Miércoles, 02 de septiembre de 2026
Volver Salamanca RTV al Día
Cuando la luz se encuentra con el tiempo (Dos formas de la luz)
X

DESDE LA CIUDAD DE LA LUZ

Cuando la luz se encuentra con el tiempo (Dos formas de la luz)

Publicado 01/09/2026 13:57

Hay dos momentos del día en los que la luz parece detenerse antes de continuar su camino: el amanecer y el atardecer.

Son dos fronteras. Dos instantes en los que la noche y el día se encuentran, se reconocen y, durante unos minutos, parecen compartir el mismo territorio.

No quiero hacer de este comentario una clase de física de la luz. Bastará recordar que los colores que contemplamos en esos momentos son consecuencia de la manera en que la luz atraviesa la atmósfera, de la dispersión de sus diferentes longitudes de onda y de las partículas que encuentra en su recorrido.

Pero la explicación científica, siendo necesaria, no explica del todo aquello que sucede cuando contemplamos un amanecer o un atardecer.

Porque hay cosas que la ciencia puede explicar y, sin embargo, no puede nombrar.

Y una de ellas es la emoción.

Escribo desde la Ciudad de la Luz. Desde una ciudad acostumbrada a recibirla sobre la piedra, a dejar que se deslice por sus fachadas y se esconda después en sus sombras. Quizá por eso he aprendido que la luz no solamente ilumina las cosas: también las transforma.

La fotografía me ha enseñado a esperarla.

La literatura, a escucharla.

Dos formas de la luz

Amanecer y atardecer son momentos diferentes, aunque a veces resulte difícil distinguirlos cuando únicamente contemplamos una imagen.

Se suele decir que el amanecer tiene una luz más delicada, con tonalidades rosadas y colores que se acercan al pastel, mientras que el atardecer suele ofrecer rojos, naranjas y contrastes más intensos.

Pero la naturaleza no conoce teorías.

Cada amanecer es distinto.

Cada atardecer también.

Dependen de las nubes, de la humedad, del polvo suspendido en el aire, de la transparencia de la atmósfera. Basta una pequeña variación para que el cielo vuelva a ofrecernos una imagen que nunca antes habíamos contemplado.

Quizá esa sea una de las razones por las que fotografiamos.

No para conservar la belleza, sino para intentar comprender por qué, durante unos segundos, hemos sentido la necesidad de detenernos ante ella.

El amanecer tiene, además, algo que pertenece exclusivamente a quien espera.

Hay que madrugar.

Hay que salir antes de que llegue el día.

Hay que mirar hacia un horizonte que todavía no muestra aquello que esperamos.

Y quizá por eso el amanecer tiene algo de promesa.

La luz comienza antes de que aparezca el sol. Primero es apenas una insinuación en el horizonte. Después llegan los tonos rojizos, los violetas, los rosados. Finalmente, el sol aparece y la luz se vuelve dorada.

La tierra comienza entonces a recuperar sus formas.

Las sombras se alargan.

Las cosas parecen recién nacidas.

Todo vuelve a empezar.

El amanecer es el día que nace.

El instante que desaparece

El atardecer sucede de otra manera.

No tenemos que esperarlo a oscuras.

La tarde nos conduce hasta él.

El sol desciende lentamente y, mientras lo hace, la luz atraviesa una mayor cantidad de atmósfera. Los azules se dispersan y los tonos cálidos adquieren protagonismo. El cielo puede incendiarse de naranja, de rojo, de amarillo.

Las nubes, además, se convierten en parte esencial de ese espectáculo.

Las más altas pueden conservar la luz y aparecer blancas; las que ocupan posiciones inferiores reciben una luz que ha atravesado una mayor cantidad de atmósfera y adquieren tonalidades más cálidas.

Y cuando el sol desaparece, algunas nubes quedan oscuras, recortadas contra el último resplandor del cielo.

Entonces comprendemos algo que la fotografía conoce muy bien:

la belleza también está hecha de sombras.

El atardecer es, quizá, más consciente de su propia fugacidad.

Sabemos que va a terminar.

Sabemos que la luz desaparecerá.

Y precisamente por eso queremos retenerla.

Quizá fotografiar un atardecer sea una manera de rebelarnos, durante un instante, contra el tiempo.

Levantamos la cámara.

Esperamos.

Encuadramos.

Disparamos.

Y creemos haber salvado la luz.

Pero la luz ya se ha ido.

La fotografía no ha detenido el tiempo.

Solamente ha conseguido guardar su memoria.

Entre el día y la noche

Si el amanecer habla del comienzo, el atardecer habla de la despedida.

Uno abre la puerta del día.

El otro la cierra lentamente.

Entre ambos existe una extraña correspondencia.

El amanecer parece decirnos que todo puede comenzar de nuevo.

El atardecer nos recuerda que todo lo que comienza, alguna vez, termina.

Tal vez por eso ambos han acompañado desde siempre la historia de los hombres y, especialmente, la historia de los amantes.

Porque también el amor vive entre dos luces: la que nace y la que se despide; entre la esperanza de volver a encontrarse y el deseo de que el instante compartido no termine nunca.

Y quizá sea aquí donde la luz deja de ser solamente un fenómeno físico para convertirse en una forma de poesía.

La cita de la luz y la noche

Dicen que una noche, después de un largo abrazo, los amantes permanecieron en silencio.

Los ojos de ella parecían hechos de sombra y en ellos dormían los verdes prados que él amaba.

A su alrededor, la noche guardaba el secreto de sus cuerpos y la luna, desde lo alto, contemplaba en silencio aquella intimidad.

Entonces apareció el amanecer.

Llegó lentamente, como llegan las cosas verdaderas: sin hacer ruido.

La noche lo miró acercarse.

—¿Ya te vas? —preguntó.

—Tengo que irme —respondió el amanecer—. Pero volveré.

La noche sonrió.

Sabía que el amanecer siempre se marchaba para que ella pudiera regresar.

La luna y las estrellas fueron testigos de aquella antigua promesa.

El sol esperaba detrás del horizonte.

Esperaban también la tierra, las aves, las aguas, las flores y todas las criaturas que despiertan cuando la primera luz toca el mundo.

Y entonces sucedió algo que nadie había previsto.

La noche abrazó al amanecer.

No fue un abrazo para retenerlo, sino para despedirlo.

Porque había comprendido que la belleza no consiste en poseer un instante, sino en saber dejarlo partir.

Cuando el amanecer se alejó, la noche supo que volvería.

Y cuando el día comenzó a caminar hacia su final, el cielo volvió a llenarse de colores.

Nació entonces el atardecer.

Los ojos oscuros de la noche se encontraron con el cielo encendido de la tarde.

Y por un instante, solamente por un instante, las dos luces volvieron a encontrarse.

Quizá esa sea la verdadera razón por la que seguimos mirando los amaneceres y los atardeceres.

Porque en ellos reconocemos nuestra propia vida.

Nacer.

Crecer.

Despedirnos.

Volver a empezar.

Y entre una luz y otra, aprender que el tiempo no se detiene.

Pero nosotros sí podemos detenernos para mirarlo.

Aunque solo sea durante un instante.

La empresa Diario de Salamanca S.L, No nos hacemos responsables de ninguna de las informaciones, opiniones y conceptos que se emitan o publiquen, por los columnistas que en su sección de opinión realizan su intervención, así como de la imagen que los mismos envían.

Serán única y exclusivamente responsable el columnista que haga uso de nuestros servicios y enlaces.

La publicación por SALAMANCARTVALDIA de los artículos de opinión no implica la existencia de relación alguna entre nuestra empresa y columnista, como tampoco la aceptación y aprobación por nuestra parte de los contenidos, siendo su el interviniente el único responsable de los mismos.

En este sentido, si tiene conocimiento efectivo de la ilicitud de las opiniones o imágenes utilizadas por alguno de ellos, agradeceremos que nos lo comunique inmediatamente para que procedamos a deshabilitar el enlace de acceso a la misma.