Martes, 18 de agosto de 2026
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El verano inclemente
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El verano inclemente

Publicado 18/08/2026 07:58

Ni siquiera caen las migajas para los perros en ese lugar donde se hacinan los desheredados de la tierra, los que son empujados por un país que no los quiere y les manda a la desidia. La playa deja de ser el sitio de nuestro recreo y se vuelve el campamento de la desgracia que ni siquiera sabe contar el ábaco de los niños a los que sus familias dijeron, como al Lazarillo, “válete por ti”.

El verano arde y pareciera que la cuneta puede convertirse en una tea solo con el paso de los coches. Sin embargo, el pueblo está lleno y sale la virgen entre las muchachas endomingadas, los chicos trajeados, los pesados atavíos de la fiesta. Música que llega a las casas de ventanas abiertas, ahítas de agua fría, de aparatos que zumban, y ya nos importan poco las idas y venidas por el estrecho que nos sube la gasolina, las vacaciones del poderoso, los drones que no saben de fronteras, los incendios que devoran los campos ardientes. Ni el azul de una piscina tan caliente como el Mediterráneo consuela este verano de muertes y cansancio, al borde del secarral en el que nos dejamos llevar por el vaivén de un terremoto lejano. Tiembla la tierra, tiembla la hoja en el árbol falto de agua y se hacinan sobre el campo las alpacas de una paja escasa, geometría del final del verano, los girasoles caídos hacia un suelo que se agrieta. Agua y agua que, cuando caiga, lo hará con esa fuerza asesina que nos recuerda la furia que nadie domina.

Un verano intenso, un verano inclemente, tórrido, feroz, de luz afilada que nos atraviesa, nos anuncia el infierno en el que la gente de a pie limpia la herida del que vive en la calle, del que se asoma a nuestro bienestar duramente conseguido. Y la playa, el lugar del cubo, la pala, el castillo del niño bien untado de protección y cariño, se vuelve el lugar donde aquellos a los que nadie quiere se amontonan ante nuestros ojos, ola que mata a quienes nadie reclama, cuerpos olvidados en la morgue de nuestro desconcierto. Los ojos que no quieren mirar y se refugian tras las gafas de sol de marca buena, que nos tapan la cara tan elegantes, tan necesarias, tan hermosas. Y nos sobra el capazo para la arena, la botella de agua, la dichosa crema, el pañuelito para el pelo, el aroma fresco de una noche de terraza… la que no tiene mantel a cuadros sino el pan que tira una vecina desde la ventana, aterrada solo por la idea de salir a mirar los rostros de quienes esperan.

Esperar días y semanas a que quizás, la masa sin nombre regrese al infierno. Sin saber que se quedarán ahí, ante nuestros ojos, ante la pantalla que pasará pronto a otra cosa. Y seguirán ahí mientras arde otro paisaje, mientras acabamos los tiempos del privilegio y volvemos al trabajo, dejando que todo se siga pudriendo, ahí, al borde del mar de todos los veranos, de todas las infamias, de todos los muertos. No hay palabras para definir la desidia de quien empuja a los suyos al desastre, ni de quien le acaricia el lomo para que no se enfade. Verano cruel de pura impotencia.

Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.

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