Qué bonita está La Glorieta cuando sus tendidos están llenos. Y qué mal fario que el vecino vista camisa amarillo canario. Joven —podría ser mi hijo—, guapete, educado… pero a los toros no se viene de amarillo, joder. La tarde, después, derribó los prejuicios. Siete orejas, dos puertas grandes y un encierro de postín.
Antes de entrar, con los hielos del café y la copa revoloteando, un paisano le dice al nieto que la de hoy va a ser, que es la mejor. Otro dice que no, que va a ser la de Morante. Otro que es de Roca. Y los jóvenes tiran por Marco, que sabe a esperanza.
Marco, el joven salmantino que confirma que lo suyo no era una ilusión colectiva desde que era niño. El que en su instagran subía una foto de ese niño mirando, admirando a Roca Rey. “Hoy va a ser distinto”, decía.
De momento los pronósticos del abuelo se cumplieron, y no solo por la terna. Cuando lidia Justo Garcigrande uno sabe que siempre va a pasar algo. Y vaya que ha pasado. Cinco de seis. Un tercero que medía mucho sin celo y un extraordinario sexto de merecida vuelta al ruedo. Alguno se fue con las orejas puestas porque no encontró oponente a la altura.
El embudo en las puertas; el porculero de última hora que levanta a todo el tendido. Los que entraban con el segundo en el ruedo y los despistados que dieron un par de vueltas por el tendido, cubata en mano, buscando dónde sentar sus reales cuando ya habían arrastrado a Peludo, un noble animal que acusó un excesivo castigo en el caballo y que tuvo enfrente a un Talavante despegado y ventajista que queda lejos del que hechizaba a los tendidos.
El cuarto tomaba la muleta con clase, por abajo, y Talavante dejó algunos naturales de cartel, sueltos. La faena no termina de explotar, aunque el toro regaló unas embestidas de categoría. Pero faltó compromiso, colocación, verdad, y se cobró una oreja de poco peso.
El segundo metía la cara en el capote de Roca Rey casi haciendo el avión. Y el peruano dibujó un quite de tres verónicas, una de cartel. El animal, templado, embestía como un carretón por el derecho. Roca a punto estuvo de responder con ese temple y clasicismo. Pero su público compra el “uy” de su toreo poderoso y arriesgado, no el “olé” profundo, ronco, echando finalmente mano de su repertorio más conocido y dejando pasar un toro que hubiese sido de lío gordo en otras manos.
Mejor estuvo en el quinto, con un inicio explosivo tras un vibrante tercio de banderillas, con la plaza en pie tras dos excelentes y comprometidos pares de Viruta (que le valieron el brindis del toro) y un tramo final encajado literalmente entre los pitones rematado con un estocadón. Es el rey.
Y entonces salió Marco Pérez. Detrás de mí, el más marquista de los marquistas se partía las palmas, el pecho, la camisa, la garganta. “Vamos, mi torero. Vamos, mi Marco, con dos cojones”, mientras el salmantino se plantaba en la puerta de chiqueros, a portagayola, recibiendo a un toro reservón, que le medía mucho.
Brindó a sus abuelos para firmar un vibrante inicio por ayudados por alto de rodillas y se lo llevó a los medios. Todo disposición, todo ambición, la faena tomó altura en varios derechazos en círculo pero no pudo despegar por la falta de entrega del animal.
Pero en el excelente sexto se desquitó. Mientras los de siempre, los de la prisa, iban acelerados para huir del tendido, para llegar los primeros a la puerta, Marco volvía a portagayola. En la plaza el deseo era sólido, unánime: que esta vez saliese el toro soñado. Y salió: colorado, ojo de perdiz, galopando, con buen tranco. Lo dejaron casi crudo en el caballo porque Marco venía con hambre de triunfo, ese hambre que se siente cuando uno se la juega en casa.
Conjugó series con temple, recorrido y despaciosidad con episodios un tanto atropellado no por falta de conocimiento, sino por exceso de ganas, de puras ansias y remató con una media en todo lo alto.
La locura se desató en los tendidos y en mi vecino de atrás.
“Vamos, mi torero. Que se jodan a los que no les guste. Vamos, que está reventado. Vamos, con dos cojones”.
Y sí. Aquel niño que miraba a Roca en una vieja foto hoy se convertía en un compañero, un rival, que tocaba junto a él, a hombros, el cielo de Salamanca.
Con dos cojones, tres orejas y muchos argumentos.