«Hay saberes que son fines en sí mismos.»
NUCCIO ORDINE
«La vida solo puede ser comprendida hacia atrás, pero ha de ser vivida hacia delante.»
SØREN KIERKEGAARD
Vivimos en una época obsesionada con la excelencia. Se nos invita constantemente a mejorar, competir, producir, destacar. Hay que tener éxito, aprovechar el tiempo, ser eficaces y construir una imagen atractiva de nosotros mismos. Nunca se había hablado tanto de llegar más lejos. Y, sin embargo, quizá pocas veces haya sido tan necesario preguntarnos qué significa realmente vivir bien.
Porque la mediocridad no consiste simplemente en hacer mal las cosas. Tampoco tiene que ver con la inteligencia, los estudios o la posición social. Una persona sencilla puede vivir con enorme dignidad y profundidad, mientras alguien brillante y triunfador puede llevar una existencia mediocre. La mediocridad es algo más sutil: es dejar de pensar por uno mismo, renunciar a la propia singularidad y aceptar como normal una vida que quizá nunca hemos elegido.
José Ingenieros, en El hombre mediocre, veía al mediocre como alguien incapaz de elevarse por encima de lo establecido. No crea: repite. No busca: se acomoda. No se pregunta hacia dónde va: sigue el camino que otros han trazado. La mediocridad comienza, en este sentido, cuando dejamos de aspirar a comprender y nos limitamos a aceptar.
El problema aparece cuando esa actitud deja de ser individual y se convierte en algo cultural. Entonces la excelencia empieza a despertar sospechas, el esfuerzo incomoda y quien pretende hacer algo especialmente bien puede ser acusado de querer destacar demasiado. La igualdad, que debería significar igualdad de dignidad y de oportunidades, corre el riesgo de confundirse con uniformidad.
Aquí conviene hacer una distinción. Criticar la cultura de la mediocridad no significa defender los privilegios de quienes han nacido con más posibilidades. El mérito puede convertirse en una trampa cuando quienes han tenido todas las oportunidades creen que su éxito depende únicamente de su esfuerzo. Pero combatir las desigualdades no debería llevarnos a despreciar el esfuerzo, el talento o el deseo de superación. Una sociedad justa no debería rebajar el nivel para que nadie destaque, sino conseguir que todos tengan la posibilidad de desarrollar sus capacidades.
Michael Young inventó en 1958 la palabra «meritocracia» en una novela que pretendía ser una advertencia, no un programa político. Imaginaba una sociedad jerarquizada por la inteligencia y el rendimiento, donde una nueva élite terminaría justificando sus privilegios como si fueran exclusivamente fruto de sus méritos. La paradoja es que aquella crítica terminó convirtiéndose en una palabra utilizada precisamente para defender aquello que Young quería cuestionar.
Pero nuestra época presenta otra paradoja. Mientras se nos exige destacar permanentemente, cada vez resulta más difícil desarrollar una personalidad verdaderamente propia. Byung-Chul Han ha descrito este cambio con precisión. Ya no vivimos principalmente bajo el mandato de «debes», sino bajo el de «puedes». Puedes triunfar, mejorar, alcanzar tus objetivos. Pero ese «puedes» acaba convirtiéndose en una obligación permanente. El individuo se transforma en empresario de sí mismo y termina explotándose en nombre de su propio éxito. «La sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria, sino una sociedad de rendimiento», escribe Chul Han.
La consecuencia es paradójica: cuanto más se nos exige ser extraordinarios, más fácilmente terminamos viviendo de una manera uniforme.
Todos queremos ser diferentes, pero muchas veces hacemos lo mismo. Consumimos las mismas cosas, seguimos las mismas tendencias, repetimos las mismas opiniones y mostramos nuestra vida en los mismos escaparates digitales. La individualidad se convierte incluso en una mercancía.
Las redes sociales han llevado esta contradicción hasta extremos desconocidos. La atención se ha convertido en uno de nuestros bienes más escasos. Saltamos de una noticia a otra, de una pantalla a otra, de una opinión a otra. Estamos informados de casi todo, pero profundizamos en muy pocas cosas. La acumulación de información no produce necesariamente conocimiento; mucho menos sabiduría. Podemos conocer las partes y perder la capacidad de comprender el conjunto.
Y pensar exige tiempo.
Esta afirmación resulta casi revolucionaria en una sociedad que considera perdido todo el tiempo que no produzca algo. Leer despacio, conversar sin mirar el teléfono, caminar sin ninguna finalidad, permanecer en silencio, contemplar una obra de arte o estar a solas pueden parecer actividades inútiles. Sin embargo, quizá sean algunas de las cosas que más necesitamos.
Nuccio Ordine ha reivindicado precisamente el valor de aquello que aparentemente no sirve para nada. Una sociedad dominada por la utilidad inmediata termina preguntando para qué sirve la literatura, la filosofía, la música, el arte o la cultura. Si no producen un beneficio cuantificable, parecen prescindibles. Pero hay cosas que no sirven para ganar dinero y que, sin ellas, la vida sería mucho más pobre.
Una conversación con un amigo no aumenta el PIB. Una novela no mejora necesariamente nuestra productividad. Una sinfonía no resuelve una crisis económica. Una pregunta filosófica no genera beneficios inmediatos. Y, sin embargo, todas esas cosas pueden hacer nuestra vida más humana.
La cultura de la mediocridad aparece cuando todo debe ser útil, rentable, visible o cuantificable. Lo que no puede medirse parece no existir. El éxito se confunde con la productividad y la felicidad con el consumo. Trabajamos más, producimos más y tenemos más posibilidades que nunca, pero eso no significa necesariamente que sepamos vivir mejor.
Existe además una dimensión política. Una ciudadanía permanentemente cansada, saturada y distraída tiene menos tiempo para pensar críticamente. No hace falta prohibir las preguntas: basta con llenarlo todo de ruido. Cuando falta tiempo para pensar, terminamos aceptando como inevitables realidades que quizá podrían cambiarse. La resignación sustituye entonces a la imaginación.
Por eso combatir la mediocridad no significa obsesionarnos con ser los mejores. Significa recuperar la exigencia interior. Pensar por nosotros mismos. Leer. Escuchar. Conversar. Aprender. Hacer bien nuestro trabajo aunque nadie nos aplauda. Defender espacios de silencio. Preguntarnos qué merece realmente la pena.
La excelencia humana no consiste en aparecer más, ganar más o producir más. Consiste en vivir con mayor conciencia.
Quizá esa sea la verdadera batalla cultural de nuestro tiempo: impedir que la prisa, el ruido, la utilidad y la opinión de la mayoría terminen decidiendo por nosotros qué merece la pena una vida.
Una vida mediocre no es necesariamente una vida pequeña. Es una vida que ha dejado de preguntarse hacia dónde va.
Y quizá la resistencia pueda comenzar con algo tan sencillo como detenerse. Apagar durante un rato la pantalla. Abrir un libro. Escuchar. Pensar. Recuperar el gusto por aquello que no tiene precio.
Porque una sociedad verdaderamente libre no es la que produce más individuos capaces de competir, sino la que forma personas capaces de pensar, elegir y vivir con sentido.
La cultura de la mediocridad comienza cuando dejamos de exigirnos interiormente. Y empieza a desaparecer cuando recuperamos una pregunta sencilla y decisiva: ¿qué clase de ser humano quiero llegar a ser?
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