Jueves, 17 de septiembre de 2026
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¡Rusia es culpable! (de nuevo)
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¡Rusia es culpable! (de nuevo)

Foto del autor Carlos Sá Mayoral
Carlos Sá Mayoral
Publicado 16/09/2026 21:19

¡Rusia es culpable! La voz de Serrano Suñer, a la sazón ministro de Asuntos Exteriores de España, resonó ante los congregados que le escuchaban jubilosos en la calle de Alcalá de Madrid, aquella mañana del 24 de junio de 1941, un par de días después de que la Alemania nazi atacase a la Rusia soviética. Acto seguido enumeró las culpas rusas, siendo la primera la más previsible: ¡Culpable de nuestra guerra civil! La falacia no podía ser mayor.

Rusia podía haber tenido autoridad sobre el Partido Comunista de España, pero esta organización apenas tuvo influencia en el gobierno de la República Española hasta que estalló el conflicto armado. Omitía Suñer, que fueron unos cuantos militares, entre los que se encontraba su cuñado Francisco Franco, quienes tramaron el golpe que derivó en un conflicto bélico que arrasó nuestro país y en el que el PCE alcanzó un sobredimensionado protagonismo. Si en la lista de agravios de los rusos denunciados por Suñer hubiese incluido la derrota visigoda ante los musulmanes en Guadalete, los allí presentes hubiesen gritado y aplaudido con entusiasmo.

Con su discurso Suñer consiguió un objetivo: justificar el envío de tropas españolas a Rusia: la famosa División Azul. Y por allí deambuló esta unidad militar, participando indirectamente en el sitio de Leningrado que tantas muertes civiles causó.

El verdadero pecado de Rusia era haber sido la única nación de Europa en ayudar significativamente a la República Española. Si, de Europa. Porque Europa acaba en los Urales. Y precisamente Rusia los salta hasta llegar a la “riskiana” región de Kamchatka, poniendo a su disposición todos los recursos naturales del norte de Asia. Hasta hace poco compartía con el resto de Europa esos recursos, facilitando gas natural a un precio razonable.

Ciertamente la ayuda rusa no fue gratuita y costó su peso en oro. Pero gracias a Rusia la España leal pudo resistir con dignidad durante casi tres años, mientras las autodenominadas “democracias”, Francia e Inglaterra (en realidad dos imperios en decadencia) miraban para otro lado. Mucho antes de la asistencia rusa al gobierno republicano, Franco ya recibía ayuda de la Alemania nazi y la Italia fascista. Y siguió recibiéndola hasta que finalmente pudo vencer.

El comodín de Rusia fue usado durante todo el periodo franquista. Aún recuerdo que, en los telediarios a finales del régimen, cuando se capturaban arsenales a los etarras, los locutores oficialistas contabilizaban con claridad las “armas de fabricación soviética” omitiendo que el resto de las incautadas tenían otras procedencias. Rusia seguía siendo culpable.

La excusa del peligro ruso no fue un recurso exclusivo del régimen franquista español. Se usó por Estados Unidos y sus aliados a lo largo de la Guerra Fría para mantener engrasada una boyante industria bélica y mantener partido en dos al continente europeo, su gran competidor industrial y comercial en la época. Y se sigue manteniendo una dialéctica anti rusa incluso sin los soviéticos en el poder.

En la última cumbre de la OTAN los líderes europeos se afanaron en proponer el rearme para conjurar la “amenaza rusa” teniendo en la misma mesa, de cuerpo presente, al único líder mundial que ha amenazado el territorio de la Unión Europea: el señor Donald Trump y su apetito indisimulado por Groenlandia. Sería gracioso si no fuese tan caro. Al final nos veremos obligados a recortar en sanidad, educación y lo que haga falta para comprar armas al Tío Sam, que es en última instancia de lo que va todo el asunto, ¡cuándo es el propio Tío Sam quien nos amenaza!

Por eso me causó asombro escuchar en algunos medios que Rusia estaba detrás de lo ocurrido en Ceuta, sin alusión alguna a Marruecos en este sentido. Informes policiales denuncian la participación marroquí, incluso con agentes de paisano infiltrados entre las decenas de miles de personas que entraron en la ciudad. Los posicionamientos de Marruecos, E.E.U.U. e Israel sobre Ceuta y Melilla son conocidos, concordantes y nada halagüeños para el futuro democrático de esas dos ciudades autónomas, como tampoco lo es el destino del pueblo saharaui, al que por cierto Sánchez dio la espalda al aceptar las propuestas del Reino de Marruecos sobre la antigua provincia española. Tal vez se haya querido compensar este golpe al ofrecer la nacionalidad española a los saharauis nacidos antes de 1976 y a sus descendientes (o sea, a todo el pueblo saharaui). Suena bien si no tenemos en cuenta que el Frente Polisario luchó para que los saharauis fueran independientes y dejasen de ser españoles. Y que con esta oferta y un poco más de presión militar marroquí es posible que muchos saharauis rindan su titánica resistencia y abandonen su territorio en manos de la monarquía alauita. Por otro lado, no dejo de notar cierto tufillo eurocentrista cuando se ofrece, a modo de compensación o premio, una nacionalidad europea –en esta oportunidad la española–, en lugar de intentar ayudarles a conseguir su anhelada nacionalidad saharaui, a todas luces más valiosa para ese pueblo, ejemplo de resistencia.

Las continuas acusaciones de ataques rusos parecen orientarnos hacia una nueva guerra civil suicida europea. Recordemos que, en las dos guerras mundiales anteriores, Europa puso las ruinas y los muertos por millones (¡20, en el caso de Rusia!). El complejo industrial-militar de Estados Unidos puso las armas y recogió los beneficios, también por millones. El consuelo europeo fue ver la aniquilación del fascismo gracias, en su mayor parte, al esfuerzo ruso.

Evidentemente Putin agredió a Ucrania con una brutal invasión, eufemísticamente bautizada por él mismo como “Operación Especial”. Acción militar castigada por la Unión Europea con varios paquetes de sanciones. Un acto de moralidad extrema por los perjuicios económicos que han causado a toda la población del Viejo Continente. Es el precio de defender nuestros valores.

¿Pero por qué no defendemos también esos valores sancionando del mismo modo a los autores de otros ataques salvajes? Por ejemplo, a Estados Unidos, después de que Donald Trump, en plenas negociaciones con Irán, decidiera bombardear y asesinar al líder de ese país, y seguir más tarde matando a más población civil. Por no recordar lo que mando hacer en Venezuela, secuestrando un presidente para finalmente quedarse con un quinto de la riqueza petrolífera de esa nación. Lo que ha ocurrido en Gaza supera en brutalidad a las fechorías de Putin y Trump juntas. Pero en este caso, en lugar de sanciones, se mantienen vías comerciales e invitaciones a festivales musicales.

Es una tremenda hipocresía sancionar y cercar al líder ruso –y a todos sus súbditos– y mantener relaciones de amistad con el presidente norteamericano o el israelí. Castigar a Rusia sin hacer lo mismo con estados Unidos o Israel es una hipocresía que nos delata. La justicia solo es justa si se aplica a todos por igual.

Con esta actitud, la imagen que damos ante el mundo es la de lacayos de los intereses de Washington. De hecho, la lengua oficial del gobierno de UE es el inglés, incluso después del Brexit. Ya sé que es la nueva lengua franca, pero usándola en estas circunstancias, Bruselas parece la capital de las colonias norteamericanas en Europa.

No sé cuáles son los motivos para tratar a toda costa de ocultar el papel evidente de Marruecos en el asunto de Ceuta y enfatizar más en la menos demostrable participación de Rusia. Creo que fijar la vista en Moscú y no en Rabat nos acerca perniciosamente a la dialéctica rancia de un pasado que no queremos repetir y diagnostica erróneamente un mal que debemos atajar lo antes posible.

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