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El Museo de Antaño, un rincón para aprender de la herencia del pasado en Alaraz
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REPORTAJE

El Museo de Antaño, un rincón para aprender de la herencia del pasado en Alaraz

Publicado 01/09/2026 08:13

Este centro etnográfico de usos y tradiciones se suma a la oferta cultural del pueblo salmantino.

El visitante que se acerca a Alaraz no solo encuentra una naturaleza que deja la loma del cereal para acercarse al risco, a la encina, a la sierra abulense. Guardián de herencias romanas y árabes, laborioso, industrioso y amante de sus tradiciones, su ermita del Cristo y sus calles de casas de piedra y adobe, Alaraz, el último pueblo de la Comarca de Peñaranda, es una sorpresa constante. Y no solo por esa iglesia, que como la de Macotera o Santiago de la Puebla muestran su recia belleza de piedra de granito, de sillares densos, sino por sus gentes y sus museos. Hemos dicho bien, museos.

La cultura se convierte en un dinamizador de nuestros pueblos y en Alaraz el ayuntamiento lo sabe muy bien, por eso ha hecho este año pregonera a su pintora, a Marina Gómez, a quien también han dedicado una calle para agradecer su largo y sostenido trabajo por y para su pueblo. Concursos de pintura rápida, exposiciones, presentaciones de libros y esa Casa Museo que recoge lo mejor de la obra de una de nuestras pintoras más sobresalientes. Y ahí, tan cerca, a la sombra de la hermosa iglesia de comienzos del XVI, el Museo de las Muñecas recién abierto para mostrar la hermosa colección de Rosa Pérez Gómez, un homenaje a Ángel, su marido, que el visitante recorre con gusto y sorpresa… la misma sorpresa que sentimos cuando, en la calle Melchor Trapero número 6, también muy cerca, encontramos el Museo Etnográfico de Usos y Tradiciones. ¡En un solo pueblo tres espléndidos museos!

Inaugurado el 18 de julio del 2025, “El Museo de Antaño” merece la visita. No es una mera colección de aperos acumulados por el gusto a la nostalgia, no. Es toda una declaración de intenciones. Para Diego García, que desde muy joven se interesó por estas piezas que formaban parte de su memoria, se trata de recordar “Los valores que forjan la vida de la gente de los pueblos”. Un empeño no en mostrar el objeto sin más, sino el valor de la comunidad, de una forma de vida apoyada en el otro, en la tarea comunal, en la herramienta compartida, en la tarea de muchas manos. Manos habilidosas, manos que trabajaban “sin prisa ni pereza, con calma”, manos que han levantado un pueblo dedicado a la labor, a la ganadería y a las que hacen un homenaje Diego García, alma de este proyecto y Gema Sánchez, encargados de la Casa Rural “La Centenaria”, tan próxima a este museo tan especial, tan bien expuesto y tan bien resuelto.

Especial porque parte de la antigua tienda del pueblo, aquellas tiendas de toda la vida donde todo se encontraba y todo hallaba acomodo. Balanzas, cajones, latas, sacos de legumbres, una cortadora de bacalao… Diego García no es un coleccionista al uso que amontona piezas, las ama, las estudia, las contextualiza, las sitúa como buen conocedor de esta forma de vida. La tienda es un viaje en el tiempo con sus baldosas hidráulicas a la que sigue la cocina y sus aperos de la matanza. Trabajos para hacer el vino de cada día, los fideos de la sopa… trabajos para curvar las piezas de los carros, fragua donde reparar y construir los aperos de labranza, mesa de trabajo del zapatero remendón… Tarea cotidiana de campo y casa atentos a los niños que iban a la escuela con su ascua en la lata para calentarse, una escuela de láminas sabias, de pupitres de madera, tintero y palillero donde aprender las primeras letras, las cuentas de la vida.

El museo sorprende al visitante. Al mayor, porque recupera palabras y objetos que le eran familiares, al más joven, porque le muestra una forma de vida lejana y sorprendente. Y de ahí las etiquetas para recuperar la palabra terruñera, palabras que nos recuerda Diego dándonos las medidas de la fanega, el celemín, la huebra, la libra, la arroba ¡Y los nombres de las ovejas según su edad! Curiosidades que fascinan al visitante como el suelo de ladrillo rojo hecho a mano en el cercano Horcajo Medianero, la lámpara hecha con aguaderas de ese burro que era tan necesario antes de la llegada del rudimentario tractor de los años 20 que venía de Inglaterra en una caja, deshecho en piezas.

Una forma de vida sostenible, que todo lo aprovechaba. Las máquinas que muestran este museo del corazón no funcionaban con electricidad. La hojalata brilla junto a la prensa de quesos que tanto usara mi madre cuando era muchacha. Una madre que cambió el lebrillo para lavar la ropa por la lavadora, una madre que vio funcionar una aventadora en las eras de su pueblo como la que guarda David, quien nos explica que las máquinas que atesora “se hacían para toda la vida, no se estropeaban”. Maquinas forjadas en las casas de los pueblos que sustituyeron al arado romano que nos contempla, perfectamente limpio y restaurado, desde la pared del corazón, piedra y adobe en el patio de la casa que cuidan con mimo Gema Sánchez y Diego García, una casa que debiera ser visita obligada para todos aquellos que no conocen la forma de vida de nuestros pueblos, su sabiduría a la hora de construir los utensilios, su tarea común, su trabajo compartido, su sostenibilidad, su aparente sencillez, su vocabulario del corazón que parece guardado en los sobrados de la memoria. Esa que necesitamos, en tiempos de incertidumbre, recuperar y disfrutar, esa que Diego García decidió desde muy temprano, custodiar con cuidado y ofrecernos a los demás.

Charo Alonso. Fotografías: Tomás Gil.