Martes, 26 de septiembre de 2017

No aplaudir

Conjugar la apabullante soledad de la existencia de uno al alimón de la vida en común con quienes lo rodean es una de las artes más complejas. Es algo más sutil que la clásica tensión entre individualismo y comunitarismo. En esta lo que se confronta son estilos de vida que imponen, además, formas de organización social. La historia de las ideologías está nutrida por fórmulas tan diversas como el liberalismo, el anarquismo o el comunismo, sin olvidar al nacionalismo. La construcción de la identidad social en combate con la forjada por la propia conciencia. El bien individual frente al interés colectivo. La fábula de las abejas de Mandeville, que hacía de los vicios privados el beneficio público, confrontada a toda una literatura de relatos utópicos y de sueños de felicidad individual en el marco de grupos humanos armoniosamente estructurados. Una tensión permanente que también configura el marco de actuación de las elites sojuzgando a las masas o, viceversa, adquiriendo estas un papel protagonista. La historia de la humanidad en un continuo del cero al infinito. Del aislamiento absoluto al colectivismo universal. De la exclusión a la integración.

Pero ahora me interesa referirme a la soledad más íntima, aquella que se puede encontrar tanto en el profundo silencio de la madrugada, cuando al dar una vuelta en la cama uno piensa en la jornada que le espera a la vez que conjuga sus más íntimos temores, las más profundas frustraciones, como en la algarabía de un espectáculo multitudinario, cuando, en el fragor del ruido generado por quienes te apabullan, tienes un destello de lucidez para preguntarte qué narices pintas allí. Ser entonces consciente de la rareza del devenir personal, de la incapacidad de encontrar una explicación coherente a lo que sucede en el convulso derrotero. Para paliar ese hiato, desde tiempos añejos el ser humano inventó una respuesta gestual. A guisa de un aleteo, en un determinado momento tuvo conciencia de que se podían alejar los malos augurios con un simple batir de palmas. Un gesto que igualmente podía traducir el movimiento en sonido.

Aplaudir es una acción que integra un impulso individual en un acto coral. Una forma de manifestar admiración ante el buen hacer y así mismo de respeto frente a quien se fue. Una manera de asentir y a la vez de acallar toda disidencia. Si bien la mímica del aplauso puede ser aislada y solitaria, aunque ya muchos no recuerden la nostálgica llamada nocturna al sereno, su nominación nunca sería como tal sino como un mero palmeado. El aplauso requiere de un grupo y siempre concita un encadenamiento de actitudes. Basta con que alguien empiece para que el reflejo empático se extienda a la concurrencia. Sin embargo, hay circunstancias en que yo me he negado a aplaudir. Una actitud terca, un exabrupto, una anomalía. Algo que concilia el silencio interior con el rechazo al ruido colectivo impostado. No se trata solamente de una renuncia al gregarismo sino de una reivindicación de la más radical soledad.