Sábado, 12 de septiembre de 2026
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La aficionada torista
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el apunte de Ana pedrero

La aficionada torista

Publicado 11/09/2026 21:38

"Un cumpleaños el de Montalvo con seis invitados que vinieron de gala para la ocasión: el encierro no podía ser más bonito ni mejor hecho. Tuvieron nobleza, aunque les faltó emoción"

Cada fecha tiene su leyenda, su tiempo. Hace cien años nacía el hierro de Montalvo para honrar la bravura del campo charro; hace veinticinco, el mundo cambiaba para siempre cuando dos titanes y miles de almas caían derribados por el terrorismo islámico. Y hoy mismo la vida regresaba a La Glorieta, como cada septiembre, para representar lo efímero de la belleza, lo eterno del valor, el rito, el toreo eterno.

El primer día de feria tiene un algo especial: abrazos, reencuentros, controlar los tendidos para buscar a los habituales, que parecen cosidos a sus abonos año tras año. Tiene también un punto de frialdad, como si a los tendidos les costase recordar la alegría de las tardes de triunfo; como si hubiese que «desengrasar» la pluma para contar una nueva feria. Una expectación perezosa a la que le cuesta despertar, entrar en harina, reaccionar.

Con estos mimbres llegaban los toros de Montalvo a celebrar sus cien años de historia y de leyenda. Un cumpleaños con seis invitados que vinieron de gala para la ocasión: el encierro no podía ser más bonito ni mejor hecho. Tuvieron nobleza, aunque les faltó emoción. Una pena, porque la ocasión merecía uno de esos torazos que casi siempre saltan en una de Montalvo y que han brindado tardes escritas para siempre en la memoria.

La grada muestra la cara más joven de cada tarde. Una niña de no más de cuatro años accede a la plaza en brazos de su padre. Es un cántico de esperanza, un brindis al futuro.

Encima de nosotros, una aficionada animalista se debate entre su afición a la tauromaquia y la empatía —ahora se llama así— con el toro.

—Ay, qué bonito. Pobrecico.

Pero luego aplaudía las embestidas como si no hubiese un mañana.

—No vayas al caballo, que no sabes lo que te espera.

Y, sin embargo, jaleaba que el toro empujase en el peto. Además, lo hacía a compás, como quien ha visto muchas corridas y conoce lo que ve.

En esa cuerda floja vive una tauromaquia que el siglo XXI no entiende pero que ama, y ese animal, esa bestia que a veces se antoja con alma, cuando es pura fiera.

Con una oreja puesta en sus comentarios, lo confieso, empezaba la tarde y empezaba la feria.

Guapo el torero, Manzanares, y guapo el toro, un Gitano que no quiso buenos principios ni finales. Poco juego dio, escarbando, saliendo con la cabeza alta. Tan poco dio que ni para el pasodoble del Viti le dio a la banda, silenciada por un público que no estaba para ruidos.

Sin tocar la izquierda y sin mayores argumentos, Manzanares cogió la espada.

Guapos, muy guapos, pero de esos guapos que no dicen nada.

En el cuarto, para pasar el trago de un lote aburrido, cayeron las primeras almendras fritas, que en el tendido son gloria, mientras revoloteaban cerca algunos hornazos con más sabor que la faena, aburrida y sin sustancia.

También guapo y bonito era el segundo. También lo dijo la aficionada torista. Negro, bien plantado, con otro son, fue el toro con el que Luque firmó una gran faena y tocó pelo. La primera oreja de la feria. Firme, inteligente y poderoso, mandando en un animal que escarbaba de inicio pero que después embestía con bravura.

Poderoso e insistente estuvo también con el quinto, una pintura ovacionada de salida, al que exprimió más de lo que tenía porque se fue apagando. Otro guapazo que no terminó de despuntar.

Y luego, Borja.

—Venga, Borjita, que te tienen que dar a ti otra oreja.

Con el tercero firmó un precioso recibo capotero, de mano baja, con el cielo prendido a su traje, como un amanecer, como un día sin escribir. Finalmente quedó en un intento de levantar una faena con un toro que resultó dañado en la lidia al partirse un pitón. Nunca tomó vuelo, y no por falta de ganas del torero.

Ojo por ojo. El que cerraba plaza pisó a un Borja encendido, que se fue a porta gayola porque toreaba en casa, en su segunda casa, esta casa salmantina donde Julián Guerra —que ha lidiado con el peor toro que te puede salir en la vida— le ha dado su sitio y su categoría.

Entregado, inteligente y vibrante, logró una oreja de peso en la tarde de Montalvo, esa eterna tarde en la que siempre esperas que pase algo: un toro de oro, un milagro. Algo que finalmente no pasó. Pero esto es parte de la fiesta.

La vecina de arriba, definitivamente más aficionada que animalista, daba sus bendiciones:

—Borja ha ido a porta gayola, le ha dado el toro una coz, ha toreado con dolor y se merece esa oreja aunque haya pinchado.

Amén, Jesús.

Doy fe de que la merecía. Y con ese buen remate de tarde cerramos la primera de feria, sin milagros ni épica, prólogo de nuevas tardes. Ahí estaremos.