"Desde el burladero, sobre la arena, Javier Gómez Pascual le guardaba las espaldas. ¡Qué buen seguro de vida para los toreros que lo han tenido a sus órdenes!. Discreto, siempre un pasito por detrás, siempre entregado al toro dentro y fuera del ruedo"
Dicen que la última copa nunca se toma, aunque siempre hay una penúltima. Supongo que será lo mismo para un torero de plata que pone su penúltimo par después de 30 años de la que ha sido una de las plazas de su vida.
No los pares de oro y pasodobles de Ismael Martín, que en los dos de su lote puso en pie a La Glorieta. A veces la callada musica del toreo lleva otro ritmo, otro son, otro latido mucho más imperceptible. De blanco y azabache vestía hoy Javier Gómez Pascual, de Guarrate, esa hermosa tierra zamorana de La Guareña que es puerta y camino a Salamanca. Uno de los mejores terceros que ha pisado las plazas, anunciado siempre con los mejores, que se despedía de La Glorieta donde tantas tardes de luces y sombras ha vivido; de esta Salamanca donde se hizo torero, donde tantos días ha entrenado, tantas noches ha soñado el toreo, tantos compañeros, tantas cosas.
La Glorieta aparecía este último domingo de feria a rebosar. El domingo de Morante. Hubo un tiempo en que a los morantistas se nos tildaba de fanáticos, de jalear sus andares toreros, hasta cómo Morante se fuma el tiempo en cada puro. Cantar y contar sus faenas siempre ha sido lo mismo, pura poesía, pura inspiración. Subirse al carro en los tiempos de gloria es lo fácil.
Las tardes de Morante son tardes de puracos que perfuman y atufan el tendido, americanas de lino y pañuelos en el bolsillo, selfies poniendo morritos rellenos de bótox. De sombreros y abanicos, apreturas y olés que cuando rugen hacen crujir la piedra.
A su flojo primero le hizo todo bonito, tan fácil. Pero con el cuarto lo mejor llegó en pasajes al natural: el desmayo, el abandono, la pureza, y una estocada fulminante, perfecta, en el hoyo de las agujas, que por sí sola valia la oreja.
Isma ha revolucionado los tendidos desde sus dos recibos a portagayola a los vibrantes tercios banderillas. Vino para no dejarse nada atrás y ha sido pura entrega toda la tarde. Quizá por eso conecta tan bien con los tendidos. Su primero tuvo calidad pero muy poca fuerza -tan poquita que podría decirse que era un inválido-, al que hubo que hacerle las cosas templadas, muy despacito.
Con el quinto, que regaló alegres embestidas en el inicio de faena, dibujó pasajes intermitentes que no terminaron de tomar mayor vuelo al venirse a menos el toro. De pie, de rodillas, no se guardó nada. Con el toro sin cuadrar se precipitó con la espada y perdió una oreja segura.
Julio Norte en su presentación venía procedido de expectación. Todo el mundo quería verlo y se llevó el lote de la tarde de un buen encierro de García Jiménez. Variadisimo con el capote en los lances de recibo -con el quey cerraba plaza se fue a portagayola- y en los quites, se ha reivindicado como un torero de valor, de querer ser, de "aquí estoy", incluso con ansias aún de novillero, que a veces han atropellado la razón. La magnífica estocada al noble y bravo sexto, un toro importante, fue un broche de oro a la llamada tarde de Morante.
Desde el burladero, sobre la arena, Javier Gómez Pascual le guardaba las espaldas. ¡Qué buen seguro de vida para los toreros que lo han tenido a sus órdenes! Discreto, siempre un pasito por detrás, siempre entregado al toro dentro y fuera del ruedo, mientras La Glorieta despedía una feria ya celebrada con sus luces encendidas y se paseaba la última oreja, el destello azabache de su traje recordaba, sin saberlo, la música callada, silenciosa, profunda, que llevan sobre las hombreras, en el corazón, en el capote de brega o las banderillas, los hombres de plata, la plata de ley.
Ese penúltimo par.