¿Cómo se llamaba la muchacha que nos enseñó y explicó, en una tarde tórrida de principios de agosto, el retablo de la iglesia de San Miguel de Ágreda?
Ya nunca lo sabré. Y acaso dé igual, pero nunca olvidaré el temblor que sentí al encontrarme ante un ser, inocente y frágil, que se abría a la vida y que, en los días de verano, estaba allí en la iglesia, explicando el retablo por algunas monedas.
Vacilaba, dudaba, se apoyaba, como bastón verbal, en un cuaderno que tenía entre las manos, al que consultaba de continuo, para explicar tabla a tabla, de todas las que componían el retablo, episodios de las vidas de San Miguel Arcángel y del propio Jesucristo.
Sentí enseguida (constituíamos un pequeño grupo) que había de tener un gesto de piedad (en el sentido zambraniano) ante aquella muchacha adolescente. Y sostuve y mantuve la atención, mi atención, ante las palabras vacilantes de aquella muchacha.
Percibí que, también y al tiempo, me estaba siendo revelado algo: la situación de todos los adolescentes y jóvenes de nuestro país, a quienes hemos de cuidar tanto, de transmitirles lo que somos, de favorecerles y abrirles todos los caminos, para que puedan realizarse y afianzarse en una vida digna, como garantía para la vida digna de todos.
Y seguía las explicaciones de aquella adolescente. Hablaba nuestro idioma. Utilizaba su verano para ganarse unas monedas y así poder cumplir algunos de sus sueños, o ayudar a su familia. Y, por ello, sentí que aquel acto tenía una carga moral muy poderosa.
Nuestras gentes humildes merecen nuestro máximo respeto. En ellas está lo mejor de lo que somos. Y aquella adolescente que, en Ágreda, nos explicaba el retablo de San Miguel, era, en la tarde de principios de agosto, la representante de todas esas gentes a las que les toca sufrir y soportar la historia.
Y percibí que aquel acto, que aquella explicación de un retablo de iglesia por parte de aquella adolescente, era un regalo que estaba recibiendo aquella tarde. Y una íntima conmoción se apoderó de mí.
¿Cómo responder ante aquel acto, ante aquella revelación? ¿Qué respuesta dar a aquella aventura que estaba viviendo?
Cuando terminó su explicación, la adolescente, mientras nosotros íbamos saliendo de la iglesia, se colocó ante su mesita, en el interior del templo, junto a su puerta de entrada.
Me acerqué a ella. Le pregunté qué estudiaba. Cursaba formación profesional y estaba haciendo un módulo de diseño de páginas web, en Soria. Le dije si en el curso residía en Soria. Y me dijo que no, que un autobús la llevaba y traía a diario desde Ágreda a Soria.
–Será cansado –le pregunté.
–Sí –me dijo–, pero es como puedo hacerlo. Y descanso en las vacaciones.
Le di las gracias. Le dejé una pequeña ofrenda.
Sentí, al abandonar la iglesia, al despedirme de aquella muchacha, que tenía que entonar en silencio una pequeña oración, al Dios de los humildes, de los más caídos, y pedirle que protegiera, que tuviera en el cuenco de sus manos a aquella adolescente que acababa de enseñarnos el retablo de San Miguel.
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