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Tempus fugit
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DESDE LA CIUDAD DE LA LUZ

Tempus fugit

Publicado 10/08/2026 12:10

El tiempo huye.

Cada 11 de agosto vuelvo a estas dos palabras.

Tempus fugit

Quizá porque cumplir años es, en el fondo, detenerse un instante en mitad del camino y mirar hacia atrás.

Y cuando uno mira hacia atrás descubre que el camino está lleno de huellas.

Hay personas que caminaron a nuestro lado durante mucho tiempo y otras que apenas estuvieron unos pasos. Amigos, compañeros de camino, alumnos que pasaron por mi vida durante tantos años; algunos durante un tiempo breve, otros durante etapas más largas. Algunos siguen cerca. Otros quedaron detenidos en la memoria. Algunas personas se fueron para siempre y dejaron ese extraño vacío que solo dejan quienes fueron importantes.

Durante casi cuarenta y cinco años he tenido también el privilegio de enseñar. Por mis clases han pasado generaciones distintas, incluso hijos y padres de una misma familia. He visto crecer a muchos de aquellos alumnos y, de alguna manera, también ellos han dejado algo de su paso en mi propia vida.

Porque enseñar nunca ha sido solamente transmitir conocimientos: también ha sido aprender de quienes se sentaron al otro lado de la mesa.

Hay, sin embargo, quienes nunca dejaron el camino.

Mi familia.

Ha estado a mi lado en los momentos de luz y también en aquellos en los que la vida se volvió más oscura. Ha compartido mis alegrías, mis incertidumbres, mis proyectos y también mis silencios. Ha sido presencia cuando más necesaria era, incluso cuando quizá yo mismo no sabía cuánto la necesitaba.

Al mirar hacia atrás comprendo que muchas de las cosas que he podido hacer no las habría hecho de la misma manera sin ese lugar al que siempre he podido volver.

La familia es, quizá, ese lugar donde uno puede dejar de caminar por un momento y sentirse en casa.

También quedaron lugares, libros, fotografías, conversaciones, ilusiones que no llegaron a cumplirse y otras que, contra todo pronóstico, encontraron un día la manera de hacerse realidad.

Mi vida ha tenido sombras.

Muchas.

Pero también ha tenido luz.

Quizá por eso he pasado tantos años intentando comprenderla, persiguiéndola con una cámara, buscándola en la poesía, en una piedra de Salamanca al amanecer, en el silencio de una calle cuando todavía no ha llegado nadie, en ese instante en que la ciudad parece hablarnos sin necesidad de palabras.

Ahora pienso que quizá no he estado buscando la luz.

Quizá estaba intentando comprender mi propia vida.

He publicado libros de poesía y de fotografía. He escrito, he fotografiado, he creado proyectos, he compartido caminos. He tenido la fortuna de encontrar un pequeño lugar dentro de la cultura de mi entorno, un lugar construido lentamente, con trabajo, con ilusión y también con muchas incomprensiones.

Porque crear tiene a veces ese precio:

caminar hacia un lugar que los demás todavía no pueden ver.

No me quejo.

Cada incomprensión, cada dificultad, cada momento oscuro forma parte también del paisaje.

Hoy sé que la vida no se puede escribir solamente con los días luminosos.

Necesitamos también las sombras para comprender la luz.

Y quizá eso sea lo que más me conmueve al llegar hasta aquí.

Que después de tantos años, cuando uno podría pensar que ya está todo dicho, todo vivido, todo buscado, descubro que todavía tengo preguntas.

Todavía tengo proyectos.

Todavía tengo poemas que escribir.

Fotografías que hacer.

Libros que ordenar.

Ideas que apenas comienzan a levantar sus primeros cimientos.

Y, sobre todo, tengo una mirada que todavía quiere aprender.

Por eso este 11 de agosto no quiero hacer un balance.

No quiero contar lo que se fue.

Quiero agradecer lo que permanece.

Y quiero mirar hacia delante.

Porque hay algo que me sucede y que no sé explicar del todo:

a los setenta y cinco años me siento más creativo que nunca.

Quizá sea una ilusión.

Quizá sea la esperanza.

O quizá sea que, después de tantos años, algunas piezas empiezan finalmente a encontrar su lugar.

No sé si este será mi mejor momento.

Pero deseo que lo sea.

No por lo que todavía pueda conseguir, sino por la posibilidad de que todo lo vivido encuentre ahora una forma nueva de expresarse.

He aprendido que el tiempo no solo se lleva cosas.

También las transforma.

Convierte las heridas en memoria.

Las ausencias en presencia.

Los recuerdos en palabras.

Las palabras en poesía.

Y algunas luces fugaces en fotografías capaces de sobrevivir al instante.

Por eso, este año, cuando vuelva a escribir Tempus fugit, quizá ya no lo haga con tristeza.

El tiempo huye.

Sí.

Pero mientras huye, nos deja algo extraordinario:

la posibilidad de convertir lo vivido en luz.

Setenta y cinco años.

Y todavía siento que estoy comenzando.

Quizá porque mientras uno conserve la capacidad de asombrarse, de mirar, de crear y de esperar algo del mañana, ninguna edad es una despedida.

Es simplemente otra forma de amanecer.

Y yo todavía quiero ver amanecer.

Desde la Ciudad de la Luz

11 de agosto de 2026

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