«No son las cosas las que perturban a los hombres, sino los juicios que los hombres hacen sobre las cosas.»
EPICTETO
«La verdad es que caer duele. La audacia consiste en mantener el coraje y levantarse poco a poco.»
BRENÉ BROWN
Hay momentos en la vida en los que descubrimos, casi siempre a la fuerza, que no tenemos tanto control como imaginábamos. Una enfermedad inesperada, la pérdida de una persona querida, un fracaso profesional, una ruptura, una dificultad económica o una crisis que afecta a toda la sociedad pueden desbaratar en poco tiempo los planes sobre los que habíamos construido nuestra seguridad. La adversidad tiene esa capacidad incómoda de recordarnos que la vida no sigue siempre el guion que habíamos escrito. Y entonces aparece una pregunta decisiva: ¿qué podemos controlar realmente?
La respuesta que ofrece la filosofía, desde los antiguos estoicos hasta pensadores contemporáneos, es sencilla y profunda: no podemos controlar muchas de las cosas que nos suceden, pero sí podemos trabajar sobre nuestra mente, nuestra actitud y nuestra manera de responder. No se trata de una receta para evitar el sufrimiento. Ninguna filosofía seria puede prometer semejante cosa. Se trata, más bien, de aprender a atravesar las dificultades sin perder la serenidad, la dignidad y el sentido de nuestra propia vida. La adversidad forma parte de la condición humana y que la verdadera cuestión no es cómo evitar las crisis, sino cómo afrontarlas sin quedar destruidos por ellas.
Marco Aurelio, que conoció de cerca las guerras, las enfermedades y las incertidumbres del poder, dejó una frase que conserva una sorprendente actualidad: «Tienes poder sobre tu mente, no sobre los acontecimientos externos. Date cuenta de esto y encontrarás la fuerza». La diferencia parece pequeña, pero puede cambiar nuestra manera de vivir. Con frecuencia gastamos una enorme cantidad de energía intentando controlar aquello que no depende de nosotros: lo que otros piensan, las decisiones de los demás, el pasado, el futuro, la enfermedad, la opinión pública o los resultados de nuestras acciones. Y cuanto más intentamos dominar lo que escapa a nuestro control, mayor es nuestra frustración.
Esto no significa que debamos permanecer pasivos. Al contrario. La aceptación es el comienzo de una acción más inteligente. Aceptar la realidad no significa aprobarla ni considerarla justa. Significa reconocer que algo ha sucedido y que, por tanto, ya no sirve de nada luchar mentalmente contra el hecho consumado. Una pérdida no deja de ser dolorosa porque la aceptemos. Un fracaso no deja de doler porque cambiemos nuestra actitud. Pero cuando dejamos de preguntarnos obsesivamente por qué ha ocurrido y comenzamos a preguntarnos qué podemos hacer ahora, recuperamos una parte esencial de nuestra libertad. Aceptar no es resignarse, sino reconocer la realidad para poder actuar allí donde todavía tenemos capacidad de decisión.
La mente, además, puede convertirse en una segunda fuente de sufrimiento. No siempre padecemos únicamente por lo que ocurre, sino también por lo que imaginamos que ocurrirá. Anticipamos conversaciones que todavía no han sucedido, enfermedades que quizá nunca tendremos, pérdidas que todavía no hemos sufrido o fracasos que solo existen en nuestra imaginación. José Antonio Marina explica esta tendencia al señalar que «el miedo es la ansiedad provocada por la anticipación de un peligro». Pensar es una de nuestras grandes capacidades, pero también puede convertirse en una trampa cuando utilizamos la imaginación para fabricar continuamente futuros amenazadores.
Por eso, en tiempos de crisis, regresar al presente es una forma de salud mental. No podemos resolver hoy todos los problemas de mañana. Lo único que tenemos realmente entre las manos es este momento: la decisión que debemos tomar, la conversación que podemos mantener, el trabajo que podemos hacer, la persona a la que podemos ayudar. La calma interior comienza cuando dejamos de vivir permanentemente en lo que ya pasó o en lo que todavía no ha sucedido.
Pero mantener la calma no significa convertirse en una persona fría o insensible. Una persona serena puede tener miedo, llorar, sentirse cansada o experimentar tristeza. La serenidad no consiste en no sentir, sino en no quedar completamente sometido a lo que sentimos. El miedo puede estar presente sin convertirse en nuestro dueño; la tristeza puede acompañarnos sin destruir nuestra capacidad de amar y continuar.
Aquí aparece otra enseñanza importante: la vulnerabilidad no es lo contrario de la fortaleza. Brené Brown ha insistido en que nadie puede vivir una existencia auténtica sin exponerse al riesgo de sufrir. Amar, confiar, emprender, comprometerse con alguien o perseguir un proyecto significa aceptar que las cosas pueden salir mal. Por eso escribe: «La vulnerabilidad no es debilidad; es la mejor medida del coraje». La persona fuerte no es aquella que nunca cae, sino aquella que puede reconocer la caída, aprender de ella y levantarse sin tener que fingir que nada ha sucedido.
La adversidad también nos obliga a revisar nuestras prioridades. Cuando todo marcha bien, podemos vivir distraídos por lo accesorio: el reconocimiento, el éxito, el dinero, la apariencia o la necesidad de tener razón. Pero una crisis tiene la capacidad de desnudar esas falsas seguridades y preguntarnos qué merece realmente la pena. A veces descubrimos entonces que la conversación tranquila, la amistad, la familia, la solidaridad o una pequeña rutina cotidiana poseen mucho más valor del que les concedíamos. El sufrimiento no es bueno por sí mismo, pero puede enseñarnos a mirar de otra manera.
Séneca resumió la actitud estoica ante la adversidad con una frase de enorme fuerza: «Con nada se le hace mayor desplante a la suerte que con un espíritu ecuánime». No significa negar el dolor, sino impedir que el dolor tenga la última palabra. La vida continuará trayendo acontecimientos que no elegimos. Habrá pérdidas, cambios, decepciones y momentos en los que nuestros planes se vendrán abajo. No podemos elegir siempre las cartas que recibimos, pero sí podemos decidir cómo jugarlas.
Tal vez ahí se encuentre la verdadera libertad. No en conseguir que la vida obedezca nuestros deseos, sino en conservar un espacio interior que las circunstancias no puedan gobernar por completo. Podemos perder muchas cosas y seguir siendo capaces de elegir nuestra actitud, cuidar a alguien, cumplir con nuestro deber, mantener la dignidad o empezar de nuevo. Viktor Frankl lo comprendió en las circunstancias más extremas y habló de «la última de las libertades humanas: la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias».
La adversidad no se puede eliminar de la vida. Tampoco podemos negociar con el destino para que nunca nos toque. Lo que sí podemos hacer es aprender a distinguir lo que está en nuestras manos de aquello que no lo está; aceptar la realidad sin dejar de actuar; cuidar nuestra mente para no convertir cada dificultad en una catástrofe; permitirnos ser vulnerables y, sobre todo, conservar la calma suficiente para seguir siendo nosotros mismos cuando todo alrededor parece cambiar. La auténtica fortaleza quizá no consista en dominar la vida, sino en no perderse dentro de ella cuando la vida deja de responder a nuestros deseos. Porque, al final, gobernar nuestra mente puede ser la forma más profunda de libertad que todavía permanece cuando ya no podemos gobernar casi nada más.
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