Sábado, 05 de septiembre de 2026
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Como una pintura china
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Como una pintura china

Aquellas montañas inestables de la pintura china, con campesinos cansados, botes honestos, cabañas serenas, pájaros caprichosos, sobrevolando un curso fluvial impertérrito, como el de Borges en Inglaterra, me parece, donde Heráclito o una moneda le arrojó la imagen y hechura de sí mismo.

«Mi añoranza también se dispersa, gira en el aire y finalmente cae. ¿Acaso yo también soy la lluvia?» Poema chino anónimo, traducido al español por Fátima

Yo, que no he leído El almuerzo desnudo, de Burroughs, lo inicio y no resisto la fascinación por continuar adelante. Paso las hojas y encuentro el nombre de Kerouac. Recuerdo Azul casi transparente, de Murakami. Veo de nuevo a mis compañeras y compañeros de la universidad. De un modo u otro, todos andábamos en el camino, no demasiado lejos de José Agustín, ni de la revista de rock La mosca en la pared.

Paul Auster anduvo a salto de mata. Los Panchitos, en México, también. La gente andaba en la onda, o por lo menos le pegaba a Castañeda pero sin don Juan. Lo poesía maldita circulaba como mate. Los cocos que saltaban en las conversaciones no eran los de las palmeras con limón y chile. El mundo urbano ofrecía el mismo atractivo que las calles florales en el cine de Hong Kong o Shanghái.

Ustedes saben de lo que hablo. Cada persona podría referir sus propias vivencias, ya sea porque hayan sido protagonistas o porque las hayan visto de cerca, como Michael Jackson en el video Beat It. Músicos como Óscar Chávez, el Caifán Mayor, representan estos movimientos de protesta, en busca de un bien común perdido en la edad del tiempo.

Yo creo que los Evangelios por eso dicen que si pusieran por escrito todo lo que vieron necesitarían muchísimos tomos publicados. Cada persona, como decíamos arriba, en sus propias circunstancias, dispone de un abanico amplio de experiencias, que en ocasiones solo llega a las personas cercanas y los invitados de casa. A este respecto, las ciencias sociales cubren un área impagable con sus estudios de los relatos de vida.

Creo que fue José Saramago quien dijo que las conversaciones de las mujeres sostenían al mundo. Hace un par de días, en un transporte colectivo, escuchaba una de estas conversaciones, que no paró en todo el trayecto de una hora. Una de esas personas había pillado el autobús por los pelos, solo porque otro pasajero, atento a lo que pasaba en la calle, le había dicho al conductor que parara, para esperar al pasaje.

La edad juvenil se engancha con facilidad a estas narrativas. A menos que disponga de unas fuertes bases familiares, acompañadas de la fortuna de contar con un robusto sustento por parte del entorno, fácilmente caerá en la clara seducción de estas circunstancias que brotan por doquier.

Hoy por la mañana, recordaba la frase de que nadie es profeta en su propia tierra. Quizá no en relación con esto en específico, pero sí de algún modo el filme de Pier Paolo Pasolini La pocilga arroja luz al respecto. La suma, o resta, de lo que uno ha hecho en el pasado arroja ondas en el agua metafórica de la vida, que alcanzan un espacio distante. Solo en casos como Roth, con su clochard o Tarabas, surge una oportunidad de cambio que restituye al pasado y endereza el porvenir, con una mejor calidad de vida.

Es cierto que es la pasión lo que contagia. Esa fuerza torna irresistible a la persona o escena. Pero no creemos que eso se encuentre peleado con la capacidad de tomar distancia y apreciar los asuntos con una objetividad sensata. Pensamos que los tiempos modernos y contemporáneos, con Chapline o Geraldine, requieren una vuelta de tuerca, adicional a la de James. El arte, desde esta perspectiva, sigue cumpliendo una función estética, pero por partes iguales cobra un matiz pedagógico, que instruye sobre el funcionamiento de la máquina de la mujer, el hombre y el mundo.

Este desapego de lo que yo todavía no termino de leer en la Armancia, de Stendhal, no significa reprimir mi fascinación por continuar con la segunda página de El almuerzo desnudo, de William Burroughs. Eso siempre estará en mi alma, creo, como si hubiera sido impreso por un Garcilaso de la Vega 2.0, o 3.1416. Las entrañas tienden al Spleen de Baudelaire, la Noche oscura, de San Juan de la Cruz, las Ondas del mar de Vigo, de Martín Códax. Yo sigo viendo películas japonesas con otro tipo de hastío, mística y melancolía que irriga la fertilidad de mi espíritu.

Si antes traíamos a la narración la edad juvenil, quizá ahora resulte conveniente hacer lo propio con otra edad posterior, adulta. Haber cumplido con una, uno mismo, equivale a disponer de la capacidad de retirarse un paso atrás y cederle el paso a las personas que vienen. Esto significa, en otra imagen, desprenderse de aquella pasión que nos consumía sin resistencia, para continuar apreciando el espectáculo, la puesta en escena, pero sin arder. Esa perspectiva arroja la ocasión de una capacidad crítica que permite manipular al objeto y usarlo.

Las personas que escriben no hacen otra cosa. Mediante el recurso de la palabra, toman la realidad en las manos y la exponen en la hoja de papel. Recogen el tiempo de las orillas del viento y lo acomodan con base en otro orden, que exprese un significado nuevo, como el de Juan Rulfo. Exploran las esquinas del amor filial y lo moldean a partir de un metro y una rima, como Jorge Manrique. Miran lo que tienen frente a los ojos y lo dicen tal cual, como Balzac, Pérez Galdós, Mann. Yo prefiero a Cervantes, libre de los cuidados de Lope. La alegría serena de sentarme ante la página en blanco, con una ventana al recuerdo de Nietzsche, Ende, Hesse, Arreola, y los lugares donde los leí y soñé.

También me gusta la forma que toma la vida con el curso de los años. Cada objeto —material o inmaterial— tiene una forma. La vida de una pareja la tiene, la de un soltero también, la de una mascota —del tipo que sea—. La mascota de unos amigos, por cierto, tiene una casaca parecida a la del Betis. Mas esto se descubre progresivamente. El ser humano termina por acoplarse a un molde con la hechura de sí mismo, o no. En esa incertidumbre, por cierto, mora otra fascinación. Desconocer qué será por último.

Todo luce nuevo, entonces. El ser en la expresión del siglo y lo inefable cobra un vigor en constante construcción. También por esto mismo, la máquina del cuerpo se desgasta, requiere un mecánico, surge la necesidad de un reposo. La medicina, desde siempre, ha buscado el restablecimiento de un orden, en equilibrio entre las partes, con la puesta en escena de un espacio físico y mental para moverse.

Ya sea que hablemos de La mosca en la pared, revista mexicana, o La obra maestra desconocida, de Balzac, o Hölderlin, Rilke, Novalis, no vemos por qué no habríamos de optar por un movimiento quieto, maduro, con las potencias del ánima en sintonía con aquellas montañas inestables de la pintura china, con campesinos cansados, botes honestos, cabañas serenas, pájaros caprichosos, sobrevolando un curso fluvial impertérrito, como el de Borges en Inglaterra, me parece, donde Heráclito o una moneda le arrojó la imagen y hechura de sí mismo.

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