Miércoles, 13 de diciembre de 2017

La nueva política

Somos pretenciosos y tenemos una tendencia irreprimible hacia el adanismo. Como eternos niños, en distintos momentos de nuestra vida, frente a experiencias variopintas, a veces proclamamos con inusitado jolgorio la novedad de un determinado evento, la originalidad prístina de un suceso. Con candidez pregonamos el descubrimiento de océanos, del agua tibia. Nos encumbramos sobre el señuelo de la invención de la tradición. Repudiamos el escepticismo conservador de los heraldos del “no hay nada nuevo bajo el sol” porque creemos que el cambio es permanente. Además, hay épocas en que pareciera que las mutaciones adquieren un ritmo acelerado y una intensidad profunda. Con seguridad ahora estamos en una de ellas.

 

Ha pasado tiempo desde que empezamos a escuchar el mantra de la nueva política y tengo una posición equidistante entre el repudio a la novedad por la mera moda y su aceptación irrestricta por los cambios sociales acaecidos como consecuencia del impacto de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación articuladas a través de los avances en las comunicación, la psicología evolutiva, las neurociencias y la estadística. Algo de lo que de manera tan brillante analizan dos intelectuales de generaciones diferentes, Byung-Chul Han y Morozov, a los que sigo con atención y, añado, devoción. La incorporación de la construcción de narrativas que equilibren lo racional con el enjambre de las emociones, junto con el uso de las redes sociales y del manejo del big data, sustituyen a las lealtades partidistas, a la rigidez de las ideologías. Al interrogante de qué clase de gobierno queremos se contrapone el de qué clase de mayoría construimos. Al imperio del conflicto, la búsqueda del consenso. A los procesos electorales democráticos, los gobiernos no democráticos. En definitiva, el fin del monopolio de la mediación por parte de partidos que tienen una visión instrumental de los ciudadanos.

 

Cuando lo viejo no termina de desaparecer y lo nuevo no acaba de imponerse, se mantienen instancias intermedias que siguen desempeñando sus funciones como es la televisión y ello a pesar del enorme impacto de esas tecnologías que tienen en la vida de todos. Por tanto, su manejo y control siguen siendo determinantes. Mientras eso continúe así, la reivindicación de la nueva política es un eufemismo, un guiño provocativo de carácter más publicitario que programático. Un retruécano de la eterna política concebida como el arte de lo posible transferido a hacer posible lo necesario.