Sábado, 05 de septiembre de 2026
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Historias de la Historia
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Historias de la Historia

“Hemos acumulado demasiadas inocencias perdidas”. SALVADOR PÁNIKER

Ha muerto hace días Ratko Mladic, el genocida serbio, y con su muerte asoma a la actualidad, bien que tímidamente, aquella guerra en los Balcanes de los años 90 del pasado siglo que Europa ha olvidado y silenciado con prisa, como si los muertos de Srebrenica, los niños de Sarajevo, las mujeres violadas, los hombres conducidos a las fosas comunes, la quintaesencia de la crueldad humana que signó aquel tiempo pudiera desaparecer si dejábamos de pronunciarla, como si la Historia fuese una voluntaria forma de amnesia y bastara con encarcelar durante años a un general genocida en una prisión de La Haya para que el mundo pudiera darse por satisfecho.

No conocer ni dar a conocer la historia, sobre todo en lo que respecta a la historia más reciente, la que más directamente afecta el presente, parece una decisión que en este país se ha tomado -educativa, periodística y políticamente- por encima de ideologías, gobiernos y, sobre todo, por encima del derecho de la ciudadanía a conocer, cabal y totalmente, la historia de su tiempo. Callar ha sido confundido por algunos con desaparecer. Más allá de los silencios sobre la propia historia española (el franquismo, la dictadura franquista sus crímenes y sus soberbias), la historia reciente de Europa, con sus rayos de barbarie mantenida, condicionante de tanto de lo que hoy sucede, ha sido más que ocultada, obviada, ninguneada y, al final -tal vez por una culpa vergonzante-, utilizado ese silencio como un clavo más del ataúd en el que se ha enterrado la capacidad crítica de la ciudadanía de este país.

Mladic fue condenado a cadena perpetua por el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia por genocidio, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra, y su responsabilidad en Srebrenica, donde fueron asesinados más de ocho mil bosnios musulmanes, y en el cerco de Sarajevo, pertenece ya a la memoria histórica. Convertir a ese genocida en el rostro único de aquella barbarie es un rasgo de egoísmo histórico y de poquedad ética que acostumbramos a ejercer, porque nos permite señalar al monstruo para regresar después a casa con la conciencia tranquila, negando que para que exista la barbarie, para que existiese Mladic fueron y son precisos discursos, periódicos, partidos, silencios, complicidades, gobiernos, iglesias, militares, votantes y sociedades enteras dispuestas a aceptar que la crueldad contra el otro (el diferente, el inmigrante, el no creyente... el pobre) puede llamarse patriotismo y defenderse con banderas, manifestaciones y desfiles.

Los serbios Mladic, Karadzic...; los alemanes Himmler, Eichmann...; los españoles Queipo de Llano, Yagüe...; el israelí BenGvir... Detrás de cada nombre, de cada uniforme, hay una estructura y mil silencios; detrás de cada orden hay una autoridad, y detrás de ellas instituciones que obedecen, respaldadas por sociedades que hubieran podido y pueden resistirse, protestar o desobedecer, pero que en general miran hacia otro lado, se ausentan, asienten o, directamente, aplauden y jalean la barbarie. Quizás la verdadera importancia de recordar hoy la indignidad de los Balcanes, incluso con anuencia de la muerte del monstruo Mladic, sea paralelizar el entonces con el ahora, Serbia y Bosnia con Israel y con Gaza. Gaza no puede convertirse en otro nombre propio, Netanyahu, que algún día permita que su condena nos tranquilice. No. Hay gobiernos que deciden, ejércitos que ejecutan, instituciones que amparan, aliados que suministran, potencias que vetan, sociedades que apoyan y otras que callan, y existe una comunidad internacional con una moral acomodaticia absolutamente repulsiva.

Mladic murió en prisión y la verdadera justicia debe comenzar ahora, cuando dejemos de preguntarnos quién fue Mladic y empecemos a preguntarnos qué sociedad lo produjo, quién lo protegió, quién lo convirtió en héroe, quién miró hacia otro lado y, sobre todo, observando atentamente nuestro espejo, qué estamos haciendo nosotros para impedir que siga habiendo monstruos como él en Gaza, en Afganistán, en Sudán, en Estados Unidos... Recordar Srebrenica, Ruanda o Gaza no es solo un ejercicio de memoria sino una forma de resistencia. Los muertos no solo necesitan que sea pronunciado el nombre de sus asesinos, que también, sino que aprendamos a reconocer, y a rechazar, el lenguaje que los crea, el silencio que los justifica y el ruido que nos confunde, y aprender a saber cómo hacemos posible su existencia.

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