Sábado, 19 de septiembre de 2026
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Los nuevos señores de la nube
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Los nuevos señores de la nube

«No tenemos ética para tanta técnica».

FELICÍSIMO MARTÍNEZ DÍEZ

«La crítica de la técnica se ha convertido hoy en un asunto de coraje cívico».

GÜNTHER ANDERS

Hay algo profundamente inquietante en la promesa de futuro que nos llega desde las pantallas. Se nos habla de inteligencia artificial, de longevidad, de ciudades inteligentes, de cuerpos mejorados, de máquinas capaces de pensar y de algoritmos capaces de anticipar nuestros deseos. Todo parece conducir hacia una humanidad liberada de sus límites. Pero conviene detenerse un instante y formular una pregunta incómoda: ¿liberada de qué y para quién? Porque quizá el problema de nuestro tiempo no sea que la tecnología avance demasiado deprisa, sino que nuestra capacidad moral y política para gobernarla avance demasiado despacio.

La Ilustración nos dejó una idea extraordinariamente sencilla y, al mismo tiempo, revolucionaria: todos los seres humanos poseen una dignidad que no depende de su riqueza, de su inteligencia, de su productividad ni de su utilidad social. De aquella convicción nacieron, con todas sus contradicciones, la ciudadanía, los derechos fundamentales, el Estado de derecho y la democracia moderna. No construimos una sociedad democrática porque fuera el sistema más eficiente, sino porque comprendimos que el poder debía encontrar límites y que nadie podía convertirse en dueño del destino de los demás. El ciudadano sustituyó al súbdito.

Hoy aparece una tentación diferente. Ya no lleva corona, uniforme militar ni título nobiliario. Llega vestida de innovación, eficiencia y progreso. Es la nueva aristocracia digital, concentrada en torno a grandes corporaciones tecnológicas, fondos de inversión y determinados círculos de Silicon Valley que parecen contemplar la democracia como una maquinaria demasiado lenta para gestionar el mundo que viene. Y aquí comienza el verdadero problema: cuando la ciudadanía empieza a ser sustituida por la figura del usuario y el usuario por la del cliente, cambia también nuestra manera de entender la libertad. El ciudadano tiene derechos; el cliente tiene preferencias. El ciudadano participa en la construcción del bien común; el cliente elige entre servicios. El ciudadano puede discutir las reglas; el cliente acepta las condiciones de uso. Es, probablemente, uno de los grandes combates políticos de nuestro tiempo.

El llamado solucionismo tecnológico parte de una premisa seductora: si tenemos suficientes datos, suficiente capacidad de cálculo y algoritmos suficientemente inteligentes, podremos resolver los grandes problemas humanos. La pobreza, la educación, la enfermedad, la soledad, la movilidad, incluso la política, parecen convertirse así en problemas técnicos. Pero la desigualdad no es una avería informática. La injusticia no es un fallo de programación. La soledad no se arregla necesariamente con una aplicación. Como ha señalado Evgeny Morozov, el solucionismo tecnológico corre el riesgo de sustituir la deliberación política por la fascinación ante soluciones técnicas que evitan enfrentarnos a las causas profundas de nuestros problemas.

La democracia, por el contrario, es lenta. Y debemos defender precisamente esa lentitud. Necesita escuchar al adversario, proteger a quien tiene menos poder, reconocer a las minorías, discutir las leyes y aceptar que no existe una solución automática para los conflictos humanos. La eficiencia puede ser una virtud empresarial; no puede convertirse en el criterio supremo de una sociedad. Hay cosas que una democracia debe hacer aunque sean incómodas, costosas y poco rentables. Como recuerda Felicísimo Martínez Díez, «no tenemos ética para tanta técnica». La frase resume quizá uno de los grandes dramas de nuestro tiempo: nuestra capacidad para transformar la realidad crece mucho más deprisa que nuestra capacidad para preguntarnos qué debemos hacer con ese poder.

Aquí aparece también el transhumanismo. Su promesa resulta difícil de rechazar cuando se presenta como lucha contra la enfermedad y el sufrimiento. ¿Quién no querría curar enfermedades hereditarias, prolongar una vida saludable o ampliar nuestras capacidades? El problema comienza cuando la mejora humana deja de ser una posibilidad terapéutica y se convierte en un privilegio económico. Antonio Diéguez advierte de que mientras la medicina terapéutica posee una orientación esencialmente igualitaria, la medicina de mejoramiento puede introducir una lógica de diferenciación.

Entonces la pregunta cambia de naturaleza: ¿qué ocurriría si los ricos pudieran comprar no solamente más bienes, sino mejores capacidades, más longevidad, mayor inteligencia o ventajas biológicas para sus hijos? Ya no hablaríamos únicamente de desigualdad económica. Podríamos estar ante el nacimiento de una aristocracia tecnológica capaz de convertir el privilegio social en diferencia biológica. Y ahí el proyecto ilustrado recibiría un golpe demoledor: la igualdad dejaría de ser una condición de partida para convertirse en una ficción jurídica.

El tecnofeudalismo expresa precisamente esta transformación. No estamos hablando de un regreso literal a la Edad Media, pero la comparación contiene una intuición poderosa. Antes se controlaba la tierra; hoy se controlan plataformas, infraestructuras, datos, redes y sistemas digitales. Antes los señores dominaban los caminos; ahora determinadas corporaciones controlan los canales por los que circulan la información, el trabajo, el consumo y buena parte de nuestras relaciones. Dependemos de ellas para comunicarnos, comprar, trabajar, informarnos y, cada vez más, para interpretar la realidad.

Elegimos, hacemos clic, aceptamos, consumimos. Pero muchas de nuestras decisiones son previamente orientadas por arquitecturas invisibles diseñadas para captar nuestra atención, predecir nuestro comportamiento y convertir nuestra experiencia en valor económico. El ciudadano corre así el riesgo de convertirse en un usuario permanentemente administrado. Y cuando eso ocurre, la democracia empieza a vaciarse aunque formalmente continúe existiendo.

Por eso necesitamos recuperar una idea elemental: la tecnología no es un destino. Es una creación humana y, precisamente por eso, debe estar sometida a decisiones humanas. Gary Marcus lo expresa con claridad: «No somos unos pasajeros pasivos en este viaje. El resultado final no es un destino predeterminado». Esta afirmación debería convertirse casi en un principio político de nuestro tiempo.

Necesitamos regular los monopolios digitales, proteger la privacidad, garantizar transparencia algorítmica, impedir la manipulación de la conducta y recuperar el control democrático sobre las infraestructuras tecnológicas esenciales. Pero necesitamos algo todavía más profundo: impedir que el ser humano sea reducido a dato, consumidor, recurso productivo o material biológico susceptible de optimización. La tecnología debe estar al servicio de la persona, nunca la persona al servicio de la tecnología.

Porque quizá el verdadero combate del siglo XXI no sea entre humanos y máquinas. Sea entre dos maneras de entender al ser humano. Una lo contempla como ciudadano libre, vulnerable, imperfecto, capaz de equivocarse y de participar junto a otros en la construcción de un mundo común. La otra lo contempla como consumidor, usuario, productor de datos o individuo optimizable.

Y aquí volvemos a la pregunta inicial. ¿Nos conduce la hipertecnología hacia una utopía de liberación o hacia una nueva tiranía?

Todavía no lo sabemos. La tecnología puede curar, liberar, democratizar el conocimiento y ampliar extraordinariamente nuestras posibilidades. Pero también puede vigilar, manipular, excluir y concentrar el poder en unas pocas manos. Todo depende de quién la controle y, sobre todo, de qué principios decidamos colocar por encima de ella.

La tiranía del futuro quizá no necesite uniformes ni cárceles. Puede presentarse con una interfaz amable, una sonrisa corporativa y la promesa de hacernos la vida más fácil. Por eso debemos estar atentos. Porque cuando dejamos de ser ciudadanos para convertirnos en clientes, cuando aceptamos que un algoritmo decida lo que podemos ver, pensar o desear, no estamos entrando simplemente en una nueva etapa tecnológica. Estamos renunciando, poco a poco, a la libertad.

La gran pregunta, entonces, no es qué hará la tecnología con nosotros. Es qué sociedad queremos construir con ella. Y mientras esa decisión continúe en nuestras manos, el futuro seguirá siendo nuestro.

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