Lunes, 25 de junio de 2018

La superioridad moral

Los eventos se suceden y generan resultados. La gente, las fuerzas políticas, los intérpretes de la realidad se movilizan, actúan cada uno en su terreno y luego buscan dar explicaciones. Entender lo que acontece es connatural con el ser humano. También lo es elucidar por parte del grupo triunfante las razones de su éxito. Se trata de que los demás no sólo reconozcan al vencedor si no que asuman el juicio de éste del sentido de lo acontecido. Una posición ganadora requiere a su vez de un relato que además de esclarecer sea demoledor. Se puede ganar en una contienda por distintos motivos: ser más fuerte o más inteligente, tener más dinero o mayor capacidad de convicción, poseer un apellido ilustre o una fama mediática; a veces la suerte juega un papel determinante.

 

Un largo conflicto armado como es el colombiano, la convocatoria del referéndum británico y las elecciones generales españolas son tres sucesos cuya resolución diferente ha acaecido casi de forma simultánea. Se trata de cuestiones distintas ciertamente. El carácter plebiscitario de la cita británica o los comicios españoles con una oferta plural tienen poco que ver con un doloroso conflicto que arrostra decenas de miles de víctimas. Sin embargo, en los tres casos quienes se sienten triunfadores enseguida se han encargado de airear el resultado a los cuatro vientos acompañado de la consiguiente narrativa explicativa. Fuera de los motivos recién esgrimidos hay uno que se alza de manera abrumadora y en mi opinión torticera: se trata de la superioridad moral.

 

Mientras que en el Reino Unido uno de los principales conmilitones que abogaban por la salida del país de la Unión Europea se refería a que el resultado traducía el deseo inequívoco “de la gente decente”, en España el presidente del gobierno en funciones entona en lo que considera el discurso “más difícil” de su vida la loa al trabajo bien hecho de sus amigos. Son dos ejemplos palmarios de un relato basado en una expresión de definición delicada, imposible de medir, y cuyo contenido se yergue en un intangible que humilla al perdedor. Se trata no sólo de ganar sino de mostrar que el éxito es consecuencia de un designio inapelable de características demiúrgicas. Ese escenario contrasta hoy venturosamente con el colombiano donde la superioridad moral resulta de la yuxtaposición de los antagonistas, de la grandeza del pacto donde no hay vencedores ni vencidos.