Mi sugerencia de hoy -coincidiendo con el inicio de las clases en secundaria y universidad- se adentra de lleno en los centros de enseñanza para sostener, en tono de firme denuncia y apasionada crítica, el rechazo a la lógica mercantilista, la infantilización, la superficialidad y, en definitiva, la banalización que en ellos impera. El aula insurgente, obra de Carlos Javier González Serrano, es así una suerte de alegato o manifiesto contra esa consideración utilitaria y economicista de la enseñanza y a favor de los valores de pasión, creación, ilusión, libertad y belleza que deben presidir la práctica docente. Una propuesta especialmente indicada en estos días en que se han difundido los desastrosos resultados de los estudiantes de nuestro país en las pruebas PISA.
El libro aparece con un muy elocuente subtítulo, Realmar el mundo: contra la domesticación de la escuela, suficientemente explícito de su contenido. Su autor, profesor de enseñanza secundaria, es licenciado en Filosofía y ha cursado estudios avanzados en filosofía, educación, psicoterapia infantojuvenil y psicología del trabajo y de las organizaciones. Su trayectoria se completa con actividades académicas, culturales y periodísticas y con alguna otra obra publicada.
Dos líneas de su currículum están especialmente presentes en el libro: su condición de filósofo, visible en la argumentación, las numerosas citas y un léxico lleno de neologismos, etimologías y metáforas -“realmar”, “erosclerosis”, "templum mundi", “narratoplastia”, “hendidura”, “Misterio”, “claro del bosque”, “desasimiento”, “gerundio docente”, “superyoico”, “secuestro amigdalar”-; y su conocimiento directo de los centros educativos, cuya realidad administrativa, normativa y cotidiana conoce de primera mano. De esta dualidad nace un ensayo indudablemente filosófico, complejo y riguroso, pero también arraigado en la experiencia vivida.
Aulas insurgentes, “realmar” el mundo, contra la domesticación de la escuela. Estos tres ejes dibujan el núcleo de la propuesta. González Serrano parte de un diagnóstico de la institución escolar, sometida a valores como éxito, productividad, consumo, emprendimiento, innovación, empleabilidad, rendimiento y competencias. La Racionalidad Económica, el sistema tecnológico, el mercado laboral y la lógica productiva no pueden, sin embargo, constituir el criterio último de la educación. Una escuela sometida a la eficiencia, la cuantificación, los resultados, los indicadores y las cifras es una escuela domesticada, inmersa además en una sociedad tecnológica y digital de estímulos, notificaciones, redes y experiencias superficiales que dificultan el pensamiento, la creación, el descubrimiento, la profundidad y la vida intensa.
Desde su experiencia docente, el autor describe unas aulas entregadas a la gamificación, los entretenimientos digitales, la educación emocional, la autoayuda y las innovaciones de dudosa eficacia, y unos centros agotados por burocracia, reuniones, evaluaciones, pruebas estandarizadas, currículos cerrados y metas cuantificables, convertidos en “auténticos invernaderos de almas, laboratorios de conformidad e incluso (…) academias de resignación”. Frente a ello propone “realmar” el mundo: devolverle su espíritu para recuperar misterio, asombro, descubrimiento, profundidad, belleza, duda, incertidumbre y pasión por el conocimiento. “Realmar” la escuela significa devolver valor a aquello que parece improductivo: leer un poema, contemplar una obra de arte, formular una pregunta aparentemente inútil, permanecer en silencio o discutir una cuestión filosófica sin solución inmediata.
De aquí surge el tercer eje, la insurgencia, entendida no como un programa político convencional, sino como resistencia a los parámetros que limitan la experiencia educativa. Insurgencia contra la escuela convertida en aparato de rendimiento y a favor del pensamiento libre; contra la aceleración y el estímulo permanente y a favor del silencio, la pausa y la atención; contra la domesticación y la infantilización del alumno y a favor de lo indómito, la exigencia, la dificultad y el esfuerzo; contra la “mercantilización emocional” y la conversión de los centros en dispensadores de bienestar, motivación, felicidad, coaching o gestión emocional.
Es también insurgencia contra la tiranía de lo útil, en defensa del arte, la poesía, la filosofía, las humanidades, la música, la belleza y la contemplación; contra la colonización tecnológica de la atención, que convierte al individuo en “autómata reactivo, indolente y apático”; contra la uniformidad y a favor de la singularidad; contra la transmisión burocrática de datos y a favor de la lectura, el pensamiento y una verdadera alfabetización: “No es suficiente con saber leer y escribir: hay que (querer) interpretar lo que se lee y escribir con plena conciencia de la palabra elegida”. Y es, finalmente, insurgencia contra la “neolengua” administrativa, psicologista, economicista y pedagógica.
Todo ello interpela especialmente al profesorado, que no debe limitarse a ejecutar lo prescrito, sino conservar una relación personal con lo que enseña y transmitir entusiasmo. El capítulo final, La docencia como acto de fe, opera como síntesis, cierre y rotunda plasmación de las tesis defendidas en el resto del libro. Así, sostiene que la del profesor ha de ser una actividad fundada esencialmente en la espera, la confianza y la esperanza. Educar significa confiar en unos frutos que el profesor no puede ver inmediatamente. La enseñanza, por tanto, no puede reducirse a una operación calculable ni a una relación entre esfuerzo y resultado; la palabra, el conocimiento, la presencia, la mirada o incluso el silencio del profesor pueden producir efectos mucho tiempo después, cuando ya no exista una relación directa entre maestro y alumno. De ahí que enseñar sea definido como un “acto de fe”, una confianza radical en lo que todavía no ha sucedido.
Frente a la cultura contemporánea de la inmediatez, la productividad y la medición, el profesor representa precisamente lo contrario; persevera en aquello cuyo resultado desconoce. Su trabajo consiste en entregarse a la posibilidad de que algo germine, aunque no pueda garantizar que lo haga. Esta confianza en el otro adquiere además una dimensión ética. Creer en el estudiante tal como es, sin pretender modificarlo constantemente, se presenta como una actitud especialmente valiosa en una sociedad caracterizada por el juicio, la sospecha y la desconfianza. Creer en alguien equivale aquí a prestarle atención y reconocer sus posibilidades.
El profesor es, finalmente, presentado como alguien que permanece. Y lo hace aun cuando todo invite a desistir. Aun cuando los presuntos especialistas quieran reducir la enseñanza a trámite burocrático, a automatismo tecnológico o a vacuo entretenimiento. El maestro permanece, incluso, a sabiendas de que su palabra puede ser obviada u olvidada. Permanece en la custodia de un fuego que no le pertenece pero que, sin su protección, sería extinguido.
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Carlos Javier González Serrano. El aula insurgente. Editorial Destino. Barcelona, 2026. 216 páginas. 19.90 euros
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