Domingo, 24 de junio de 2018

¿Hemos arribado a una nueva oportunidad para hablar y construir?

Son tiempos revueltos. Es también una época en la que pareciera que el camino andado y ciertas metas alcanzadas no tuvieran vuelta atrás. Pero es falso. Los pensionistas están preocupados, los sueldos para los primeros empleos son miserables y la estabilidad de estos es cicatera, hay gente en la cárcel por decisiones judiciales que no se entienden bien, la alcaldesa de Barcelona evita compartir escenario con el rey, la sanidad y la educación pública retroceden, la constitución española se descose y no existe entendimiento para reformarla, el proyecto europeo encalla enredado en una arquitectura institucional muy compleja y cada vez ilusiona menos. Emigrantes por doquier, ateridos, desempleados, asustados. Tiempos de hartura, de falta de imaginación, de miedo.

Una máxima que durante mucho se creyó sabia establecía que “en tiempos de tribulación no (había que) hacer mudanza”. Quizá fuera porque, por encima de la profunda crisis, se tuviera constancia de estar cobijado por una institución con unos cimientos capaces de soportar cualquier embate. Esperar a que escampara era sensato porque se estaba bien guarecido, pero ¿qué sucede cuando el refugio es precario y las relaciones entre las personas, el funcionamiento pautado de las reglas de interacción, apenas son un manojo de hilachos? ¿Se puede fiar del cabo que amarra al buque al puerto cuando la soga está gastada por el tiempo, por el roce de tanto subir y bajarlo, por el salitre marino?

Hay igualmente un aforismo recurrente a propósito de que las crisis son oportunidades para superar lo que quedó atrás, incluso para darle la vuelta como a un calcetín de aquel dicho que señala que lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa. Es posible. Se invoca como una salida virtuosa la de hablar, la voz, pero ella se encalla cuando entre las partes no hay confianza. Entonces se reivindica la figura del mediador, aquel deshacedor de entuertos, que tiende puentes.

Sin embargo, su tarea se enloda porque el contexto sobre el que no tiene control alguno varía tanto que resulta imposible componer una solución, quedando el escenario en manos del azar, de la simple conjunción del devenir de actores y de circunstancias, cuyo resultado final será luego explicado con las reglas de la causalidad más hipócritamente cartesianas.

Y después de hablar, porque se diera un consenso mínimo, construir. Edificar lo nuevo, ¿olvidando la realidad anterior?, ¿abandonando por completo las raíces que establecieron el precedente? ¿Qué ocurre con aquellas situaciones definidas por la presencia de personas que no les importa adónde van, sino dónde estuvieron?

Las noticias no contribuyen a generar una visión sosegada, menos aún las impertinentes opiniones de tertulianos hueros. Posiblemente solo algunos especialistas ofrecen claves que no dejan de estar afectadas por cierto sesgo partisano o, incluso, por un velo de vanidosa sofisticación. El tiempo revuelto en la vida de uno, al igual que en la de algo tan difuso como es la sociedad, o el país, queda encanallado por la desconfianza.