Sábado, 19 de septiembre de 2026
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El fin del mundo
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El fin del mundo

“El fin del mundo debe ser un crepúsculo lento, lentísimo, en el que puedan reconocerse de la manera más palpable las sucesivas heridas que mutilan el gran cuerpo antes de su destrucción definitiva”. RAFAEL ARGULLOL, El fin del mundo como obra de arte.

Durante siglos, ‘el fin del mundo’ ha cambiado muchas veces de cara. A lo largo de la historia, el fin del mundo fue un eclipse, un cometa, un volcán, el diluvio o la peste; después, el desfile de misiles y silos enterrados bajo la tierra, la potencia nuclear, el botón rojo, la locura del rey... Hoy ‘el fin del mundo’ tiene el rostro invisible de una máquina que aprende, y se llama OpenAI, Anthropic ... El miedo que genera esa idea de ‘el fin del mundo’, sin embargo, conserva la misma función: paralizar la imaginación de los ciudadanos para que otros decidan en su nombre.

La Guerra Fría, una tensión que durante lustros mantuvo en vilo en el siglo XX el temblor de la gente por su futuro, convirtió la amenaza nuclear en una forma de gobierno planetario. Washington y Moscú (el Oeste y el Este, dominadores y dictadores globales) acumularon arsenales nucleares capaces de acabar con la especie humana. Esa artificial tensión alimentó una carrera armamentista cuyos beneficios fueron, y continúan siendo, extraordinarios para la industria de la guerra, es decir, para la especulación económica bajo una alarma sin sirena, una amenaza sin nombre, un temor y un temblor que no eran sino eco de la dominación que administraba ‘el fin del mundo’.

En 1955, Bertrand Russell y Albert Einstein respondieron a ese clima con una lucidez que todavía incomoda. El Manifiesto Russell-Einstein no minimizaba el peligro, sino que, aunque reconocía que una guerra termonuclear podía conducir a la “muerte universal” (‘el fin del mundo’), su conclusión no era la sumisión ni la obediencia, sino aprender a pensar no en derrotar al otro, sino en impedir la contienda, en el desarme, en lo que desde entonces conocemos como pacifismo.

La nueva amenaza de ‘el fin del mundo’ llega ahora con nombres de Inteligencia Artificial, servidores, modelos de lenguaje y superinteligencia. Hace algunos años, dirigentes de OpenAI, Google DeepMind y Anthropic concluyeron que reducir el riesgo de extinción asociado a la IA (una especie de “desarme”) debía ser una prioridad mundial. La advertencia de 2023 (anteayer nomás) no concitó más atención que el de la mera anécdota de ciencia ficción, y por eso hoy la posibilidad real del ‘fin del mundo’ nos golpea en plena cara (Jacob Coxon, investigador de Anthropic que dejó voluntariamente su trabajo para no ser responsable de sus consecuencias: “Quienes están construyendo la IA creen sinceramente que podría matarnos a todos antes de que acabe la década”, 9 de septiembre de 2026). Una advertencia no es, claro, una profecía, pero ha conseguido que la estrategia del miedo vuelva a calar en las dinámicas sociales y a poner de moda otra vez ‘el fin del mundo’. (Mientras se invoca ese apocalipsis, Estados Unidos y China compiten por los modelos, los chips, la adopción y el despliegue de la IA . El lenguaje de la protección humana se revela otra vez como propaganda de una nueva carrera de poder)

No se trata aquí de negar los daños reales que los potentes modelos de IA pueden causar: la desinformación, la vigilancia, la concentración económica, la automatización sin derechos, el control sin control o el uso militar sin regulación democrática. Pero es preciso distinguir la prudencia del chantaje, la cautela del miedo, lo que en la vida personal, colectiva o política, merece, o no, la pena afrontar. Y lo que es necesario afrontar, vigilar y tratar de paliar, porque la verdadera extinción humana ya la hemos iniciado, sin posiblemente vuelta atrás, con nuestra brutal indiferencia e ignorancia hacia el cambio climático.

Frente al miedo inoculado, el pensamiento no ofrece una anestesia, sino una defensa: ser conscientes de cuáles son, y cómo, las amenazas reales, no tanto para prevenir ‘el fin del mundo’ (una idea que hoy por hoy tiene más de consuelo que de amenaza), sino de auto respeto en el tiempo que nos quede, de dignidad humana en la convivencia, de un ser valientes que habría de valer más que la mera existencia sumisa, que esa sí que no merece la pena. Hagámonos preguntas, como aconseja la Filosofía: preguntemos quién advierte, quién gana, quién queda sin voz, quién acepta, quién sirve, quién sube, quién desaparece y quién, en definitiva, pretende humillarnos en nombre de la catástrofe. La humanidad no vencerá por ser invulnerable, que no lo es y menos ante sus propios monstruos, sino por negarse a abdicar de sí misma. Pensarnos, recordar nuestra humanidad -como pedían Russell y Einstein- poner cuidado en cuidarnos, sigue siendo la forma más segura de impedir que otros administren, como siempre, ‘el fin del mundo’.

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