«Sin trabajo, toda la vida se pudre. Pero bajo un trabajo sin alma, la vida se asfixia y muere.»
ALBERT CAMUS
«El hombre moderno no tiene tiempo para nada, porque no tiene tiempo para sí mismo.»
ERICH FROMM
Comienza septiembre y terminaron las deseadas y necesarias vacaciones. El trabajo ocupa una parte fundamental de nuestra vida. No solo porque nos proporciona los medios para vivir, sino porque a través de él desarrollamos capacidades, adquirimos responsabilidades, nos relacionamos con los demás y, en cierta medida, construimos nuestra propia identidad. Trabajar puede ser una forma de realización, de servicio y de participación en la vida común. Pero cuando el trabajo deja de ser una dimensión de la vida y comienza a ocuparla por completo, algo se rompe. El cansancio deja entonces de ser la consecuencia natural de un esfuerzo y se convierte en fatiga permanente; la responsabilidad se transforma en presión, la exigencia en angustia y el compromiso en agotamiento. Es en esa frontera, cada vez más difícil de reconocer, donde aparece uno de los grandes problemas humanos de nuestro tiempo: el estrés laboral.
El estrés, en sí mismo, no es necesariamente malo. El organismo necesita cierta activación para afrontar dificultades, concentrarse y responder a los retos. El llamado eustrés (estrés positivo, adaptativo) puede estimular la creatividad, la motivación y el sentimiento de logro. El problema aparece cuando las exigencias superan de manera continuada los recursos de la persona. Entonces surge el distrés (estrés negativo): el sistema de alarma que debía ayudarnos durante un momento difícil permanece encendido durante semanas, meses o años. El cuerpo deja de prepararse para vivir y empieza, simplemente, a resistir.
Y aquí comienza la verdadera tragedia. Porque el estrés laboral no se queda en la oficina. Viaja con nosotros a casa, se sienta a la mesa, entra en nuestras conversaciones y se mete incluso en la cama. El teléfono móvil, el correo electrónico y los mensajes de trabajo han borrado muchas veces la frontera entre la jornada laboral y la vida personal. Ya no basta con estar trabajando: parece necesario estar siempre disponible. El tiempo de descanso se convierte así en un tiempo de espera, como si en cualquier momento pudiera llegar una nueva urgencia.
Quizá uno de los grandes problemas de nuestra época sea precisamente este: hemos aprendido a confundir estar ocupados con estar vivos. Se admira a quien no tiene tiempo, como si la agenda llena fuera una prueba de importancia. Descansar puede producir incluso cierto sentimiento de culpa. La sociedad del rendimiento nos persuade de que siempre podemos hacer un poco más, responder un poco antes, producir un poco mejor. El filósofo Byung-Chul Han lo expresa con una frase especialmente certera: «la sociedad del rendimiento (…) se convierte progresivamente en una sociedad de la autoexplotación».
La paradoja es inquietante: creemos que somos más libres porque nadie nos obliga directamente, pero terminamos exigiéndonos a nosotros mismos lo que antes nos imponía una autoridad externa. El trabajador se convierte en su propio vigilante. Se exige disponibilidad, perfección, rapidez, resultados. Y cuando no llega a todo, no siempre culpa a la organización: se culpa a sí mismo.
Sin embargo, el estrés no nace únicamente de una supuesta fragilidad personal. Tiene también raíces concretas en la manera en que organizamos el trabajo: exceso de tareas, falta de autonomía, horarios rígidos, inseguridad, falta de reconocimiento, relaciones conflictivas, liderazgo autoritario o ausencia de apoyo. También aparece cuando no sabemos exactamente qué se espera de nosotros o cuando recibimos órdenes contradictorias. Por eso resulta injusto decirle simplemente al trabajador que debe aprender a gestionar mejor su estrés. Las técnicas de respiración, la organización del tiempo o el cuidado personal pueden ayudar, pero no pueden convertir en saludable un entorno que enferma.
Hay algo todavía más profundo: el estrés puede destruir el sentido del trabajo. Trabajar debería permitirnos desarrollar capacidades, colaborar, crear, sentir que aquello que hacemos sirve para algo. Pero cuando toda la actividad se reduce a cumplir, producir y responder, la persona empieza a sentirse una pieza intercambiable de una maquinaria que nunca se detiene. Entonces aparece el agotamiento emocional, la distancia afectiva, el cinismo y, finalmente, la sensación de que lo que hacemos ya no significa nada. Ese es uno de los rostros más dolorosos del burnout: no solamente estar cansado, sino dejar de encontrar sentido.
Y cuando se pierde el sentido, también se empobrece la vida. El trabajador agotado puede seguir cumpliendo, pero deja de estar realmente presente. Le cuesta disfrutar de una conversación, de un paseo, de la familia, de una tarde tranquila. El pensamiento continúa girando alrededor de las obligaciones pendientes. El cuerpo está en casa, pero la mente sigue en el trabajo. El estrés termina robándonos algo que ninguna nómina puede devolvernos: nuestra presencia en la propia vida.
Por eso hablar de estrés laboral es hablar también de una determinada concepción del ser humano. ¿Para qué trabajamos? ¿Para vivir mejor o para trabajar cada vez más? ¿Qué sentido tiene aumentar la productividad si el precio es una persona agotada, una familia ausente y una vida sin tiempo para ser vivida? Una sociedad verdaderamente próspera no debería medir su éxito únicamente por lo que produce, sino también por la salud, la libertad, el tiempo y la dignidad de quienes producen.
Necesitamos, por tanto, recuperar una idea sencilla que quizá hemos olvidado: el trabajo forma parte de la vida, pero no es toda la vida. Una persona es mucho más que su profesión, su rendimiento o sus resultados. Tiene derecho al descanso, al silencio, a la familia, a la amistad, al ocio, a la contemplación y también a no hacer nada productivo. El descanso no es una recompensa para quien ha rendido suficientemente; es una necesidad humana.
Humanizar el trabajo exige cambiar estructuras, pero también cambiar mentalidades. Las organizaciones deben revisar las cargas de trabajo, favorecer la autonomía, reconocer el esfuerzo, mejorar la comunicación y respetar la desconexión. Y cada uno de nosotros necesita aprender a poner límites, a reconocer sus propias señales de cansancio y a aceptar que decir «no puedo más» no es una derrota. A veces es una forma de inteligencia y de respeto hacia uno mismo.
Al final, la pregunta no es cuánto estrés somos capaces de soportar, sino qué clase de vida queremos construir. Porque trabajar para vivir tiene sentido; vivir para trabajar hasta quedar exhaustos es otra cosa. El verdadero progreso comenzará quizá cuando entendamos que ninguna empresa, ningún beneficio y ningún objetivo pueden justificar que una persona tenga que perder su salud para ganarse la vida. El trabajo debería ayudarnos a sostener y desarrollar la existencia, no convertirse lentamente en aquello que termina devorándola.
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