Miércoles, 13 de diciembre de 2017

El capital social espurio

Recibo una llamada para invitarme a formar parte de un tinglado que supone trabajo y reconocimiento social por el tipo de tarea que conlleva. Cuando parece que lo que hay que hablar está dicho, en lo que pienso es el último suspiro de la conversación, mi interlocutor de forma rápida exclama, “¡por cierto!”, y sigue una sucinta petición abogando, como si fuera de pasada, por alguien sobre quien yo podría tener algún ascendente administrativo en una de las tantas comisiones que uno integra en el mundo universitario. ¿Hay alguna conexión causal entre las partes en que queda segmentada la llamada? ¿Se ha ruborizado quien formula esa petición amable en los términos clásicos de “mira a ver si puedes hacer algo”? ¿Por qué no cuelgo de inmediato declinando el primer ofrecimiento aludiendo que he recordado una incompatibilidad con las fechas o simplemente diciéndole que lo he pensado mejor y que no acepto?

 

Una asociación profesional comete un desliz enviando cierta información a su lista de distribución. La persona que debe velar por el filtrado de las noticias que se reciben para reenviar a los miembros no se da cuenta de que un aviso bajo la guisa de un mensaje anónimo transcribe la existencia de relaciones en red en la academia y en medios de comunicación alrededor de un protagonista central que ha denunciado en un polémico libro reciente la desfachatez intelectual de ciertos amiguetes. Tanto el gráfico anónimo de la red como el libro en cuestión contienen datos veraces a mi entender. La asociación al percatarse del error remite un mensaje pidiendo disculpas. Poco después, de forma más oficial y con un lenguaje pomposo, una misiva condena el hecho y advierte de la posibilidad de emprender acciones legales por la supuesta difamación realizada. ¿Existe una relación causal entre ambas circunstancias?

 

Son retazos en medio de la canícula sofocante que expresan maneras de ser. Desde lo sutil a lo burdo. Un entramado de culpabilidades calladas tejidas generación tras generación en el que el hilo conductor que supone el reparto de favores configura un fino equilibrio de supervivencia. Una forma muy especial de capital social que establece las formas de confianza en la gestación de este tipo de lazos informales para hacer realidad aquella máxima del taxista porteño que al saber de mi procedencia me dijo divertidamente: “¡Ah, de Salamanca! ¡Lo que Salamanca no da se consigue con palanca!”