Las tardes de rejones tienen un algo distinto. Un algo festivo, un público diferente, que hoy ha ocupado dos tercios de plaza. Amantes del toro y amantes, aficionados al caballo, que tanto proliferan en tierra de encierros y campo.
Tienen también un algo que viene con aires de melancolía. Aquellas tardes de San Mateo, ese 21 de septiembre del patrón, que este año no tendrá festejos. Y se hace raro. Aquellas corridas mixtas con uno a caballo y dos matadores por detrás, que quizá hubiesen dejado sitio a los grandes ausentes del ciclo. Los hornazos y el vino alegrando la tarde en el cuarto; la quedada de los compañeros de prensa que andábamos menos apretados que en el resto de feria, cuando Salamanca era una feria-feria y no dos fines de semana inconexos para mayor gloria de la taquilla.
Las tardes de rejones tienen la belleza, la armonía, el trote elegante de caballos toreros a su manera, de alta doma. Hermosos, regios; templados cuando hay que templar, retando cuando hay que retar. Esa emoción que, aún sin profundizar en el arte del rejoneo y sus entresijos, te transmite una faena redonda. Que las cosas buenas ponen a todos de acuerdo.
Por eso La Glorieta se ha puesto en pie con Diego Ventura -que sigue portando el cetro del rejoneo a años luz de los demás- cuando desorejó al primero de su lote o en la soberbia faena al quinto, premiado con vuelta al ruedo, que también se fue sin orejas de la plaza. Qué bonito es ver a un toro arrancarse, embestir, emplearse. Ejercer de toro, en definitiva. De toro bravo. Los murubes de Ángel Sánchez y Sánchez han honrado su estirpe y al campo charro y eso siempre es una alegría, un milagro que siempre esperas quien atraviesa la puerta de una plaza de toros.
Con un Rui Fernández que no ha tenido su mejor tarde, brilló también Guillermo Hermoso con el que cerraba plaza, tirando de repertorio clásico y llegando a los tendidos. Y cuando esa conjunción se produce, cuando el público sale de la plaza como ha salido hoy de La Glorieta, todo cabe y tiene sentido. La alegría de una tarde redonda de rejoneo y esa nostalgia que comienza a sentirse en el tramo final de la feria, que mañana se vestirá de no hay billetes en el nombre de Morante.
Hoy ya lo soñamos.