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La elegancia
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LA PROVINCIA DEL ALMA

La elegancia

Publicado 09/09/2026 07:40

¿Y por qué no abordar otros asuntos, para que no quede reducida la actualidad a estas asperezas gratuitas que en nuestra sociedad ocultan todo?

Y, sin esperarlo, se presentó ante nuestra mesa de trabajo nada menos que la elegancia. ¿Cómo vino? A través de una cita nada menos que de Bertolt Brecht, quien, en sus Diarios 1920-1922, en un jueves 17 de junio del primer año indicado, anota el siguiente consejo que le da un amigo pintor:

“Sigue leyendo a Plutarco, “pues en él se adquiere afición por la elegancia”.”

Plutarco y la elegancia. ¿Nos es lícito hoy, en un tiempo de tantas desconsideraciones, escribir sobre la elegancia? Pues claro que sí. Ya, para empezar, en la cita de Brecht, se alían imperceptiblemente dos conceptos: elegancia y clasicismo.

Y advertimos que la elegancia no es solamente una cualidad estética, sino que también está investida de moralidad, es un concepto moral, en la medida en que siempre, cuando es elegancia de verdad, tiende hacia un equilibrio y armonía de la palabra, de la persona, de las cosas también.

Pero vayamos a la elegancia en el uso de la palabra, ya que, en la cita de Brecht, es el ámbito al que se alude. Buscamos qué entiende por tal concepto nuestro Diccionario de Autoridades, ya que utiliza los autores clásicos de la lengua como base para sus definiciones.

Y nos encontramos con la siguiente definición de elegancia: “Eficaz y grave compostura de estilo, con que se expresan en la oración los conceptos, usando de términos propios, puros y sin afectación.”

Gravedad y eficacia a la hora de abordar la escritura, a la hora de elaborar un estilo que ha de estar al servicio de la comprensión de los conceptos que se aborden. Al tiempo que una selección de palabras sobrias precisas, evitando cualquier afectación.

La elegancia propende siempre, por tanto, a la claridad, a un uso luminoso y preciso de la lengua, evitando cualquier chisporroteo de fuegos de artificio, que tantas veces oscurece la comprensión, al derivar hacia los callejones de un estilo afectado.

Todo esto nos lleva al ideal que nuestro humanista Juan de Valdés expresara en su Diálogo de la lengua: “Escribo como hablo”, esto es, el ideal de estilo –su elegancia– se logrará cuando utilicemos el lenguaje con claridad, naturalidad y sencillez.

Para ello, hemos de leer mucho; también a los clásicos, claro está, tan denostados, cuando no olvidados, en un presente como el nuestro que ya no comprende lo escrito, debido a ese culto a las pantallas que ha impuesto (una nueva dictadura) el capitalismo digital.

Y, dentro de los clásicos, cómo no, a Plutarco, ese historiador, biógrafo y moralista griego (c. 46 o 50 – c.120 d. C.), autor de las Vidas paralelas (“No escribimos historias, sino vidas…”), donde aparece ese conflicto del héroe entre la virtud y la fortuna, entre lo general y lo personal.

Y también a todo tipo de escritores.

Nos damos cuenta que, al abordar la elegancia, ha aparecido el concepto de la comprensión, esa comprensión lectora en la que, ay, nuestros estudiantes flaquean tanto –según el reciente informe PISA–. Pero no se tiren los gobernantes de los diversos signos los tiestos a la cabeza, ni lo tomen como trofeo. No es eso. No va por ahí la cosa.

Fracasan nuestros jóvenes en la comprensión lectora, porque fracasa en ello toda la sociedad; una sociedad más atenta al interés, al lucro, a la especulación, a la utilización abusiva y lucrativa de la vivienda, etc.; más atenta a todo eso, que a la cultura, que a la claridad, que a la comprensión…, que a la elegancia.

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