La mayoría de nosotros tiene experiencias nada espectaculares en la vida cotidiana, pero sí ricas, hermosas, a veces misteriosas, que, cada vez tenemos menos ocasión de contar a nuestros cercanos de confianza. “¿Cómo voy a contar lo que me ocurrió ayer, por washup, por Messenger o en Facebook?”, nos preguntamos ante experiencias valiosas, intrascendentes, pero tan ricas de significados que nos envuelven durante largo tiempo?
Son hechos para los que ya no existen medios para comunicarlos; quizás tampoco demasiados receptores. Pero, sabemos que si no se pone en palabras lo que acontece no existe.
El otro día una amiga de gran confianza y de amistad antigua y valiosa, nos escribió una carta con una de estas experiencias de las que hablo: es una mujer joven que alterna su vida ciudadana y su organizado trabajo con días de estancia en su casita y sus animales en las montañas norteñas. En esos espacios ocurren sucesos muy extraños, para los que ya es difícil encontrar adjetivos que los describan, “¡Qué raro!”, nos sale pronunciar, ignorantes ciudadanos, después de escucharlos. La otra noche, sobre las 10, en su casa de la ladera de la montaña, se fue la luz y esperó en vano toda la noche a que volviera, pero la luz no volvió. Fue una noche de velas y candiles.
Por la mañana llamó a la compañía eléctrica para notificar el apagón y enterarse de los motivos; le dijeron que una curuxa (lechuza, en asturiano) se había posado en el transformador y se había producido un cortocircuito; la curuxa murió. Y siguió el relato nuestra amiga: “A la noche siguiente tuve un sueño; me encontraba con la lechuza, era blanca, grande, muy bonita. Me daba con su pata un pequeño calambre y yo, de repente, sentí una gran conexión con ella, llena de amor, como si en esa chispa se concentrase toda la profundidad de la vida. Después, la curuxa se fue volando, libre. Al abrir los ojos me acordé de vosotros, mis amigos”.
Ese fue el relato del suceso, con las dos caras, lo que le ocurrió por la noche “en la realidad”: había por la tarde escuchado el canto del ave…y después se fue la luz”, Y el sueño de la noche siguiente: sueña que la lechuza viene hacia ella, le toca suavemente y ella siente un pequeño calambre que la vivifica, la llena de amor; la lechuza recupera el vuelo, la libertad.
De la oscuridad a la luz, de la parálisis de la muerte a la vida, de la soledad al contacto curador (curuxa). Estos procesos describen el corto pero rico sueño de mi amiga.
Después de leer su misterioso relato, me vino a la cabeza uno de los personajes que he biografiado, un personaje siempre admirado: Antonio de Cabezón, el músico ciego. Cabezón se quedó ciego hacia los 5 años, por alguna enfermedad infantil; en la España de 1500 no había servicios sociales ni sanitarios. Pero sí tuvo la suerte de tener una madre y un padre tan valiosos, que entre los cuidados maternos y el empuje paterno poniéndole un clavicordio en sus manos, le sacaron de la oscuridad de la ceguera y él, volando y cantando se fue por toda Europa con la Corte del Emperador y después con la de Felipe II, con su clavicordio y su excepcional sensibilidad para el teclado y la composición: una vida intensa, creadora, espiritual, fraguada en esa oscuridad infantil de una completa ceguera.
Aún faltaba mucho tiempo para que el ser humano entendiera que de los agujeros negros de nuestra vida, pueden nacer espléndidas obras de arte llenas de luz y color.
Quizás pueden los lectores enlazar muchas historias con esta carta y este sueño de mi amiga; cómo los vacíos pueden convertirse en arte, que es la mayor riqueza que posee la especie humana.
La empresa Diario de Salamanca S.L, No nos hacemos responsables de ninguna de las informaciones, opiniones y conceptos que se emitan o publiquen, por los columnistas que en su sección de opinión realizan su intervención, así como de la imagen que los mismos envían.
Serán única y exclusivamente responsable el columnista que haga uso de nuestros servicios y enlaces.
La publicación por SALAMANCARTVALDIA de los artículos de opinión no implica la existencia de relación alguna entre nuestra empresa y columnista, como tampoco la aceptación y aprobación por nuestra parte de los contenidos, siendo su el interviniente el único responsable de los mismos.
En este sentido, si tiene conocimiento efectivo de la ilicitud de las opiniones o imágenes utilizadas por alguno de ellos, agradeceremos que nos lo comunique inmediatamente para que procedamos a deshabilitar el enlace de acceso a la misma.