La chispa del crimen a veces se labra en el centro de trabajo, donde se acumula ira, odio, veneno, y el día menos pensado se pasa de las palabras a los hechos y ya no se ladra, se muerde y se transmite la rabia, que se ha ido fraguando durante años
Siempre he dicho, sigo diciendo, y diré hasta el día que me muera, que hay carreras, y/o profesiones, que además de un examen de acceso debiera hacerse también y además de forma obligatoria, un examen de conciencia, para valorar las cualidades del candidato a cursar determinados estudios, pues a veces ocurre, que eminentes cerebros, no dan de sí más que un breve suspiro de una noche de verano, y abandonan al gélido ventarrón invernal las debilidades del prójimo, a todos los niveles, no solo sanitarias.
Y hablando de examen de conciencia, pondría de obligada lectura, y estudio concienzudo, tres libros que orientarían bastante sobre las inclinaciones intelectuales y morales de cada candidato.
1.- La Biblia (o Biblias que para gustos se hicieron los colores).
2.-El Quijote, por considerarlo una segunda biblia difícil de superar.
3.-Reflexiones sobre la guillotina, de Albert Camus, este, aparte del contenido conceptual de aprendizaje teórico, sería de examen práctico, pues es difícil que cualquier opositor se escape a la lucidez mental del autor de dicha obra y nos dé gato por liebre.
Cuando hablo en el punto 1 de la Biblia pienso especialmente que partimos del origen etimológico del término BIBLÍA, que procede del griego, y significa “los libros” o el “conjunto de libros” (más que un solo libro, funciona como una biblioteca antigua escrita por diferentes autores a lo largo de los siglos).
Este examen de conciencia sería imprescindible en determinadas profesiones como la Medicina, el Derecho, la Economía, la Banca, la Política con matices (es peligrosa la profesionalización de la política ya que se convierte la actividad en su principal fuente de ingresos y medio de vida ordinario; pero también en los estados modernos la política requiere dedicación exclusiva y remuneración, en determinados núcleos de población, para evitar que solo las élites con grandes patrimonios accedan al poder, nadando de fondo la burocracia moderna).
En los tres libros de referencia citados se habla de la muerte en diferentes aspectos, hay muchos más (se puede morir de amor, de pasión, de odio, de cobardía, de pena, de angustia, de vejez y hasta de otras enfermedades…).
1.- “En La Biblia” se describe la muerte principalmente como una separación física o espiritual, y en muchos pasajes se compara con un sueño o descanso debido a la esperanza de la resurrección (siendo el origen de la muerte el pecado humano que entró en el mundo).
2.- “Don Quijote” cae enfermo de melancolía y fiebre tras su derrota ante el Caballero de la Blanca Luna; recobra el juicio antes de morir y rechaza las novelas de caballerías, pidiendo perdón por haber creído en ellas. Muere en su lecho de forma muy sosegada, rodeado por el afecto de Sancho Panza y sus amigos.
3.- “En Reflexiones sobre la guillotina” los personajes mueren por el Asesinato Administrativo Legal cometido por el Estado.
Tres formas diferentes de morir. Yo me pregunto: ¿Cuál es la peor?, y me respondo a mí mismo: sin duda alguna la tercera, la impuesta por alguien sobre alguien para ejemplarizar a la sociedad. Es como si quisieran convertir al Pueblo entero en Franciscanos o seguidores de la Compañía del Niño Jesús, sin percatarse de que tal muerte no deja de ser infinitamente peor que la del criminal más sangriento, pues es una pena capital ejecutada por el Estado no para prevenir sino para atemorizar y ya se sabe que un Pueblo atemorizado deja de pensar y a veces mata por instinto, y en consecuencia se agrava la situación. Pensemos sin ir más lejos en el nazismo. ¿No nos trae a la memoria acontecimientos recientes?
Camus afirma, y comparto enteramente su postura que “no habrá paz duradera ni en el corazón de los individuos ni en las costumbres de las sociedades hasta que la muerte no quede fuera de la ley”.
Define la muerte: “Un humor acre y ardiente consume al asesino; lo que más teme es el reposo; es un estado que lo deja solo consigo mismo y es para salir de él por lo que desafía continuamente a la muerte y trata de darla; la soledad y su conciencia, he ahí su verdadero suplicio. ¿No nos indica esto la clase de castigo que debéis imponerle, que es aquel al que es más sensible? Es en la naturaleza de la enfermedad donde hay que tomar el remedio que debe curarla”.
Que Caín no sea condenado a muerte, pero que conserve a los ojos de los hombres un signo de reprobación; esta es, en todo caso, la lección que debemos extraer del Antiguo Testamento, sin hablar de los Evangelios, mejor que inspirarnos en ejemplos crueles de la ley mosaica.
En virtud del mismo razonamiento, sin duda, podía leerse en la espada del verdugo de Friburgo la fórmula “Señor Jesús, tú eres el Juez”. El verdugo se halla así investido de una función sagrada. Es el hombre que destruye el cuerpo para entregar el alma a la sentencia divina que nadie prejuzga.
Se estima tal vez que semejantes fórmulas conllevan confusiones escandalosas. Y, sin duda, para quien se atiene a la enseñanza de Jesús, esa hermosa espada es un ultraje más a la persona de Cristo. A la luz de todo esto puede comprenderse la terrible frase de un condenado ruso al que los verdugos del zar iban a ahorcar en 1905, y que dijo enérgicamente al sacerdote que se disponía a ofrecerle consolación con la imagen de Cristo: “Aléjese y no cometa sacrilegio”.
El castigo que sanciona sin prevenir se llama, en efecto, venganza. Es una respuesta casi aritmética que da la sociedad al que infringe su ley primordial. Esta respuesta es tan vieja como el hombre: se llama talión. Se trata de un sentimiento, y particularmente violento, no de un principio. El talión es del orden de la naturaleza y del instinto, no del orden de la ley.
La enfermedad de Europa es no creer en nada y pretender saberlo todo. Cree que la miseria extrema del hombre, es un límite misterioso, confina con su grandeza extrema. La fe, para la mayoría de los europeos, está perdida. Pero la mayoría de los europeos vomitan también la idolatría del Estado, que ha pretendido reemplazar a la fe.
En lo sucesivo, a medio camino, seguros e inseguros, decididos a no sufrir jamás la opresión ni a ejercerla sobre los demás, deberíamos reconocer al mismo tiempo nuestra esperanza y nuestra ignorancia, rechazar la ley absoluta, la institución irreparable. Sabemos de ello lo suficiente como para decir que tal o cual gran criminal merece los trabajos forzados a perpetuidad. Pero no sabemos lo bastante como para decretar la amputación de su propio futuro, es decir, la de nuestra común oportunidad de reparación.
Las leyes sangrientas, se ha dicho, tiñen de sangre las costumbres.
¿Cómo podrá sobrevivir la sociedad europea de este medio siglo si no decide defender a las personas, por todos los medios, contra la opresión estatal?
En cuanto a un Estado que siembra el alcohol, no puede extrañarse de cosechar el crimen. De hecho, no se extraña, y se limita a cortar las cabezas en las que tanto alcohol ha vertido. Hace justicia imperdurablemente y se presenta como acreedor. Su buena conciencia no sufre. Pero si fuera, además, un poco coherente con sus ideas, y si esos asesinos olieran un poco demasiado a alcohol, iría luego a ocuparse de aquellos que tienen por vocación intoxicar a los futuros criminales. Y el Estado, investido de la confianza general, apoyado incluso por la opinión pública, continúa castigando a los asesinos, incluso y sobre todo a los alcohólicos, un poco como el chulo castiga a las laboriosas criaturas que le aseguran su mantenencia. Pero el rufián no predica la moral. El Estado sí de igual modo, durante siglos se ha castigado el asesinato con la pena capital y no por ello ha desaparecido la raza de Caín.
¿Quién podría deducir de todo esto que la pena de muerte realmente intimida?
“Saber que uno va a morir no es nada -dice un condenado de Fresnes- No saber si va a vivir es espantoso y angustioso”.
Cartouche decía del suplicio supremo: “¡Bah! Es un mal cuarto de hora”. Pero se trata de meses, no de minutos. De antemano y durante mucho tiempo, el condenado sabe que van a matarlo y que solo puede salvarlo una gracia semejante, para él, a los decretos del cielo. En todo caso, él no puede intervenir, defenderse, ni convencer. Todo se decide al margen de él. Ya no es un hombre, sino una cosa que espera a ser manejada por los verdugos. Se le mantiene en la necesidad absoluta, la de la materia inerte, pero con una conciencia que es su principal enemigo.
Cuando los funcionarios que tienen por oficio matar a ese hombre lo llaman “paquete”, saben lo que dicen. No poder hacer nada contra la mano que te desplaza, te sujeta o te rechaza ¿no es, en efecto, ser como un paquete o una cosa o, mejor, un animal trabado? El animal aún puede negarse a comer. El condenado no puede. Se le hace beneficiario de un régimen especial; se cuida de que se alimente. Si es preciso, se le obliga. El animal al que se va a matar debe estar en plena forma. La cosa o la bestia tiene derecho únicamente a esas libertades degradadas que se llaman caprichos. “Son muy susceptibles”, declara sin ironía un funcionario de Fresnes refiriéndose a los condenados a muerte.
Hace unos pocos días presencié en directo, en una oficina bancaria, a eso de las 14:00 horas como un empleado berreaba con saña gritando que no se daban “pucheros” que ya era hora de cerrar. Manifestaba su hartazgo, su desprecio al trabajo y a los clientes del Banco, manifestaba sencillamente lo que llevaba dentro de sí, la propia ruindad hacia el Centro que le da trabajo.
¿Saben ustedes cuál es la distancia entre un asesino y personajes de este pelaje? Yo se lo digo: que esa mañana tomase el café hirviendo, o que le lloviera encima la bronca de cualquier jefe, o que alguien le reprochara su falta de dignidad.
La chispa del crimen a veces se labra en el centro de trabajo, donde se acumula ira, odio, veneno, y el día menos pensado se pasa de las palabras a los hechos y ya no se ladra, se muerde y se transmite la rabia, que se ha ido fraguando durante años, y entonces hablamos de forma benévola de que se le cruzaron los cables, y no es así; el cortocircuito venía fabricándose años atrás, azuzando con esmero malicioso, atizando día a día la descomposición social y laboral y un día cualquiera de “lluvia” se provoca la temida colisión eléctrica y el cerebro se inunda de maldad y emerge la vesania que ya imparable termina irremediablemente en el hecho delictivo llamado crimen. Así de simple, así de sencillo, así de dramático. Pero la expresión famélica y desgraciada por cobarde fue “cruce de cables”, no, no fue cruce de cables, fue el resultado normal de una sociedad enferma que prefiere paños calientes, y a ser posible húmedos, a llamar a las cosas por su nombre.
Cualquiera de esas tres circunstancias que cité inicialmente es motivo para que un simio en una sociedad desestructurada cometa un crimen.
“Las ratas” de Miguel Delibes andan sueltas de nuevo por Europa y los caciques también.
Dedicado a todos esos pequeños matarifes sociales, o no tan pequeños, que mienten y blasfeman como bellacos.
En Ciudad Rodrigo a 29 de agosto de 2026
Fdo. Dr. Jesús Alfonso.