Sábado, 15 de agosto de 2026
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La efeméride
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La efeméride

La otra persona nos mueve a salir en su búsqueda y perdernos en la espesura de su huella escrita, en paráfrasis de San Juan de la Cruz

Afortunadamente, las palabras no se escriben con la razón. Las activan, en cambio, los estímulos ajenos. La búsqueda de esos estímulos, por consiguiente, conduce a la escritora y el escritor al contacto con el mundo.

Desconozco si estas palabras sirven para pensar: un matemático, recuerdo, dijo que eran las matemáticas las que servían para eso. Creo que Gabo dijo que escribía para que sus amigos lo quisieran —al menos, eso comentó una tía mitad española—.

Yo cuando escribo columnas como la de ayer me enfrento a un problema. Habiendo terminado el escrito (convendría decir el borrador), debo hacer una relectura reescritura que identifique lo que dice el párrafo, qué pretendía comunicar yo, y cómo podría lograr, finalmente, aterrizar la idea en la página tachada.

La página en blanco, como esta en su pliego doblado y cosido a un cuaderno hecho a mano, representa un motivo literario aparejado a la dificultad de romper el hielo del escrito y restituirle el don de la palabra a la hoja muda. En China, vi una película japonesa sobre otras estrategias para hacer hablar a las personas, que nada tienen que ver con la violencia y sí con el asombro.

Comúnmente, hablamos de la gota de agua que horada la piedra. Un amigo refirió la imagen para describir el trabajo paciente y abnegado de otra amistad en común, que ha tardado años, décadas, en conseguir lo que otras personas logran en un abrir y cerrar de ojos. Yo quisiera pensar ahora, en cambio, en la piedra, que sufre el desgaste de la gota de agua, sin conmoverse. ¿Quién sería la gota y quién la piedra a la hora de calcar la imagen sobre la realidad?

Desprendida de su liturgia letraherida, la literatura queda reducida al polvo. Y es que la literatura, probablemente, tiene como causa y consecuencia esa liturgia plural de las distintas formas de celebrar la lectura. La palabra es la casa del ser, han repetido las generaciones, debido a que sostiene el suspenso de la lectura en voz alta, en silencio, por medios digitales o analógicos, que irriga el suministro de identidad de un grupo humano.

Como parte de estas liturgias, no quedaría fuera de lugar poner de relieve un correo electrónico de un lector nuestro. Desconozco su nombre, pero intuyo que se trata de un hombre de unos 60 años. En dos o tres ocasiones, me ha remitido lecturas que para él han constituido materia de reflexión profunda. La más reciente fue de Ítalo Calvino, me parece, sobre un viaje a Japón, donde apreció una forma nueva de contemplar la luna. Esa mirada puede compararse a la del fotógrafo capturando la luz: el objetivo se aprecia reflejado en una superficie, no de frente.

¿Han visto que las constelaciones se forman uniendo las estrellas con líneas invisibles, aparentemente? En Salamanca, se exhibe la pintura homónima El cielo de Salamanca, que en su tiempo decoró la bóveda de la Biblioteca de las Escuelas Mayores. Ahí podríamos apreciar esas líneas invisibles. En semántica (lingüística), el tipo de relación entre las palabras da origen a lo que conocemos en español como sinónimos, antónimos, homónimos, etc.

¿Saben qué me gusta de las letras? Me gusta encontrar un escrito perfecto, cerrado, consistente, como si a la hora de hablar de la gastronomía mexicana encontráramos unos tacos chingones, con su crema, salsa, queso, cebolla, crujientes, de canasta, con su chesco refresco, sin eructo. Pues me echo el otro, ya ni modo, diríamos en la ocasión (el enlace conduce al canal de YouTube En mi barrio se come chingón, que sirvió de idea).

Otro día tomé un taxi. La radio reproducía una canción parecida a La nave del olvido, con sus sílabas bien puestas en sus respectivas rimas. En la misma Salamanca, donde no me encuentro ahora pero sí estuve otro día, un martes por la tarde se discutieron asuntos poéticos en el claustro conventual de los Dominicos, San Esteban. Julián Martín habló de la facilidad, o simpleza, de la rima. También, en otra ocasión, escuché un comentario sobre San Juan de la Cruz. Yo le había preguntado si creía que la experiencia estética mística del santo empezaba en su poesía y terminaba en ella misma. Él me compartió su punto de vista en un viaje a Fontiveros.

Yo ahora me preguntaría qué diferencia hay entre lo uno y lo otro. En el caso de la poesía de Julián Martín siempre admiré su capacidad para encontrar la palabra que Eva y Adán dejarón al lado de otra. Con el estambre de sus versos teje (las palabras de) la creación. Ese tejido —lo dice con sus obras— responde al ritmo y la consonancia natural, sin artificio. Por ese motivo, a otro respecto, se dice que el ser humano no inventa nada: simplemente, identifica, reconoce, saca del olvido del tiempo el objeto que pone en la mesa a la vista de todas y todos. Llamarse a sí mismo autor de algo no comporta nada fuera de un recurso retórico.

Terminaré con este párrafo. No quedará nada qué decir. La mancha de tinta, replegada sobre sí misma, habrá dejado a la vista de nuevo la página en blanco del inicio. De otro lado, si habremos llegado a este punto habrá sidoporque antes hubimos reescrito, releído, rumiado, digerido el primer borrador: careceremos de tiempo para llevar el escrito a su final auténtico, con párrafos todavía con mensajes que comunicar.

¿Saben qué me gusta de las obras humanas? La originalidad, y que no se valgan de lo ajeno para pasarlo por lo propio. ¿Qué novedad significa para ti un toque de color en el día a día? ¿Qué liturgia, qué costumbre, constituye un asidero a la existencia? ¿De qué manera, en el mismo día a día, escalas en la escritura o lectura de la carta impresa en el corazón propio o ajeno (hacemos eco de Francisco de Osuna, con su Abecedario espiritual vigilado por Santa Teresa de Jesús)? Nosotros, en este recinto inmaterial de la palabra periodística, con menos penumbra que la del claustro dominico de la poesía del martes, irrigamos el suministro de tiempo de la existencia: las palabras nos crean, nos abren las puertas de una puesta en página donde la mancha de tinta de piedra de obsidiana reproduce una imagen encantada.

Las palabras, en nuestra lectura, cobran el brillo de la luna y presumen —rutilantes, vagabundas, recuperadas—, un camino a la memoria y el habla. Su sello luce el emblema impreso en el alma, reproducido por la pluma de la mano. Nuestra columna podría ser infinita, como el sueño de un 8 dormido, por el número incontable de los estímulos que podrían sostenerla: la visualización de una persona, su recuerdo, su escucha en silencio, en el instante colgado con alfileres del presente; ese tema daría para un par de párrafos adicionales, que dieran cuenta del modo en que esa persona toma un vaso y lo acerca a nuestras manos en la mesa.

¿Por qué decíamos que las palabras no se escribían con la razón, al inicio de la columna? Lo pensábamos y sosteníamos por lo que diremos a continuación: la otra persona nos mueve a salir en su búsqueda y perdernos en la espesura de su huella escrita, en paráfrasis de San Juan de la Cruz. Yo pulso el punto final de la columna porque tú me esperas para coronar con su cereza al pastel letraherido. Encendamos las velas, apaguemos la luz, aunque no exista la efeméride del título.

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