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Jesús Sánchez Adalid: “Cuando el extranjero tiene rostro, nombre, familia, sufrimientos y sueños, resulta mucho más difícil convertirlo en enemigo” 
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LOS LIBROS SON PARA EL VERANO

Jesús Sánchez Adalid: “Cuando el extranjero tiene rostro, nombre, familia, sufrimientos y sueños, resulta mucho más difícil convertirlo en enemigo” 

Publicado 15/08/2026 12:55

El escritor extremeño publica una novela histórica que habla de viaje, convivencia, superación, aceptación y esperanza en 'Tres halcones para Tamerlán'

Los libros son para el verano. En tapa blanda, fáciles de llevar en la bolsa de la playa o la piscina, sufridos y flexibles; pero también de tapa dura, magníficamente editados, como este volumen de HarperCollins, que nos sumerge en las largas olas de calor en una historia fascinante. Pero 'Tres halcones para Tamerlán' no es una novela histórica al uso. Ni Jesús Sánchez Adalid un autor decidido a entregar lo que de él espera un lector que le sigue desde su primer e inolvidable mozárabe, no. Esta recreación del viaje de Ruy González de Clavijo a las tierras de Samarkanda a comienzos del siglo XV es una reflexión acerca de la convivencia entre culturas, la aceptación, la valentía, el respeto a la diferencia y la pasión que pone en la documentación rigurosa este autor atento a leer el presente y el futuro desde el pasado. Y sigue siendo, desde que tuve la fortuna de conocerle en Extremadura, Sánchez Adalid, el mismo autor entregado, comprometido, intelectual, cercano y riguroso. Un halcón que vuela muy alto sobre la tierra a la que desciende replegando las alas con las que nos lleva lejos.

Charo Alonso: Mi ejemplar de El mozárabe era de la duodécima edición. ¿Crees que sigue vivo el interés del público por la novela histórica que practicas?

Jesús Sánchez Adalid: Que conserves un ejemplar de aquella duodécima edición me emociona mucho. Y sí, creo que el interés por la novela histórica continúa plenamente vivo. El lector desea entrar en otro tiempo, contemplar otros mundos y, al mismo tiempo, comprender mejor el suyo. La historia nos concede una distancia muy saludable: nos permite observar las pasiones humanas, los conflictos y las esperanzas con una perspectiva que el presente inmediato rara vez ofrece.

Ch.A.: Y nos permite vivir esa historia del pasado.

J.S.A.: La novela histórica que intento escribir busca hacer habitable el pasado. Me interesa que el lector camine por aquellas calles, sienta el frío o el calor, huela los mercados, escuche las campanas, pruebe los alimentos y comparta el miedo, la fe y los deseos de los personajes. Cuando ese mundo recobra vida y quienes lo habitan vuelven a parecernos humanos, la palabra «histórica» pasa casi a un segundo plano. Estamos, sencillamente, ante una novela. La permanencia de El mozárabe demuestra también que determinadas preguntas no envejecen: cómo convivir, cómo preservar la propia identidad, cómo relacionarnos con quien piensa o cree de otro modo. Esas mismas cuestiones vuelven a aparecer, desde otra perspectiva, en Tres halcones para Tamerlán.

Ch.A.: Es cierto, ambas hablan de convivencia. Habida cuenta de todo lo que está sucediendo, ¿seremos capaces de aprender a llevar esa convivencia?

J.S.A.: La convivencia nunca queda definitivamente conquistada. Cada generación tiene que aprenderla de nuevo, porque es un arte frágil, hecho de paciencia, conocimiento y respeto. La historia nos enseña que la convivencia entre culturas y religiones jamás fue perfecta ni idílica. Hubo conflictos, recelos, desigualdades y violencia. Pero también existieron largos periodos de intercambio, colaboración y ayuda cotidiana que hicieron avanzar a las sociedades. En Tres halcones para Tamerlán aparecen hombres de lenguas, credos y costumbres muy diferentes que se ven obligados a compartir caminos, peligros, alimentos y hospedajes. En muchas ocasiones sobreviven precisamente porque alguien extraño les tiende la mano. Esa experiencia transforma su mirada. Yo mantengo la esperanza, aunque no una esperanza ingenua. Aprenderemos a convivir en la medida en que dejemos de reducir al otro a una etiqueta. Cuando el extranjero tiene rostro, nombre, familia, sufrimientos y sueños, resulta mucho más difícil convertirlo en enemigo. La curiosidad sincera es ya una primera forma de respeto. Y quizá esa curiosidad sea una de las virtudes que más necesitamos recuperar.

Ch.A.: La historia de este viaje es increíble. ¿Cómo es posible que no la conozcamos? Enrique III era un adelantado a su tiempo. ¿Por qué conocemos tan mal nuestra rica y original historia?

J.S.A.: Esa pregunta está en el origen mismo de la novela. La crónica de Ruy González de Clavijo es un documento extraordinario, pero fue escrita en castellano del siglo XV y su lectura resulta difícil para un público amplio. Durante generaciones quedó casi restringida a filólogos, medievalistas e historiadores. El contraste me impresionó mucho cuando llegué a Samarcanda y comprobé que allí se recuerda a Clavijo, mientras que en España apenas sabemos quién fue.

Ch.A.: Enrique III era un adelantado a su tiempo. ¿Por qué conocemos tan mal nuestra rica y original historia?

J.S.A.: Enrique III tuvo una visión diplomática verdaderamente sorprendente. Comprendió que la irrupción de Tamerlán y la derrota de los otomanos en Ankara estaban alterando el equilibrio político del mundo conocido. Primero envió una misión exploratoria y después organizó la gran embajada dirigida por Clavijo. Quería información directa, buscaba posibles alianzas y trataba de situar a Castilla en el escenario internacional. Era una política exterior de enorme audacia. Tal vez conocemos mal nuestra historia porque no siempre hemos sabido contarla. Poseemos crónicas, personajes y episodios extraordinarios, pero con frecuencia han permanecido encerrados en archivos o ediciones especializadas. La novela puede abrir una puerta. No sustituye al trabajo del historiador, pero despierta la curiosidad y lleva al lector hasta el umbral de la historia verdadera.

Ch.A.: Es un libro que recorre lugares lejanos, habla de cetrería y utiliza muchos términos propios del mundo de la navegación, pero no se hace pesado en absoluto. Con capítulos breves, la prosa avanza con una fluidez maravillosa…

J.S.A.: Te agradezco mucho esa observación, porque ese fue uno de los mayores desafíos de la novela. Había una enorme cantidad de información histórica y técnica: navegación, cetrería, diplomacia, liturgia, armas, caminos, monedas, alimentos, embarcaciones… Todo eso debía sostener la narración sin imponerse sobre ella. Siempre pienso que la documentación tiene que cumplir en una novela la función de la quilla de un barco: resulta imprescindible para que la nave se mantenga firme, pero el pasajero no debe estar contemplándola durante todo el viaje. Cada término técnico tenía que aparecer unido a una acción, a una imagen o a una necesidad concreta. El lector comprende qué es una “pihuela” cuando Alvar la ajusta a las patas del halcón; entiende la importancia de un viento cuando ese viento impulsa la nave o la deja inmóvil durante días. Los capítulos breves ayudan a reproducir el ritmo de las jornadas, las escalas, los sobresaltos y los cambios de paisaje. Quería que el lector viajara con aquellos hombres, no que sintiera que estaba siendo examinado sobre el siglo XV.

Ch.A.: El trabajo de documentación ha debido de ser, como en todos tus libros, tremendo. ¿Es un trabajo que disfrutas?

J.S.A.: Lo disfruto muchísimo, quizá demasiado, porque la investigación puede convertirse en un territorio sin fin. Empecé, naturalmente, por la crónica de Clavijo. Después vinieron los mapas, los tratados de navegación y cetrería, las crónicas bizantinas y castellanas, la historia de los pueblos que atravesaron, las rutas comerciales, las ceremonias cortesanas, la alimentación, las formas de vestir y las costumbres religiosas. Pero hubo otra documentación que para mí resultó decisiva: el viaje que realicé en mayo de 2024 por Kazajistán y Uzbekistán. Recorrer aquellos espacios me proporcionó algo que los libros difícilmente pueden transmitir: la luz, el polvo, la inmensidad de las distancias, la hospitalidad de las gentes, la fuerza física del paisaje y la emoción de entrar en Samarcanda. Después llega el trabajo más difícil: seleccionar. Una novela no necesita todo lo que el autor ha aprendido. Necesita únicamente aquello que permita al lector vivir la escena, comprender a los personajes y avanzar con ellos. Investigar fue el primer viaje. Escribir la novela fue el segundo.

Ch.A.: El viaje a la Samarcanda moderna quizá necesite un cuaderno de viaje. ¿Te has planteado salir del marco de la novela histórica?

J.S.A.: Sí, me lo he planteado. De aquel viaje conservo muchas notas, imágenes, conversaciones y emociones que no podían entrar en la novela. La Samarcanda actual posee una fuerza extraordinaria porque allí el pasado sigue presente en la arquitectura, en los nombres y en la memoria colectiva. Sería hermoso escribir un cuaderno que entrelazara mi propio viaje con la sombra del que realizó Clavijo seis siglos antes. Nunca me he sentido encerrado en un solo género. La novela histórica es mi casa natural, pero no mi cárcel. Hay historias que piden una novela y otras que reclaman el ensayo, la crónica, el documental o el cuaderno de viaje. Lo importante es encontrar la forma adecuada para cada experiencia. Quizá algún día esas notas encuentren su cauce. Me atrae especialmente la idea de hablar del modo en que la historia sobrevive en los lugares y de cómo un viajero español puede descubrir, en el corazón de Asia Central, una memoria de España que nosotros mismos habíamos olvidado.

Ch.A.: El protagonista es un joven halconero, inocente, cuya visión de la vida y del viaje es un puro deslumbramiento. ¿Cómo te inclinaste hacia esta perspectiva: el viaje a través de un joven curioso y deslumbrado?

J.S.A.: Necesitaba unos ojos capaces de asombrarse. Clavijo nos había legado los hechos, los itinerarios y la mirada rigurosa de un diplomático adulto. Pero para convertir aquella crónica en novela hacía falta alguien que viera el mar, Constantinopla, los desiertos y Samarcanda por primera vez. Alvar tiene diecisiete años, apenas ha salido de Huete y no conoce nada del mundo. Su inocencia no equivale a simpleza; es una inteligencia todavía abierta, no endurecida por la costumbre. Se atreve a hacer las preguntas que los adultos ocultan y recibe cada paisaje como una revelación. Además, su oficio de halconero le concede una responsabilidad concreta. No viaja como un mero espectador: lleva a su cuidado unas criaturas vivas y preciosas que debe entregar al soberano más poderoso de Oriente. Esa misión lo obliga a madurar. A través de él, el lector no recibe un mundo ya explicado, sino que lo va descubriendo. Cuando, al final, don Pedro Carrillo lo abraza y le dice que partió un muchacho y ha regresado un hombre, se completa el verdadero itinerario de Alvar: el viaje exterior ha sido también una transformación interior.

Ch.A.: Ruy González de Clavijo es un prodigio de mesura y dignidad en todos los momentos del viaje. ¿Es el perfecto viajero un hombre paciente y dispuesto a aceptar los quiebros del camino?

J.S.A.: Sin duda. El viajero verdadero aprende muy pronto que no gobierna el tiempo, el clima, las fronteras ni la voluntad de los demás. En una expedición como aquella, todo dependía de los vientos, de encontrar una nave, de la hospitalidad de un señor local, de la salud de los hombres y de la seguridad de los caminos. La paciencia de Clavijo no es pasividad. Observa, negocia, toma decisiones, cambia de ruta cuando es necesario y mantiene siempre presente el objetivo. Su mesura es una forma de fortaleza. Un embajador que pierde la serenidad puede poner en peligro a toda la comitiva. Clavijo sabe adaptarse sin humillarse y conservar la dignidad sin convertirla en orgullo. Ese equilibrio me parecía esencial. Frente al deslumbramiento de Alvar, él representa la mirada adulta, la prudencia y el dominio de sí. Viajar exige aceptar que el camino modificará nuestros planes. Y el gran viajero acepta también algo más profundo: que quizá él mismo no será ya la misma persona cuando alcance su destino.

Ch.A.: En este viaje aparece fray Juan Alonso, quizá como la voz de la evangelización. Defiende la confianza, la entereza y la entrega a Dios. ¿Es una forma de ofrecer un mensaje en medio de esta incertidumbre en la que vivimos?

J.S.A.: Permíteme una pequeña precisión: en la novela aparecen dos religiosos. Fray Juan de Peralejos acompaña a Alvar durante la primera etapa y contribuye a su formación; fray Alonso Páez de Santa María es el dominico que viaja con la embajada. Entre ambos existe una continuidad espiritual muy clara.

Ch.A.: ¡Ay, los he convertido en uno!

J.S.A.: No quería que fueran predicadores que interrumpieran la aventura para pronunciar discursos ajenos a la acción. Sus palabras nacen siempre de lo que está sucediendo: el miedo, una tormenta, una pérdida, una larga espera, la enfermedad o la cercanía de la muerte. Para aquellos hombres, la fe no era un elemento decorativo. Era la forma en que interpretaban la realidad y encontraban fuerzas para afrontarla. Esa confianza en Dios tampoco los exime de pensar, trabajar, discernir y actuar. Rezan durante la tempestad, pero al mismo tiempo achican agua, reparan las velas y toman decisiones. La fe les proporciona un eje interior. Naturalmente, hay ahí un mensaje para nuestro tiempo. Vivimos rodeados de incertidumbre y pretendemos controlarlo todo. La novela recuerda que la confianza no elimina la fragilidad, pero permite atravesarla sin quedar destruidos por ella.

Ch.A.: Una enseñanza muy hermosa de fray Juan es que hay que estar atentos a los pequeños milagros que nos rodean todos los días.

J.S.A.: Sí, y quizá sea una de las enseñanzas más importantes del libro. A menudo esperamos una intervención espectacular y, mientras tanto, dejamos pasar innumerables signos de bondad: alguien que nos ofrece refugio, un poco de agua cuando estamos sedientos, un pedazo de pan compartido, un cambio favorable del viento, el regreso de un ave al puño o una palabra pronunciada en el momento preciso. En la novela hay tempestades y salvaciones que los personajes viven como auténticos milagros. Sin embargo, la providencia aparece con mayor frecuencia a través de personas comunes: marineros, campesinos, mercaderes o desconocidos que ayudan a los viajeros sin esperar nada a cambio. Estar atentos es una forma de gratitud y también una resistencia frente a la desesperanza. Quien aprende a percibir esos pequeños milagros no niega el dolor ni cierra los ojos ante el mal. Sencillamente, se niega a permitir que el sufrimiento ocupe toda la realidad. Siempre queda una luz, aunque sea pequeña, y hay que educar la mirada para reconocerla.

Ch.A.: Un viaje que dura dos años, diez meses y tres días; un viaje en el que encontramos toda clase de personajes y paisajes…

J.S.A.: Permíteme aquí otra precisión mínima: en el cómputo que he seguido para la novela, el viaje duró exactamente dos años, diez meses y seis días. Es casi una vida entera, especialmente para un joven de diecisiete años. Durante ese tiempo atraviesan el Mediterráneo, conocen Constantinopla, navegan por el mar Negro, cruzan Anatolia, Armenia, Persia y las grandes llanuras de Asia Central. Sufren temporales, naufragios, enfermedades, pérdidas humanas, hambre, calor y frío; pero también conocen ciudades maravillosas, banquetes, mercados, monasterios, jardines y gentes de una hospitalidad conmovedora. El gran desafío narrativo consistía en evitar que el libro se convirtiera en una sucesión de etapas geográficas. Cada lugar debía aportar algo: revelar un carácter, introducir un conflicto, mostrar una civilización o transformar a Alvar. Al final, el camino acaba convirtiéndose en un personaje más. Los prueba, los despoja, los educa y los devuelve a Castilla profundamente cambiados.

Ch.A.: Incluso hallamos un personaje envuelto en el taedium vitae. ¿Es también un cáncer de nuestro tiempo?

J.S.A.: Sí, aunque conviene hacer una distinción importante. El taedium vitae del que habla la novela no debe confundirse sin más con la depresión, que es una enfermedad compleja y merece un profundo respeto y una atención adecuada. El taedium vitae es un cansancio existencial, una pérdida del deseo y del propósito. Puede aparecer precisamente en quienes poseen abundancia, placeres y comodidades, pero carecen de una razón profunda para vivir. Todo termina sabiendo a ceniza. La novedad deja de interesar y se busca una distracción tras otra sin encontrar verdadera alegría. En ese sentido, resulta muy contemporáneo. Nuestra sociedad ofrece una cantidad casi infinita de estímulos, entretenimiento y posibilidades, pero muchas personas no saben hacia dónde orientar la vida. El remedio difícilmente puede consistir en añadir más ruido o más consumo. Hace falta recuperar vínculos verdaderos, servicio, disciplina, belleza, fe y una causa que merezca la entrega. Fray Alonso lo expresa con enorme claridad: el peor mal consiste en no amar nada, en no buscar ya el bien, la verdad ni la belleza.

Ch.A.: Tamerlán es el símbolo del poder y también de Oriente. Pero Clavijo afirma que todo en Oriente está construido sobre arena y parece desaparecer. ¿Una ciudad castellana de piedra frente a una ciudad de tiendas en el desierto?

J.S.A.: Esa imagen es muy importante, aunque no quisiera que se interpretara como una descalificación simplista de Oriente. El poder de Tamerlán es deslumbrante, pero depende en gran medida de su persona. Todo gravita alrededor del viejo conquistador: sus hijos, sus nietos, los generales, los pueblos sometidos. Cuando él muere, ese edificio inmenso corre el riesgo de resquebrajarse. Al regresar a Castilla, Clavijo advierte que allí lo que hoy se encuentra en lo más alto puede caer mañana y que el poder parece levantado sobre «arenas inestables». La ciudad castellana de piedra representa la continuidad, la memoria, las instituciones y el arraigo. La ciudad de tiendas posee, en cambio, una fuerza móvil extraordinaria: puede levantarse, desplazarse y acompañar al soberano. No es debilidad únicamente; es también capacidad de adaptación y una forma diferente de entender el poder. Pero la novela muestra igualmente ciudades de piedra convertidas en ruinas, desde Constantinopla hasta las antiguas fortalezas del camino. La piedra tampoco garantiza la eternidad. La pregunta última sería qué permanece cuando desaparecen los palacios, los campamentos y los emperadores. Tal vez permanezcan la palabra dada, la memoria, la dignidad y los vínculos humanos.

Ch.A.: La curiosidad, la belleza de los viajes, el misterio… No hemos cambiado mucho como viajeros, ¿verdad?

J.S.A.: Hemos cambiado enormemente en los medios de transporte, pero muy poco en el impulso profundo que nos hace viajar. Seguimos partiendo movidos por la curiosidad, la belleza y el deseo de descubrir qué existe más allá del horizonte. Y muchas veces salimos buscando el mundo y terminamos encontrándonos a nosotros mismos. Nuestro tiempo tiene un riesgo: podemos recorrer miles de kilómetros sin mirar verdaderamente nada, protegidos por una pantalla, una guía o una lista de lugares que fotografiar. El viajero auténtico acepta, en cambio, sentirse desconcertado. Permite que el lugar lo interrogue y reconoce que no comprenderá todo de inmediato. Alvar encarna la mirada asombrada. Clavijo representa la observación disciplinada y paciente. Son dos maneras complementarias de viajar. La curiosidad, cuando va acompañada de humildad, es una virtud moral. Nos abre a lo diferente sin pretender dominarlo. Y el misterio impide que el viaje se convierta en una simple acumulación de lugares: nos recuerda que el mundo siempre es más grande que nuestras explicaciones.

Ch.A.: La relación de Alvar con sus halcones es uno de los hallazgos más hermosos de este libro. Un libro verdaderamente recomendable.

J.S.A.: Muchas gracias. Para mí los halcones no son un elemento ornamental ni una simple excusa argumental. Son auténticos personajes y constituyen el eje emocional de la novela. Desde Miralba, la azora de su juventud, hasta los tres halcones reales, la relación de Alvar con las aves está basada en el cuidado, la paciencia y la responsabilidad. Un halcón puede marcharse. Siempre conserva su libertad. El halconero aprende a conocer su carácter, a respetar sus tiempos y a merecer que regrese al puño. Por eso la cetrería contiene una hermosa imagen de la confianza y del amor: aquello que verdaderamente amamos no se reduce a una posesión; se cuida y se acompaña. Las aves introducen también ternura y belleza en medio de un relato lleno de guerras, ambiciones, enfermedades y muertes. Alvar puede comprender a los halcones incluso cuando no entiende las lenguas de los hombres. Y hay un momento doloroso y decisivo: los tres halcones se quedan en Samarcanda. Alvar ha cumplido su misión, pero debe regresar sin ellos. Durante el camino de vuelta los recuerda con melancolía y cree distinguir a uno volando sobre una colina. Esa ausencia expresa el precio del viaje: regresamos enriquecidos, pero también dejamos algo de nosotros en los lugares que hemos amado.

Ch.A.: ¿Cuál es el viaje literario en el tiempo que te ocupa ahora? Te hemos visto relatando el viaje del papa León a España. El poder del papado y el del rey marcan la época en la que se desarrolla la novela.

J.S.A.: En este momento mi viaje literario no me lleva exactamente a otro siglo, sino al límite mismo de la existencia. Estoy dando los últimos pasos de Buscando la luz. Experiencias cercanas a la muerte y nostalgia de la eternidad, un libro de ensayo que recorre testimonios, investigaciones científicas, filosofías, religiones y, finalmente, la esperanza cristiana. Es una obra muy distinta de Tres halcones para Tamerlán, aunque nace de un impulso semejante: viajar para conocer y dejar que el camino transforme nuestra mirada. En este caso, el territorio explorado es la gran pregunta por la conciencia, la muerte, el amor y el deseo humano de eternidad. Al relatar la visita del papa León XIV a España he vuelto a pensar también en la fuerza de los símbolos y en la permanencia de determinadas realidades espirituales. En el siglo de Clavijo, el rey, el emperador, el papa y el patriarca definían buena parte del horizonte político y religioso. Pero la novela muestra también la fragilidad de esos poderes: el Cisma de Occidente, una Constantinopla amenazada, reyes enfermos e imperios que empiezan a deshacerse. Volveré a la novela histórica, porque hay épocas y personajes que continúan llamándome. Pero ahora mismo mi camino discurre hacia esa luz que el ser humano parece buscar desde que tiene conciencia de sí.

Ch.A.: Esta historia se alza como el vuelo de los halcones. ¿Seremos capaces de alzarnos sobre todas las dificultades en este viaje nuestro por un verano de fuegos y desgracia?

J.S.A.: Eso espero. Pero el halcón no se eleva para abandonar la tierra ni para contemplarla con indiferencia. Sube para verla mejor, reconocer el camino y actuar con precisión. Quizá esa sea la altura que necesitamos: perspectiva, lucidez, solidaridad y coraje. Alzarnos sobre la desgracia no significa olvidar a quienes sufren ni ofrecer consuelos fáciles. Significa impedir que la tragedia tenga la última palabra. Significa acompañar, reconstruir, aprender, asumir responsabilidades y proteger con mayor cuidado lo que se nos ha confiado. Los viajeros de la novela sobreviven a tempestades, naufragios, enfermedades, pérdidas y desiertos porque ninguno puede salvarse solo. Un desconocido les ofrece una tienda, un marinero arriesga su vida, un compañero sostiene al que desfallece y todos continúan caminando después de enterrar a sus muertos. También nosotros podremos alzarnos si lo hacemos juntos, con los pies firmemente apoyados sobre esta tierra herida y los ojos todavía capaces de buscar el cielo.

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