"Tres toreros muy distintos con algo en común: nadie les ha regalado nada. Ninguno quiso pasar por el túnel"
Como aficionada, sobre el papel, la de este sábado es la que más me apetecía. Porque con los de Domingo Hernández siempre puede saltar la sorpresa. Y por Diego Urdiales, Emilio de Justo y David de Miranda. Tres toreros muy distintos con algo en común: nadie les ha regalado nada.
Ninguno quiso pasar por el túnel. Por eso a Diego le costó años llegar. Muchos, tantos. Por eso es torero de culto, de aficionados. También le ha costado a Emilio de Justo. Y a David, ahora con el maestro Ponce pegado a su nuca, pero relegado hasta hace un par de años a su Huelva y plazas menores. Los tres conocen la travesía del desierto, de la humildad a la gloria. La soledad de los dignos.
El público de los toros (incluso muchos de los que se dicen aficionados) tiene la mala costumbre de subirse al carro cuando todo es triunfo. Pero nadie, solo un puñado, los íntimos, los que siempre creímos, les cubre las espaldas cuando el teléfono no suena, cuando las puertas no se abren, cuando no hay ferias para ellos.
A Diego Urdiales debería ser obligatorio verlo en todas las escuelas de tauromaquia. Verlo al menos una vez en una plaza. Y enterarse, claro. Porque Salamanca en su primero no se ha terminado de enterar de su magisterio, de los cuatro monumentos al natural que ha esculpido en el ruedo, su mano baja, su figura asentada, elegante, con un toro abanto y descompuesto de salida que le ha apretado y he terminado metido en su muleta poderosa. Su conocimiento de tiempos, terrenos, su exquisita mano zurda. Su regusto antiguo, su toreo eterno. No hubo oreja, ni siquiera petición. Pero nos regaló belleza. La imposible, esquiva, belleza, aunque algunos no se enterasen.
Tras su torerísimo inicio con el cuarto, que ya no dio para más, abrevió sin darse coba con una magnífica estocada.
El segundo, Cristalino, fue un gran toro por el pitón derecho con el que Emilio de Justo no terminó de apostar en una faena a menos, casi siempre al hilo del pitón y sin cogerle del todo el aire a sus embestidas. Con el quinto, que metía bien la cara por ambos pitones y se pegó una costalada, anduvo mucho más templado y entregado, aunque la espada le privó de abrir la puerta grande.
Prácticamente inédito David de Miranda en su primero, al que habían masacrado en el caballo, al que cerraba plaza lo fijó en el capote con unos hermosos, valientes y apretados lances a la verónica. Aunque en principio el toro no prometía mucho, escapando siempre a chiqueros, finalmente saltó la sorpresa de los de su sangre, regalando embestidas por ambos pitones, con fijeza, y con pasajes intermitentes a un torero firme, muy valiente y comprometido, siempre en cercanías, casi encajado en los pitones y con las zapatillas hincadas debajo del hocico del animal. Una estocada certera hizo volar los pañuelos y caer los cerrojos de la puerta de grande de La Glorieta, por donde salió acompañado de los niños con la misma alegría que entró Jesús en Jerusalén.
Para entonces caía la luz en el cielo salmantino, aunque la luz la ponen los toreros que no cejan en su sueño, que no inclinan la espalda ni se venden al peso. Y de esa luz, que no es la del final del túnel, ese túnel que no conocen; de esa luz eterna del toreo, van los tres sobrados.