Salamanca huele a feria. A toros, a expectación, a plaza abierta. A este septiembre que devuelve a La Glorieta su condición de templo y a la ciudad esa liturgia antigua de vivir los toros, de hablar de toros como quien habla de una parte de sí misma. Todo está listo para que suenen los clarines y rompa el primer paseíllo. Todo igual, todo tan distinto.
Las ferias no son solo los carteles, los nombres, las ganaderías, el sol, la sombra. Son el calor del tendido, los compañeros de tantos años que se vuelven amigos, los fieles parroquianos que año tras año nos vemos, nos abrazamos, nos reconocemos. Son el café del antes, la copita del después. Poner, ordenar las palabras escritas en la arena sobre el papel. La juventud taurina al sol que antes nos tostó la cara a otros jóvenes. El palco de los niños. El recuerdo de los que no están. Tantas presencias. Las ausencias.
Todo está listo, pero no todos. Hoy, cuando las puertas de La Glorieta se abran, nos faltará Fermín. El compañero, el amigo. El de la gorra campera y la libretilla.
Lo echaremos de menos en el tendido, atento al detalle, al quite, a la faena, a ese instante en que la plaza contiene la respiración porque algo puede suceder. O cuando no sucede: “No, hombre, no”. Esa voz sabia, forjada en muchas tardes de toros. Esa forma personal de verlos y contarlos.
Esa voz ausente que no pondrá palabras a la tarde en la radio, siguiendo el pulso de la corrida. Lo que fue; lo que pudo ser.
Nos faltarán sus letras en esta Salamanca RTV al Día, nuestra casa. La suya, la mía. Esas letras que han dejado memoria de tantas cosas y que ahora adquieren un valor distinto. El de lo que permanece, lo que se quiere y se echa de menos.
La Glorieta abrirá sus puertas sosteniendo una ausencia que pesa, que duele. Una plaza de toros también tiene memoria. Guarda voces, nombres, discusiones, aplausos, silencios. Guarda a quienes durante años se sentaron en sus tendidos; a quienes aprendieron y enseñaron a mirar el toro con respeto, con pasión, con ese punto de locura imprescindible para entender por qué una corrida es, al mismo tiempo, un ritual y una emoción tan difícil de explicar.
Fermín era parte de esa Salamanca taurina que enseña a los que vienen detrás los secretos de la tauromaquia, el pellizco en la piel. Era también parte de su periodismo taurino, que no dejó de lado incluso en plena lucha con la enfermedad. Se guardaba el miedo, aunque estaba ahí. Sabía que podía ser la última, la penúltima feria, ya vivida, ya pasada.
Le echaremos de menos cuando la tarde pida una crónica y no encontremos su firma mientras le hacemos hueco en la memoria, ese tendido invisible donde se quedan para siempre los que dejaron algo de ellos entre nosotros. Mi querido Perico Albero, mi Juanito Pedraz, el gran Alfonso…
Los periodistas que se van también permanecen en las conversaciones que provocaron, en las historias que contaron, en las tardes que compartieron. Los que nos quedamos volvemos de una manera más sencilla: regresando siempre a la plaza, sorteando los huecos del alma.
Esta feria tendrá toros, pañuelos al aire, olés, broncas, silencios, ovaciones, triunfos, tardes eternas para guardar.
Tendrá también memoria. La de un compañero, una voz, un charro que quiso a su oficio, a su Salamanca y a sus toros con auténtica pasión.
Y hoy, cuando el alguacilillo abra la puerta y los toreros crucen el ruedo envueltos en la seda, quiero pensar que Fermín presencia ese primer paseíllo por celestiales.
Porque hay presencias, corazones, voces que, cuando han sido de verdad nuestras, no se apagan nunca.
Va por ti, querido Fermín, querido maestro.
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