Jon Rubenach disfruta del régimen de semilibertad desde el pasado 8 de julio por la flexibilización de penas del Gobierno para los líderes del Procés, aplicada también en las transferencias al Gobierno Vasco por el chantaje independentista. El etarra que vivió en la Plaza de Castrotorafe durante su larga etapa en Salamanca, cuando perteneció al Comando Madrid (1999-2001), se beneficia de salidas diarias de la cárcel donostiarra de Martutene de lunes a viernes para realizar actividades laborales, formativas o de voluntariado y acumula varias condenas que suman más de mil años de prisión por 97 atentados e intentos de asesinato. Fue entregado por Francia en 2019, ingresando en la cárcel de Soto del Real, y en los últimos años pasando como inquilino por la prisión leonesa de Villahierro.
Rubenach huyó de Salamanca el 6 de noviembre de 2001 cuando detuvieron al comando Madrid, al que él ayudaba fabricando las bombas en su casa salmantina de la Plaza de Castrotorafe, tras un atentado con coche bomba en la calle Corazón de María después de ser perseguidos sus miembros por un ciudadano anónimo que llamó a la policía. El artefacto provocó 90 heridos, saliendo ileso felizmente el objetivo de los terroristas Juan Junquera, un alto cargo de política científica. Rubenach, Gorka Palacios, Aitor García y Belén Gurruchaga eran los integrantes de dicho grupo criminal, esta última estrecha colaboradora de Gaztelu “Chapote”, asesino de Miguel Angel Blanco. En enero de 2000 el sanguinario comando había matado en Madrid al teniente coronel del Ejército, Pedro Antonio Blanco García, dando por finalizada la tregua y siendo otro de los condenados Ibán Apaolaza, 120 años de prisión, también inquilino del piso de Salamanca.
Nunca hubiera podido imaginar que tendría en mi casa a Juan Luis Rubenach, que se me presentó como “Honorio” para que le diera clases particulares de francés. Discreto e inteligente y con gran interés por aprender la lengua de Víctor Hugo, aparentemente de paso por nuestra ciudad, “con vida de bohemio”. Reconozco que al principio me transmitió una cierta desconfianza y sensación de mosqueo, pero la verdad es que Rubenach, de 39 años, siempre afable y educado, con su mochila al hombro y poco después convertido en nº 2 de la banda, para el teatro no tenía precio y no aparentaba nada del demonio que llevaba dentro. Con marcado acento navarro, le hice saber mi impresión y me confirmó que era de aquella región. No era cierto, sino de Guipúzcoa, pero había pertenecido al comando Nafarroa, y también al Donosti, con una habilidad especial para escapar de numerosas redadas, sin ser nunca detenido desde que se formó siendo un chaval en las entrañas de la Kale Borroka. Un mes después, este ‘singular’ y sanguinario alumno me dijo que debía dejar las clases, al estar ‘muy liado’. Durante los siguientes meses se produjeron varios atentadoe en Madrid que él preparó.
Nuestro protagonista solía estar bien informado por las noticias o por chivatazos de sus compañeros, escapando a Francia desde la plaza de Castrotorafe, por la que pasó un buen número de terroristas, poco después de ser arrestados sus cómplices en la capital de España tras la explosión del coche bomba en la calle Corazón de María. Como jefe de logística de la banda y adiestrando nuevos terroristas, fue detenido el 9 de diciembre de 2003 cerca de la localidad francesa de Pau junto a Gorka Palacios, jefe de ETA, que también pasó por este piso clandestino de Salamanca. Durante su estancia en la capital charra Juan Luis Rubenach recibía a los integrantes del comando Madrid, acudiendo a Gargabete o a La Aldehuela para realizar el cambio de explosivos y en ocasiones viajar también a Madrid acompañando al comando, donde el 28 de junio de 2001 perpetró otro asesinato, esta vez contra el general Justo Oreja, con una bicicleta bomba robada en nuestra ciudad, falleciendo el militar salmantino un mes después.
Rubenach tuvo tiempo de conocer nuestra ciudad durante la época referida, donde compraba sus revistas de electrónica, salía de marcha sobre todo por la zona de Bordadores con otros etarras y practicaba deporte con algunos amigos. En una de mis numerosas comparecencias para declarar como testigo de terrorismo, las primeras en la Audiencia Nacional y aquí en comisaría, conocí ya en los juzgados de Salamanca, donde respondíamos en videoconferencia, algunas personas que lo trataron, como la dueña del piso donde vivía, una señora de Lumbrales, o el propietario de una tienda de bricolaje en el Polígono de los Villares a la que acudió con otro compañero ‘del gremio’ para comprar ollas que enriquecían su macabra infraestructura, con la disculpa de que estaban montando un restaurante.
La reducción de condenas a decenas de etarras durante la presente legislatura es fruto de las negociaciones de Pedro Sánchez con Bildu en su visita a los caseríos de ETA en vísperas de la moción de censura. Los terroristas encuentran así un inmerecido premio de nuestro miserable Gobierno y una oportunidad que sus víctimas no tuvieron, sin la anuencia pero con la rabia de una sociedad que no perdona.
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