Quebrada, una novelita -el diminutivo alude a su corta extensión y formato; en ningún caso a su enorme calidad- de la argentina Mariana Travacio, publicada por la barcelonesa editorial las afueras (así, con minúscula) en 2022, es la excepcional recomendación de esta semana en la que iniciamos una nueva temporada de mi columna. Travacio, psicóloga de formación, es autora de varios volúmenes de relatos y de otra novela, Como si existiese el perdón, que, al parecer, constituye un antecedente de esta Quebrada.
El libro, muy breve, apenas admite comentarios. O mejor dicho, los admite, pero todo cuanto pueda decirse palidece ante su intensidad, ante la emoción que rezuma y convierte la lectura en una experiencia casi inefable. Es tal la sensación de plenitud que embarga al lector al recorrer sus ochenta cortísimos capítulos que, una vez terminados, apenas encuentra palabras para explicar lo que ha pensado, sentido y vivido. Demasiado enfático, quizá, pero oportuno, aunque esta reseña no puede limitarse a un simple “corran a leer Quebrada” y debe aportar razones que justifiquen ese reclamo.
Empezaré, pues, por un sucinto e inevitablemente aproximado resumen del argumento (todo resultará inexacto cuando se trata de describir la poderosa trama y la excepcional prosa de una novela hipnótica, poética, austera, alegórica, desoladora, lírica, evocadora, intensa, realista y, a la vez, atravesada por apuntes oníricos; profunda, filosófica y metafísica; atávica, telúrica y mítica; narrativamente audaz, singular y de alcance universal).
La novela se articula en dos partes. En la primera, que ocupa cincuenta y dos capítulos, se alternan dos voces, las de Lina y Relicario, mediante sendos monólogos interiores; en la segunda, los veintiocho capítulos restantes, el narrador es el joven Rulfino (indirecta alusión, a mi juicio, a Juan Rulfo, de cuyas fuentes literarias -Pedro Páramo, El llano en llamas- bebe claramente Travacio, hasta el punto de que una espléndida fotografía del escritor mexicano preside la portada).
Lina Ramos y Relicario Cruz, marido y mujer, son dos personas mayores que malviven, solas y pobres, en la quebrada, un espacio inhóspito donde la tierra no da frutos. El lugar no aparece referenciado ni espacial ni temporalmente, lo que refuerza la dimensión universal de un relato que habla de la escasez, el desarraigo, la soledad existencial, el vacío metafísico y la necesidad de enfrentarse al destino. No obstante, parece fácil situarlo en el noroeste argentino, cerca de Bolivia, donde la Quebrada de Humahuaca dejó al viajero que fui hace casi cuarenta años un recuerdo imborrable por la sequedad de la tierra, la dureza del clima y su belleza casi ultraterrena.
Desde las primeras páginas conocemos la voluntad de Lina de abandonar esa realidad asfixiante y la oposición de su marido. Su relato da cuenta de la necesidad de cambiar un destino desesperanzado; de los recuerdos de Tala, el hijo que abandonó el hogar catorce años atrás; de la ilusión de un mar nunca visto que adquiere resonancias míticas; de su negativa a resignarse. Siguiendo las indicaciones de Octavia, una curandera local, abandonará a su marido para buscar el rastro del agua que la conduzca al mar. Conoceremos entonces las vicisitudes del viaje: el frío, el calor, el hambre, la sed, los encuentros y la búsqueda obstinada.
En paralelo, Relicario se enfrenta a la soledad. La ausencia de Lina lo lleva a cuestionar su resistencia a abandonar la tierra y a los muertos. Finalmente, impulsado por la añoranza, emprende el camino tras ella. Desentierra a sus padres, carga con sus restos y repite las caminatas extenuantes, los encuentros ambiguos y la amenaza constante de la intemperie. Ambos personajes encarnan dos visiones de la vida: Lina representa la esperanza, el deseo de cambio y la apertura a lo nuevo; Relicario, la memoria, la tradición y el arraigo.
La segunda parte, narrada por Rulfino, nos lleva al rancho de los Loprete, donde Lina trabaja como cocinera tras ser conducida hasta allí por el arriero Feliciano. Sin rastro ya de Relicario, el núcleo de la historia se desplaza hacia los conflictos familiares, el trabajo en el campo, las tensiones cotidianas y, sin desvelar nada sustancial, la aparición de Tala, la crónica de sus años ausentes, la tragedia y la muerte, en un final que conmueve profundamente.
Esta austera línea argumental se desarrolla mediante un planteamiento literario soberbio, sin duda el aspecto más memorable del libro. El juego de voces contrapuestas; la narración en primera persona, que permite acceder a la intimidad de los protagonistas; el ritmo lento y pausado, acorde con el avance por territorios hostiles; la utilización de registros orales que aportan verosimilitud y belleza, con una prosa musical, hipnótica y cargada de resonancias poéticas; la relevancia del paisaje, su significativa representación y, en general, la de la naturaleza, convertidos en un personaje más y ampliando la carga simbólica del libro: un escenario inclemente, brutal, hostil, extremo (es una tierra de demasías), de una aridez desasosegante, que cambia y se transforma, con las estaciones, la lluvia incesante y la sequía interminable, las montañas, las quebradas, los vientos, las tormentas, los diluvios, los cauces asfixiados de los ríos y también sus corrientes impetuosas y desbordantes; la recreación de una atmósfera mítica en la que confluyen el viaje, la búsqueda del hijo perdido, la curandera, las plegarias a un dios ausente, los encuentros fantasmales y las noches silenciosas bajo un cielo estrellado.
Además, mientras el lector se deja arrastrar por el fascinante estilo de una escritora magistral, la novela recorre temas de alcance universal: el sentimiento de pertenencia y la fidelidad a la tierra; el peso del pasado y de los ancestros; el desarraigo, la errancia y la pérdida; el viaje como transformación; la precariedad y la pobreza; la búsqueda de sentido e identidad (¿somos lo que siempre hemos sido -Relicario- o lo que queremos ser -Lina-?); el deseo, la esperanza y el combate contra el destino; la soledad existencial; la muerte unida a la vida; las raíces atávicas que nos constituyen; la violencia, el rencor y los odios -el western y Cormac McCarthy son, en mi opinión, referentes inequívocos-; la importancia de los vínculos familiares, la memoria, el amor, la tristeza, el dolor y el ansia de una vida plena.
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Mariana Travacio. Quebrada. Editorial las afueras. Barcelona, 2022. 166 páginas. 16,95 euros.
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