes avanzando velozmente por la Francia no ocupada, se dirigían tan rápido como podían hacia los puertos del sudoeste del país, pero éstos quedaron inmediatamente cerrados. Burdeos se encontraba en una de esas rutas de huida y multiplicó en pocos días su población.

Los que vivieron aquellos días, algunos con pocos años de edad, relataron posteriormente la angustia, la confusión, la urgencia y el pánico que dominaba esos días la ciudad, con las calles, la estación de trenes y la sinagoga atestados de gente sin rumbo. Su esperanza era solo una: llegar a Portugal, el último puerto libre del sur de Europa, la puerta de entrada a una nueva vida al otro lado del Atlántico.

En 1939 Portugal había emitido una circular –la Circular 14, de 11 de noviembre, determinante en esta historia-, dirigida a todas sus embajadas y consulados europeos. En ella quedaba prohibido emitir visados de entrada en Portugal a judíos, rusos, perseguidos políticos, apátridas o personas que ya venían huyendo de otros países, sin previa autorización expresa por parte del Ministerio de Asuntos Exteriores.

Portugal quería evitar convertirse en un territorio de acogida para millares de refugiados, lo que, además de un desafío social y logístico para el país, podría causar problemas con los alemanes. El Gobierno portugués quería mantener su apariencia de neutralidad.

La actividad del consulado portugués en la sureña ciudad francesa cambió cuando, a partir de mediados de junio de 1940, comenzaron a agolparse en su puerta decenas de miles de personas pidiendo un visado para Portugal. Su destino último no era este país, sino América, principalmente, los Estados Unidos, donde muchos ya tenían familia o amigos que habían ido marchándose a partir de la llegada de Hitler al poder en 1933. Muchos eran judíos, otros eran ciudadanos perseguidos por cualquier razón, entre ellos, exiliados españoles de la Guerra Civil.

Fueron las autoridades españolas las que detectaron que algo pasaba en el consulado portugués de Burdeos, del que dependían también Bayona y Toulousse. Un número exagerado de personas de toda nacionalidad, e incluso apátridas, estaba cruzando esos días de finales de junio de 1940 la frontera de Irún-Hendaya en tránsito hacia Portugal. Todos ellos portaban un visado del Consulado de Portugal en Burdeos.

Los historiadores apuntan que el cónsul emitió, al menos, unos 10.000 visados en esos pocos días de finales de junio de 1940, antes de ser descubierto. Así lo prueban los libros de registro del consulado. Pero se estima que pudieron ser más de 30.000, porque los niños quedaban incorporados en los visados de los padres y porque, tal era la urgencia para salir de Francia que, según relatos de testigos, el cónsul acabó simplemente garabateando su firma en un escritorio instalado en mitad de la calle, a veces en un simple papel de carta, firma que posteriormente era completada con el sello del consulado por sus ayudantes.

Cuando el embajador portugués en Madrid, Pedro Teotónio Pereira, viaja a Burdeos y constata in situ lo que está ocurriendo, el cónsul es llamado inmediatamente a consultas en Lisboa. Enseguida, recibe una sanción disciplinaria, que deriva en un proceso judicial, por el que es apartado de forma definitiva de la carrera diplomática e impedido de ejercer cualquier profesión jurídica.

Durante el proceso, tuvo la oportunidad de acogerse a una atenuante, apoyada en el estrés mental al que las circunstancias lo habían sometido. Esta vía le fue facilitada por el propio embajador, Pedro Teotónio Pereira, testigo de lo ocurrido en Burdeos, que en el juicio declaró haber encontrado al cónsul “perturbado, fuera de sí”, afirmando no tener duda de que el cónsul había perdido la razón. Sin embargo, en el momento de defenderse, se reafirmó en su elección, colocando su obligación moral como individuo por encima de su lealtad como funcionario.

En la práctica, Aristides de Sousa Mendes, en la categoría de represaliado y mal visto por el régimen, fue condenado a mucho más: al aislamiento social y a la pobreza. En su nueva condición de marginados e ignorados por todos aquellos que antes eran sus amigos, sus hijos, sin futuro, en un entorno que les era hostil, se fueron marchando de Portugal.

En 1945 Sousa Mendes sufrió una hemiplejia de la que nunca se recuperó. Su mujer, Angelina, murió en 1948. Poco a poco, el antiguo cónsul tuvo que ir desprendiéndose de todas sus pertenencias. Perdida la Casa do Passal, la mansión familiar en Cabanas de Viriato, recaló en Lisboa, ayudado económicamente por la comunidad judía. Acabó muriendo solo, pobre y olvidado en un hospital de beneficencia el 3 de abril de 1954.

Sus restos mortales reposan en el mausoleo familiar del cementerio de su pueblo natal. A Cabanas de Viriato, a día de hoy, siguen llegando descendientes de aquellos a los que salvó de un destino terrible en 1940, muchos de ellos hijos, nietos y bisnietos de los miles de judíos a los que auxilió. En su panteón nunca faltan piedras, como es costumbre en la religión hebrea.

Sus restos mortales no han sido trasladados al Panteón Nacional de la iglesia de Santa Engracia, como sí están los de otras figuras mayores de la historia portuguesa, como Amália Rodrigues, Sophia de Mello Breyner Andresen o Humberto Delgado. Por expreso deseo de la familia, Aristides de Sousa Mendes está presente entre ellos con una simple placa de mármol, en la que figura su nombre, su cargo y el título de ‘Justo entre las Naciones’.

Tardó en llegar el reconocimiento en Portugal. Impensable mientras duró la dictadura, una vez instalada la democracia su historia comenzó a ser difundida por la prensa. No fue hasta 1987 cuando el entonces primer ministro, Mário Soares, pidió disculpas públicas a la familia y el Parlamento lo readmitió en la carrera diplomática y lo ascendió a rango de embajador a título póstumo. En 1995 le fue concedida la Gran Cruz de la Orden de Cristo.


En 1998 el Parlamento europeo le dedicó un homenaje. En el año 2000 nace la Fundación Aristides de Sousa Mendes, impulsada por sus descendientes con el apoyo de varias entidades públicas y privadas, con el objetivo de divulgar su acción de conciencia. En 2008 surge el Museo Virtual Sousa Mendes, con testimonios de aquellos refugiados, muchos de los cuales eran niños en 1940.

En 2016 el presidente Rebelo de Sousa le concedió la Gran Cruz de la Orden de la Libertad. Y en 2017 es inaugurado Vilar Formoso Fronteira da Paz, un memorial dedicado a su figura y a los refugiados de la Segunda Guerra Mundial. Vilar Formoso era el primer lugar en el que se sentían a salvo después del horror, al entrar en Portugal.

En abril de 2021, el Senado de los Estados Unidos aprobó por unanimidad una resolución que homenajea su memoria, destacando su labor humanitaria.

Mucho antes, en 1966, había recibido uno de los mayores reconocimientos, cuando la Yad Vashem lo proclamó “Justo entre las Naciones” y fueron plantados 10.000 árboles en Israel en su memoria.

Avenidas, plazas y centros de enseñanza de ciudades de todo el mundo llevan su nombre, como por todo el mundo viven hoy descendientes de aquellos a los que salvó.

Su inclusión en el Panteón Nacional supone el reconocimiento definitivo de su acción y de su altruismo. Es el resultado de una iniciativa legislativa promovida en la Asamblea de la República el año pasado por la diputada Joacine Katar Moreira. Fue aprobada por el Parlamento, que decidió concederle los más altos honores del Estado portugués con el fin de “perpetuar la memoria de un hombre que desafió la ideología fascista, inspirándose en los valores de la dignidad y la libertad de la persona humana”. Fue creado un grupo de trabajo formado por diputados y miembros de la familia Sousa Mendes, que quedó encargado de preparar la ceremonia.

La historiadora Margarida de Magalhães Ramalho, investigadora de la figura de Aristides de Sousa Mendes, responsable de la argumentación histórica del museo Vilar Formoso Fronteira da Paz y autora del libro del mismo nombre, fue la encargada de realizar el elogio fúnebre durante la ceremonia celebrada en Lisboa.

Vilar Formoso Fronteira da Paz

La vecina localidad de Vilar Formoso fue protagonista en la relación de Portugal con los refugiados de la Segunda Guerra Mundial. Por esta frontera atravesaban la mayor parte de los que querían dirigirse a los puertos portugueses intentando llegar a Estados Unidos, Canadá, Venezuela o Brasil.

La mayoría tardaba bastante tiempo en conseguir los visados y los billetes de barco, por razones burocráticas, económicas o ambas, por lo que vivieron durante meses o años en Portugal. Algunos se quedaron en el país para siempre. Pero todos recuerdan en sus testimonios, recogidos en formato audiovisual en el Museo Virtual Sousa Mendes, en el Museo Vilar Formoso Fronteira da Paz o en la USC Shoah Foundation, el alivio y la hospitalidad que sintieron una vez en territorio luso.

Ciudades y villas costeras acogieron a decenas de miles de estos refugiados. Necesitaban estar cerca de los puertos desde donde partirían cuando la situación fuese propicia. Además, localidades como Estoril, Figueira da Foz o las villas termales de Luso, Caldas da Rainha o Curia, estaban preparadas para recibir extranjeros, pues ya eran centros turísticos y contaban con hoteles y casas para alquilar. La ciudad de Lisboa quedó prácticamente saturada antes del inicio de la guerra.

En Vilar Formoso existe el Memorial a los Refugiados y al cónsul Aristides de Sousa Mendes, inaugurado por el presidente Marcelo Rebelo de Sousa en agosto de 2017. Ocupa el espacio de los antiguos almacenes de la estación de ferrocarril.

Hasta allí, junto a la antigua aduana, comenzaron a llegar por miles los que huían del terror nazi. Algunos eran personajes conocidos o influyentes, como Antoine de Saint-Exupéry, los aristocráticos Habsburgo, los financieros Rothschild, varios miembros del gobierno belga o actrices como Marie Glory o Nora Gregor. La mayoría de los que llegaron, sin embargo, eran personas sencillas, ciudadanos anónimos, “gente como nosotros”, como reza un espacio del propio museo.

El museo Vilar Formoso Fronteira da Paz fue una iniciativa de la cámara municipal de Almeida, junto con el Ministerio de Cultura, el Turismo de la Región Centro y la Red de Juderías de Portugal. Fue financiado con fondos de la Unión Europea, de Noruega y de Portugal, y contó con el apoyo de la Sousa Mendes Foundation. Concebido por la arquitecta Luísa Pacheco Marques, con una estructura interior muy simbólica, la amplia base documental con la que cuenta fue recopilada por la historiadora Margarida de Magalhães Ramalho. Su entrada es gratuita.

La Casa do Passal

La casa familiar de los Sousa Mendes, que fue vendida en subasta pública para pagar deudas, pertenece desde 2001 a la Fundación Sousa Mendes. Este magnífico palacete beirão, se encuentra a las afueras de la localidad de Cabanas de Viriato, en el concejo de Carregal do Sal, en el distrito de Viseu, cerca del cementerio donde reposan los restos del cónsul.

Su exterior ha sido completamente rehabilitado, pero su interior sigue degradándose. La Fundación quiere convertirlo en un espacio visitable, que cuente la historia de vida de Aristides de Sousa Mendes y el acto de desobediencia por el que ha sido mundialmente reconocido.

Aristides de Sousa Mendes, figura mayor del siglo XX portugués

Sousa Mendes era un hombre monárquico, conservador y católico. Un funcionario del régimen a quien la vida le puso delante un dilema: acatar las órdenes de un Gobierno al que había jurado servir o seguir los dictados de su conciencia. Vivir tranquilo o sacrificar su carrera y el bienestar de su familia. Una lucha interior en medio de la desesperación generalizada. Optó por desobedecer. Fue una desobediencia consciente.

“Era realmente mi objetivo salvar a toda aquella gente, cuya aflicción era indescriptible”, dijo durante el juicio que lo condenó. Nunca mostró arrepentimiento. Fue el desacato de un funcionario público que actuó movido por una lealtad superior y salvó la vida de miles de personas, posibilitando la existencia de muchas otras.

El Presidente del Parlamento portugués, Eduardo Ferro Rodrigues, dijo en la ceremonia en la que recibió honores de Estado que “probablemente [la actuación de Sousa Mendes] habrá sido la mayor acción de rescate protagonizada por un solo individuo durante el Holocausto”, afirmando que “Aristides de Sousa Mendes fue figura mayor del siglo XX portugués”.

Marcelo Rebelo de Sousa concluyó con estas palabras: “Portugal, inclinándose ante su personalidad moral, eternamente agradecido, hoy y para siempre, lo recuerda y homenajea”.

El nombre del cónsul de Burdeos ya está en la Sala 2 del Panteón Nacional en Lisboa. Desde ahora y hasta el 27 de enero de 2022 se desarrollará un programa cultural y educativo tendente a divulgar su acción, que tendrá lugar en diversos puntos del país y del mundo. El 27 de enero fue elegido por la ONU como Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto con la finalidad de no olvidar las atrocidades que provocó.

  • Descubrimiento de la placa de Aristides de Sousa Mendes en el Panteón Nacional
  • Estación de ferrocarril de Vilar Formoso
  • Vilar Formoso Fronteira da Paz, en el andén de la estación de ferrocarril
  • Entrada del Museo Vilar Formoso Fronteira da Paz
  • Memorial a los pasajeros del "Tren Maldito"
  • Casa do Passal, en Cabanas de Viriato
  • Margarida de Magalhães Ramalho y Luísa Marques Pacheco, autoras del Museo VFFP