Sábado, 29 de agosto de 2026
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Avestruces en el aula
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Avestruces en el aula

Hay negacionismos que se presentan con el aspecto grotesco del terraplanismo o de quienes aún discuten la eficacia de las vacunas, y hay otros más ocultos, expresados desde oposiciones superadas, reglamentos, programaciones didácticas y memorias de fin de curso, que gozan del prestigio de llamarse educación y constituyen una peligrosa forma de negación, porque afectan a generaciones enteras de jóvenes a quienes se “educa” para un mundo que ha dejado de existir.

La inalterable obstinación.- Dentro de pocos días. miles de profesoras y profesores regresarán a los institutos públicos españoles con la serenidad de quien cree volver a ocupar un lugar que permanece inalterable desde hace décadas. Abrirán las mismas carpetas, desempolvarán las mismas programaciones apenas retocadas por las exigencias burocráticas del último decreto, repetirán los mismos criterios de evaluación y comenzarán a explicar unos contenidos cuya transmisión dejó hace tiempo de ser patrimonio exclusivo del docente. Convencidos, o quizá necesitados de convencerse -apunto aquí las pocas excepciones- de que basta con ignorar la Inteligencia Artificial para que esta desaparezca de la cabeza de sus alumnos (como si Galileo se hubiese vuelto ciego al movimiento terrestre solo porque un tribunal lo hubiera condenado).

El precio del control.- Mientras esos docentes pasan lista, corrigen ejercicios y siguen premiando la memorización, cada uno de sus alumnos y alumnas adolescentes lleva en el bolsillo una herramienta capaz de explicar mejor que ellos, que los manuales, capaz de traducir, resumir, comparar, programar, dibujar, argumentar, sintetizar, corregir y dialogar con una enorme velocidad, una inteligencia que ha transformado para siempre la forma de acceder al conocimiento. El problema no consiste en que la inteligencia artificial pueda reemplazar muchas funciones del profesor, sino en negarse a admitir que esas funciones YA han sido reemplazadas y que el valor del docente de hoy ya no puede residir en repetir una información disponible -y mejor- con la I.A., sino en enseñar a pensar en vez de a copiar, a verificar en lugar de creer, a formular preguntas adecuadas a su pantalla y a cultivar el propio criterio -ahora sí, humano- allí donde el algoritmo proporciona todos los datos. Más inquietante que el mismo avance tecnológico es la obstinación con la que una parte significativa del sistema educativo -profesores y profesoras, inspectores, padres y madres… (sigo salvando aquí las pocas excepciones)- continúa comportándose como si pudiese levantar un dique frente a un océano, confundiendo autoridad con control, enseñanza con repetición, evaluación con vigilancia y aprendizaje con memorización y repetición (… e inútiles evaluaciones continuas de todo eso…)

El sagrado deber y otros disfraces.- Los anatemas y rechazos contra la inteligencia artificial en la enseñanza suelen lanzarlos quienes nunca se preguntan si los métodos con los que examinan y evalúan a sus alumnos siguen teniendo algún sentido. La mayoría de quienes se oponen o limitan el uso de los valiosísimos recursos de la I.A., son precisamente quienes continúan exigiendo trabajos, exámenes y ejercicios que esas herramientas resuelven en segundos. Muchos de quienes se llenan la boca con su “sagrado” deber educativo de formar ciudadanos críticos, no aceptan, ni tal vez entienden, la necesidad del cuestionamiento, re-pensamiento y reforma profunda de una profesión, la suya, aferrándose con patéticos “argumentos” de prevalencia “de lo humano” a ocupar un puesto que la tecnología obliga a redefinir de arriba abajo. En la enseñanza existen inercias corporativas, resistencias al cambio y comprensibles temores ante una transformación que obliga a los docentes a estudiar de nuevo, a reciclarse, a desaprender mucho de lo aprendido y a abandonar seguridades construidas durante décadas. Cuando esas resistencias terminan convirtiéndose en una defensa numantina y absurda de un modelo agotado, que impide y obstaculiza que los alumnos utilicen una tecnología antes que a enseñarles, y aprender con ellos, a utilizarla racionalmente, y vivir con los jóvenes un mundo que ellos ya pisan cada día fuera del aula, entonces el problema deja de pertenecer a los docentes (y a los alumnos) para convertirse en un problema social, un problema de todos.

La ignorante certeza.- Cuando está en juego la capacidad social y colectiva de comprender el tiempo que vivimos, las autoridades educativas siguen refugiándose en reformas cosméticas, recovecos burocráticos y certidumbres de cartón, para evitar la única certeza verdaderamente trascendental: que la Inteligencia Artificial ha alterado la naturaleza misma del conocimiento, de su transmisión, de su uso y de su aprovechamiento, y que eso conlleva alterar también la naturaleza, la forma, el contenido y el sentido mismo de la enseñanza y del oficio docente. El desarrollo, reconocimiento e implantación de los grandes avances científicos, y la Inteligencia Artificial es el mayor de los últimos siglos, siempre choca con la oposición institucional de lo consabido, de lo tradicional, de lo usual, que luchan durante un tiempo para seguir pareciendo imprescindibles. Y ese intervalo de autoengaño, el que vivimos ahora, no puede tener otro nombre que estupidez.

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