La jardinera Isabel López Blázquez nos descubre la belleza de los jardines históricos conservados en Béjar.
Casi al inicio de la subida a Castañar y con una posición privilegiada, mirador de la ciudad laboriosa, se alza de puntillas Villa Florencia con sus barandillas, sus copones, sus verdes profundos y su torreón vigía hexagonal de un tiempo pasado. Gracias a sus dueños, los herederos de Ramón Mustieles, las altas verjas de hierro, hermosísimas, como todo lo que pertenece a esta finca, se abren de la mano de Isabel López para descubrir una historia reciente que sigue floreciendo.
Villa Florencia, que recibe el nombre de la madre de su primera propietaria, forma parte de aquel incipiente intento de hacer veraneo en las faldas de la montaña. Los burgueses buscaron la umbría y la frondosidad del bosque para pasar el verano, e incluso iniciaron los negocios de hospedaje que culminarían con la “Colonia Madrileña”. Las villas de recreo, magníficamente estudiadas por José Ignacio Díez Elcuaz, proliferaron en las faldas de la montaña a principios del XX donde se refugiarían las gentes del calor en hermosas casas de estilos eclécticos. Buen y original ejemplo de ellas es este lugar hermoso, de muy equilibrado tamaño, estilo neoclásico, modernista y hasta de un aire postvictoriano muy utilizado en la época. Una época en la que se realizaban con moldes balaustradas, jarrones, pasamanos para adornar las escaleras que a menudo tenían dos lados en forma de T con un hermoso estanque en medio y se decoraban las paredes con esgrafiados, rodeando las muchas ventanas de molduras de formas vegetales. No faltaban las fuentes de azulejos morunos a la manera de la Alhambra, con sus bancos y sus ranas exquisitas, que también ornaban el borde de los estanques.

Villas maravillosas que lucen jardines tardorrománticos, quizás a la manera de ese Bosque de los Duques de Béjar construido en el siglo XVI que impone el gusto por la finca de recreo de aires romanos, próxima al centro urbano, coto de caza y utilidad en huerta y jardín. Un jardín, el de Villa Florencia, que era muy conocido para los bejaranos: allí subían a buscar los pétalos del Corpus, las flores para la iglesia o el ramo de la novia, pues eran famosas sus rosas damascenas que ahora cuida con mimo Isabel, que nos indica que, aunque ya pasó su época –esas rosas efímeras que recuerda Mercedes Riba en un hermoso texto dedicado a la casa- hay otras flores en este agosto inclemente, y nos las muestra aunque su olor se anuncia solo. Espléndida conocedora de la historia de la casa, cita aquellos perales legendarios que producían la variedad “muslo de dama”, peras tan duras que servían para confitarse, una curiosidad botánica que hay que recuperar en este jardín abigarrado. Y si alguien se sorprende ante esa curiosa denominación, que se acerque al “velo de novia”, la bella trepadora que cae con tanta gracia, o busque las semillas del “clavel del poeta” que recolecta Isabel mientras nos invita a tomar del árbol próximo la ciruela que se queda en la mano, con una gota cristalina de azúcar en su piel casi a reventar de madura.

Tenían los jardines de Villa Florencia justa fama. Mirador de Béjar, se alzaban en ellos los pinos, los cipreses, las palmeras, los granados… a la manera islámica del jardín del Edén, los jardineros, algunos tan conocidos como Gassanet, trazaron los setos de boj antiquísimo, y la deliciosa explanada protegida por altos castaños abrazados en sus troncos donde se descubre el estanque rectangular que custodia el dragón de piedra. Estanques que, explica Isabel, tenían una función estética y práctica, servían para el riego a la vez que eran el lugar rumoroso del encuentro, de la fiesta para la puesta de largo, el concierto, la merienda bulliciosa. Un espacio en la umbría de los altos árboles y la proximidad del bosque que ahora, está alfombrado de la candela del hermoso y anciano castaño. Un espacio para el encuentro, protegido del calor, que abandonamos por los caminos abigarrados para buscar el estanque que la jardinera ha llenado de nenúfares y donde viven, en un perfecto equilibro de agua limpia, peces que nadie sabe hasta dónde se remontan.
Porque pese al trabajo y a la plantación de algunas especies, casi todo lo que vemos en estos magníficos emparrados, tiene años y solera. Se remontan a las manos de José Rodríguez, jardinero de “Villa Florencia”, quien trazó sus caminos, sus proporciones y trajo variedades exóticas. El jardín, para Isabel, responde al gusto de los dueños y a la pericia del jardinero. Es una mezcla bellísima de naturaleza y artificio que se hace protagonista frente a la casa. La casa que se alza protegiendo la pared que queda hacia el hostigo, la lluvia que viene de lado de la que hay que cuidarse, mientras el jardín se eleva y desciende a medida que lo pide el terreno. Continuadora y a la vez, renovadora, la mano de Isabel trasplanta las masas azules de hortensias que, en su origen, venían de la China, como venía de Oriente la yuca que llamaban gloriosa y que teme al frío. Una mano sabia que siembra hierbas de olor, desbroza, poda, atiende a la recogida de la semilla que se esparce sola, tiende la enredadera hacia el muro o ayuda a alzarse a la glicina frente al arco de metal que es diadema del sendero.

Al otro lado de las balaustradas originales, la ciudad de Béjar se alza alargada y plena de edificios que se elevan. Villa Florencia queda como ejemplo de un tiempo pasado que buscó la comodidad y creó belleza. Un tiempo en el que las gentes de principios de siglo usaban la luz y la umbría. Nos recuerda la historiadora Carmen Cascón que, en las casas de la Calle Mayor, la búsqueda de calor y luz hacía que se construyeran galerías de grandes cristaleras –la cristalera bejarana que imitó Luis Huebra en la Cuesta de San Pablo por amor a la esposa de la ciudad industrial- y, sin embargo, en el verano aún no inclemente, se buscaba la sombra y la umbría de la montaña en casas que miraban hacia la cristalera invernal. Una luz, la mejor, la del norte, que también se precisaba en las grandes fábricas para que iluminase el trabajo de los obreros del textil. Aquellos que miraban hacia las casas de la montaña con admiración y que iban a buscar los ramos deseados. Un deseo de belleza que se guarda, entre las manos sabias de la jardinera, a despecho del tiempo y de los propios hombres, de la historia y de sus vaivenes. La auténtica belleza del jardín, rendido ya a la pura naturaleza, a la pura, belleza, belleza, belleza.

Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.