El proyecto que une la música de los gitanos y los charros hizo cantar y bailar a un público entregado
Las Ferias y Fiestas de Salamanca se inician en El Casino de Salamanca con un concierto de música que siempre inicia el folclorista y responsable del grupo, el tamborilero José Ramón Cid Cebrián definiéndolo como “un maridaje, un matrimonio entre la música de los charros y los gitanos de Salamanca”. Un proyecto que ha recorrido la provincia a lo largo de estos veranos, ha viajado a Japón y ha grabado ya dos discos que se unen ahora en sus conciertos. “Canciones de toreros, de Carnaval y del Bolsín Taurino” es la última grabación de este grupo que pule su directo en cada concierto y que, gracias a su nuevo técnico de sonido, Sergio Lorenzo y su empresa de sonido Directo 21, suena mucho mejor, innovando en cada pieza y, sobre todo, logrando una compenetración que llega a esos espectadores que acaban el concierto pidiendo más, cantando y bailando cuando Dalila Salazar Motos se levanta con su infinita elegancia y les anima con esa voz suya cada vez más templada y que se trenza, cada vez más unida, a la de la cantante, una espléndida Mayra Pérez, la charra de Sotoserrano que aprendió a cantar de la mano de su abuelo por las calles de su pueblo.
Concebido como un matrimonio de dos culturas ancestrales, el concierto se inicia con una alborada charra que anuncia la fiesta,- fiesta que estrenamos tras la ofrenda floral- mezclada con el canto gitano de bodas, el “Yeli, Yeli”, la alboreá gitana que tan bien suena en la voz de la gitana de Salamanca, como la presenta Cid Cebrián, Dalila Salazar Motos, cuya voz tiene esta noche una claridad exquisita a la que hacen coros Aarón, su hermano, el músico diverso siempre sorprendente y que no le va a la zaga con su desgarro, y Mayra. Y a la alegría le sigue el dramatismo de los “romances de anticipación”, porque este concierto combina muy bien el alborozo de la fiesta con la dureza de estas historias en las que un hombre desea ir a los toros y encuentra la negativa de madre y esposa que tienen la intuición de la muerte. Son los mozos de Monleón en la versión de Cachucha, el torerillo de Horcajo Medianero, de 1885 o el de La Torina de un autor de Lagunilla. Un dramatismo que se siente en el silencio roto por el taconeo poderoso de una Alicia Almeida siempre en estado de gracia, capaz de mostrar el dolor de la muerte “ya le meten un pañuelo/ya le meten tres o cuatro” y la rabia de la mujer “la mortaja ya la tiene/se la puse esta mañana”. Una historia narrada por la voz quebrada, personalísima de un músico bregado en el jazz, en el flamenco puro y la fusión como es Aarón Salazar Motos. Esa unión que se ve en los pasodobles, en el baile de Mayra y el charro de Cipérez, un magnífico Iván García que toca la percusión y baila mirando a los ojos, con una inmensa sonrisa a la charra contenida, a la charra que toca pitos y no castañuelas y que le invita a salir a bailar, esa Mayra serrana que lo mismo canta una charrada que un fandango por bulerías junto a Dalila. Voces, las de las dos mujeres, que han conseguido fusionarse a la perfección sin perder su peculiaridad y su fuerza.
Música ancestral que, cuenta Cid Cebrián, nace de la tierra, en contacto con los sonidos de la naturaleza, como los pájaros, el agua, de ahí que su “Fandango del mirlo” sea ya una pieza muy significativa en la que se unen la guitarra flamenca del grandísimo Nano Serrano –cuyas innovaciones en este concierto merecen capítulo aparte y que dio esta noche una lección de lo que es el duende- y la gaita y el tamboril del etnógrafo mirobrigense. Una pieza magnífica a la que le siguen de nuevo el drama, el humor de las letras charras, la mezcla del charro verdadero y la bulería, así como los solos apasionados de Alicia Almeida o los momentos de la pareja salmantina. Un equilibrio fecundo que se cierra con dos piezas propias de Ciudad Rodrigo y que remiten a su último trabajo, después de una versión coreada por el público de ese Burro de Villarino que es lorquiano e himno de Salamanca maravillosamente bailado por una entregada Alicia Almeida. La versión más antigua de “La campana gorda de la catedral”, que aprendió Cid Cebrián de un cabrero del Payo y que recogiera en 1907 Dámaso Ledesma en su Cancionero suena en la voz de las dos mujeres y de los coros de Aarón Salazar para terminar en esa jota que marca el inicio del Carnaval en Ciudad Rodrigo. Pero, naturalmente, no puede el grupo evitar ese bis que se convierte en una fiesta con las canciones populares salmantinas que corea el público, sigue con palmas y casi baila, con la misma alegría con la que la bailaora flamenca danza con el charro, con la charra e incluso, con el tamborilero ¡Nunca habíamos visto a José Ramón Cid Cebrián bailando charro en un concierto! Pero es que este momento ha sido especial, abre las Ferias y Fiestas en un rincón tan emblemático como el Casino, con un público puesto en pie, absolutamente entregado a este abrazo de dos culturas ancestrales que, en vez de ahondar en la diferencia, la convierten en pura belleza. En entrega absoluta. En arte, el de los charros y los gitanos.
Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.