“…se hace camino al andar”. ANTONIO MACHADO
Hay una crueldad silenciosa, profundamente arraigada en nuestra manera de mirar, que se manifiesta cada vez que termina una gran competición deportiva y se apagan los focos sobre quienes han recibido una medalla, mientras los que llegaron cuartos, quintos, octavos, los que disputaron una final, los que batieron su propia marca, los que se dejaron años de vida en una piscina, en una pista o en un gimnasio, regresan a casa en silencio, como si todo lo que no culmina en un podio perteneciera a una categoría inferior de la vida, a ese territorio sombrío que hemos decidido llamar fracaso.
Vivimos en un mundo -y este país es ejemplo y paradigma- que ha reducido el valor de las personas a la altura del escalón que ocupan, que ha convertido la competición, la competitividad, no en noble disputa entre quienes se esfuerzan, sino en una máquina de fabricar vencedores y derrotados, aunque éstos sean siempre infinitamente más numerosos que aquéllos. En los recientes campeonatos europeos de natación y de atletismo, han participado deportistas españoles que han rozado la medalla, o ni siquiera eso, pero que han llegado hasta una final continental, a una semifinal o a una serie clasificatoria. Sin embargo, basta con una diferencia de décimas, de centímetros o la disputa con un rival mejor, para que su nombre desaparezca de los titulares, de los telediarios, de las conversaciones y hasta de la memoria, porque el cuarto puesto, esa medalla invisible que debería representar el esfuerzo llevado casi hasta el límite, se convierte de pronto en una especie de fracaso público, en la prueba casi vergonzante de que no se ha conseguido aquello para lo que, según nuestra miserable pedagogía del éxito, todo ser humano debería haber nacido.
Educamos así a los jóvenes (y a los no tan jóvenes, generaciones enteras de mujeres y hombres alrededor de los cuarenta, cincuenta años que exhalan en cada juicio de valor, en cada comentario y hasta en cada mirada, un desprecio agrio y oscuro sobre los que no vencen, los que no ganan, y no solo en competiciones deportivas sino, sobre todo, en la actitud vital, en las metas sociales, en la fachada, que si en realidad refleja sus propias frustraciones, y así las transmiten a sus vástagos, va construyendo y heredando un ánimo social de desprecio que es, al fin y al cabo, autodesprecio).
Los (nos) educamos diciéndoles que apunten al sol, que sean los mejores, que alcancen sus sueños, que triunfen… Palabras que apenas ocultan la amenaza de una posterior condena, del reproche subsiguiente: si no llegas, no solo no has triunfado sino que ‘has perdido’; si no ganas, no cuenta tu participación ni tu esfuerzo; si no subes al podio, o no ganas ese miserable torneo de pueblo que tus mayores han creado solo para gritarte (gritarse) “campeón”, no eres nadie. Y en este aspecto, el desprecio al que no gana, el ninguneo del que no vence, el ostracismo del que no llega, el deporte es nada más, y nada menos, que la cruda metáfora del día a día sin números cuatro, tres, dos...
Una sociedad que solo celebra a los ganadores está sembrando inevitablemente una inmensa cosecha de frustrados, está enseñando a la mayoría que su esfuerzo vale únicamente si termina convertido en oro, en trofeo, en salario, en fama o en aplauso, construyendo generaciones enteras de personas convencidas de que no haber sido el primero o la primera equivale a no haber sido nada, cuando el verdadero fracaso consiste, precisamente, en haber aceptado socialmente esa mezquina mentira.
Una de las asignaturas que no hemos superado haya sido aprender a reconocer el mérito sin exigir la victoria, a valorar el esfuerzo sin convertirlo obligatoriamente en éxito, a comprender que detrás de cada ganador hay miles que no lo son y que, sin embargo, no han fracasado. Cuando seamos capaces de aplaudir también esos cuartos puestos sin medalla, esos nombres que no encabezan ninguna clasificación, esos segundos, terceros y cuartos escalones que articulan y sustentan el oropel de cada triunfo, habremos empezado -y ya es muy tarde- a construir una sociedad menos cruel, menos frustrada, menos ostentosa, más sincera y por ello más humana. El oro lo ganará siempre uno, pero el derecho a que el esfuerzo sea reconocido es algo que no tenemos derecho a robar a nadie.
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