Ruedan las manecillas por el reloj, caen las noches en mi almohada. He dejado atrás el papel y los subrayadores para dedicarme al sol. Desde la comodidad contemplo cómo de cruel es la mente humana. Se abren las puertas del fuego y se cierran los de la caridad humana. Empieza el agosto con las manos amarradas.
En mi imaginación suena el cornetín. Algo tiene que anunciar más allá de las fiestas en nuestros pueblos. Esas fiestas que únicamente cambian las orquestas para musicalizarlos, pero que apuestan por el mismo público menguante. Los santos se turnan entre risas y conversaciones que han dejado de versar sobre la historia sagrada para tornarse en puros alicientes del disfrute. He ahí el sentido de nuestra ritualidad: acompañarse y acompañarnos. Así hasta que llega la Virgen de agosto, hasta que volvemos a reencontrarnos con el principio del fin.
Ponle un nombre bello a la Virgen de agosto, algo que la ligue con la tierra y ennoblezca su rostro hierático. Dale a la flor un apelativo que la honre e inmortalice, que haga de su silbido un canto mientras la hace brillar más que el sol. Porque entre Roques, Lorenzos, Rosas y Claras, conmemoramos la Asunción de María. Qué bonito vuelo, qué intenso rapto florido y qué azul desprende la representación de este momento en la mano de Teresa Peña. Del agreste agujero emerge para presidir un misterio más. La solidez de su silueta contrasta con la flotación que transmite. Tal y como la fe. Como una Victoria que nos guía o un lirio florecido. Una alegría que no se puede asir.
El lienzo me ha enseñado cuánto de cotidiano tiene el despertar. Aquel sueño que se cierne sobre nuestros párpados debe terminar. La luz que baña su rostro es la que nos lleva, la corriente de palomas que la envuelve la sabiduría de un Verbo encarnado. Llena de Virtud es asunta para invitarnos a que nosotros también llevemos una bandera de humildad y bondad.
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