Una confabulación de astros ha querido acudir en auxilio de Pedro Sánchez en un momento muy delicado para él. Por su condición de redomado gafe, y a pesar del interés que pone en manejar los hados, hay que descubrirse ante su mal fario. Desde su llegada a La Moncloa, no acabamos de olvidar la última desgracia y hace aparición la siguiente.
El histórico “resbalón” que tuvo Sánchez -y sigue teniendo- en Ceuta ha sido suficiente para que el gobierno que nos ha montado sea vapuleado en medio mundo y afeado por el otro medio. Si no fuera por el maquillaje que debe usar a diario -cemento armado- diríase que las críticas le entran por el oído izquierdo y vuelven a salir por el mismo -su anatomía no tiene órganos diestros, todos son siniestros. El huracán que le ha venido de cara ha originado tal polvareda que todo el batallón de asesores fijos continuos que pastan en La Moncloa ha tenido que preparar, a toda prisa, las declaraciones repetidas a coro en todos los ministerios, en nada ajustadas a la verdad, que sirvan para apaciguar a los que pertenecen al sindicato de la claque. No son muchos, pero sí suficientes para eclipsar todos los tiros de cámara.
No obstante, Sánchez, que ha dado suficientes muestras de no ser inteligente, sí es listo. Los incendios, que acabarán extendiendo el Sáhara hasta los Pirineos, las constantes “ayudas” que le sirve a diario el ministro twittero de Transportes, Insultos y Bravuconadas, el ruido de togas alrededor de su familia y, de postre, la reciente invasión de Ceuta, le han obligado a emplearse a fondo. Otra ocasión como la de este eclipse no puede desperdiciarse. Así que ¡Manos a la obra!
Con el agua al cuello, el eclipse solar hace tiempo que proyectó su negra sombra sobre la superficie de esta sufrida tierra. Si el eclipse “fetén” se produce cuando la Luna se interpone entre el Sol y la Tierra, dejándola en la oscuridad de la noche a pesar de lo que diga el reloj, no hay que estrujarse la mente para equiparar el fenómeno a nuestra actual situación.
Vamos a asignar papeles: supongamos que el Sol es la Constitución, la Tierra es España y la Luna representa a este batiburrillo de políticos que manejan el gobierno, ya sea directa o indirectamente. De la Constitución emerge simbólicamente todo lo que se necesita para iluminar y calentar a la nación: leyes, derechos y deberes de personas e instituciones, etc. Todo ello encaminado a conseguir el máximo progreso y bienestar de los españoles. Partamos de la base de que tanto la Tierra como la Luna son cuerpos opacos que, interpuestos como pantalla entre los otros dos, originarán un oscurecimiento más intenso, cuanta más superficie del Sol esconda.
Si la Luna (gobierno) es capaz de cubrir toda la superficie del Sol ( puentear la Constitución), la Tierra (España) perderá luminosidad (bienestar y desarrollo) y estaremos ante un eclipse de sol. Con aquello de que España es diferente, la Luna inició su faena sin capacidad suficiente para “tapar” por sí sola toda la superficie solar (le faltaban diputados). El observatorio astronómico de La Moncloa puso en funcionamiento su telescopio hasta que descubrió un grupo de satélites, suficiente para cegar toda la pantalla. Se sabe que es peligroso mirar directamente al Sol (intentar alterar la Constitución) para evitar lesiones irreparables, pero estos pequeños astros manejan unas gafas (chantajes) capaces de evitar disgustos y suficientes para alcanzar lo que les apetece. Siempre existirán ilusos que se afanen en encontrar un lugar donde presenciar el eclipse. Tiempo perdido. Basta observar las estrecheces de tantos españoles que se quejan de lo negro que tienen su porvenir durante este puñetero eclipse. Pero los verdaderos responsables no se enteran de nada y se ponen las gafas de mirar para otro lado.
Por las redes sociales circula una noticia atribuida al ministro catedrático de la mala lengua. Algún gracioso apunta que Puente ( molesto por no estar invitado al acto de desagravio que tuvo lugar en Yebes, por el módico importe de 72.000 € ), cuando vio que todo se quedó a oscuras, criticó a las empresas eléctricas y llamó inmediatamente a la estación de Atocha para saber dónde habían quedado parados los trenes. Se ve que los graciosos estaban empleando los mismos métodos que tanto le gustan a él.
España está en penumbra desde que Sánchez entró en La Moncloa. Si mala es la política desarrollada en el interior, peor es nuestra política exterior. Sería demasiado farragoso relatar todos los malos pasos dados en casa. Será suficiente con admitir que, ante las promesas hechas en campaña y los reproches recibidos después de ser investido, nunca dijo la verdad. Uno debe mentir cuando la necesidad le obliga a pasar por situaciones que nunca deseó. Para nuestra desgracia, ese no es el caso. Sánchez siempre tuvo claras sus intenciones. Vista la oscilación en el voto, que privaba a la derecha de alcanzar la mayoría, llegó a la conclusión de conseguir el apoyo de partidos que nunca fueron sus aliados y, a la vez, congraciarse con los que no quieren saber nada de España, por muy caro que le cueste el capricho. Como buen timador, si todos los apoyos que recibe de quienes le mantienen en el cargo no fueran suficientes, tiene en el “banquillo” a nietos, bisnietos y tataranietos de quienes ya salieron de España cuando Napoleón era cabo 1º.
Esa bajada de pantalones le ha obligado a alterar sus promesas, tanto en política interior como exterior. En el primer caso, para intercambiar escaños por carteras ministeriales, y para conseguir que voten a favor las leyes y decretos por muy distantes que sean sus programas. También porque es requisito indispensable para que voten a favor las leyes y decretos que, en no pocas ocasiones, traspasan las líneas rojas de nuestra Constitución.
Y qué decir de la política exterior. Un día sí y otro también Sánchez suele soltar la coz al socio que se le ponga a tiro. El prestigio alcanzado por España desde que eligió la democracia, los dos últimos presidentes salidos de las consignas de Largo Caballero se han encargado de dejarlo por los suelos. El mundo democrático, incluidos los organismos a los que pertenece España, ya no confía en gobiernos que se declaran progresistas, pero solamente progresan en su avance hacia la extrema izquierda. Que nadie se extrañe si, ante la actual situación provocada por Marruecos, ni la ONU ni la OTAN, al ver la inacción de Sánchez y sus machacas, han movido un dedo para apoyar nuestra postura.
Cuando sea la Luna (gobierno) quien se quede en penumbra por haberse interpuesto una gran superficie de la Tierra (España) entre ella y el Sol (cumplimiento de la Constitución), muchos de los españoles que ahora sufren frío y necesidad se desplazarán desde la zona iluminada que ocupaban antes a la recuperada, para que, envueltos de nuevo en la luz y el calor, puedan comprobar dónde están el verdadero progreso, el bienestar y la alegría.
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