«La fiesta no es evasión, es revelación.»
OCTAVIO PAZ
«No se habita un lugar, se habita una memoria.»
GASTON BACHELARD
Hay pueblos que parecen haber nacido para guardar silencio. No un silencio de abandono, sino ese otro que solo conocen los caminos de tierra, las dehesas cuando cae la tarde o los robles viejos que llevan décadas viendo pasar las estaciones. Navagallega es uno de ellos. Quien llega por primera vez quizá piense que apenas ocurre nada. Pero basta detenerse un momento para comprender que allí la vida no hace ruido; simplemente permanece.
Los pueblos pequeños tienen la rara virtud de conservar lo esencial cuando casi todo lo demás desaparece. Las ciudades cambian de rostro con facilidad; un pueblo, en cambio, cambia despacio. Cada piedra conoce una historia y cada casa guarda el eco de quienes nacieron, trabajaron, amaron y un día tuvieron que marcharse. Navagallega sabe bien de despedidas. Durante décadas vio partir a sus jóvenes hacia la ciudad, como tantos rincones del país, buscando el pan que la tierra ya no podía ofrecerles. Se cerró la escuela, desaparecieron todos oficios, las calles fueron perdiendo el bullicio de los niños y el invierno comenzó a parecer más largo.
Y, sin embargo, el pueblo nunca terminó de rendirse.
Cada verano vuelve a ocurrir el pequeño milagro. Las puertas se abren de nuevo, regresan los hijos y los nietos, se limpian los patios, vuelven a encenderse las cocinas y las conversaciones recuperan el hilo que dejaron un año atrás. Nadie pregunta cuánto tiempo ha pasado, porque en los pueblos el tiempo no se mide igual. Allí basta un saludo para borrar meses de ausencia.
El cinco de agosto ese regreso adquiere un significado especial. La Virgen de las Nieves convoca a todos. Los vecinos que permanecen durante todo el año y los que viven lejos vuelven a encontrarse bajo la misma advocación que acompañó a sus padres y a sus abuelos. La campana de la iglesia parece sonar de otra manera, como si también ella supiera que ese día el pueblo vuelve a sentirse completo. La procesión recorre las calles despacio, al ritmo de las conversaciones y de los recuerdos, mientras cada uno encuentra en la imagen de la Virgen algo distinto: unos agradecen, otros piden, muchos simplemente recuerdan.
Porque las fiestas de un pueblo nunca son solo fiestas. Son una manera de decir que seguimos aquí.
Navagallega tiene una historia humilde, como la tienen la mayoría de los pueblos castellanos. Creció durante las sucesivas repoblaciones de estas tierras y encontró cobijo junto a las Peñas del Rey, donde aún permanece la memoria del antiguo Castillo de Santa Cruz. Hoy apenas quedan restos de aquella fortaleza que un día vigiló estos caminos, pero las ruinas también hablan. Dicen que hubo generaciones enteras que defendieron esta tierra, que sembraron donde antes hubo monte y levantaron sus casas con la misma piedra que ahora duerme entre la hierba. Los castillos no solo protegían fronteras; también protegían esperanzas.
En el centro del pueblo continúa la iglesia de Nuestra Señora de las Nieves, discreta, sin grandezas monumentales, pero llena de esa belleza que solo poseen las cosas que han servido durante siglos para acompañar la vida de las personas. Sus muros han escuchado el llanto de los bautizos, las promesas de los novios y las lágrimas de las despedidas. Ningún museo conserva tanta vida como una iglesia de pueblo.
Y luego está el paisaje. Tal vez sea el patrimonio más valioso de Navagallega. Las dehesas abiertas, los robles centenarios, las peñas de granito, el horizonte limpio donde la tarde parece demorarse un poco más que en otros lugares. Aquí la naturaleza no es un decorado. Es una vecina más. Quien ha nacido entre estos campos sabe distinguir el canto de los pájaros, conoce el olor de la tierra después de la lluvia y aprende pronto que cada estación tiene su propio lenguaje. Quizá por eso quien se marcha nunca termina de irse del todo. Siempre queda un pedazo de uno mismo esperando junto al camino que llevaba a casa.
Pero si algo mantiene vivo un pueblo no son sus piedras, sino sus vecinos. Navagallega ha sabido resistir porque hay personas que no aceptan que el abandono sea el último capítulo de su historia. Se organizan, trabajan, limpian las calles, cuidan la iglesia, mejoran los espacios comunes, preparan las fiestas y piensan en el futuro sin olvidar el pasado. Esa labor silenciosa merece tanto reconocimiento como cualquier gran obra pública. Gracias a ella el pueblo sigue siendo un lugar donde merece la pena regresar.
Las fiestas son el mejor ejemplo de ese esfuerzo compartido. Hay quien piensa que una fiesta consiste en una verbena o en unos fuegos artificiales. Se equivoca. La verdadera fiesta empieza cuando los vecinos juntan las mesas, comparten el pan, el vino, una paella, los embutido y otros pequeños majares que van pasando de mano en mano entre risas, conversaciones y la alegría del encuentro. Sentarse alrededor de una misma mesa es mucho más que alimentarse. Es reconocerse. Es comprobar que las diferencias pesan menos cuando se comparte el pan. En los pueblos siempre se supo que la amistad necesita tiempo, conversación y mantel.
Por eso merece un agradecimiento sincero el trabajo de quienes hacen posible estas celebraciones. Los miembros de la Entidad Local Menor, encabezados por su alcaldesa, Cristina Serrano, junto a tantos colaboradores y vecinos anónimos, dedican muchas horas para que todo salga bien. También es justo reconocer el apoyo de las instituciones y de cuantos creen que los pequeños pueblos forman parte del patrimonio más valioso de nuestra tierra. Defender Navagallega no es solo conservar unas casas; es proteger una forma de vivir que todavía sabe dar importancia a las personas antes que a las prisas.
Quizá algún día los mapas sigan señalando a Navagallega como un pequeño punto perdido entre montes y dehesas. Pero quienes conocen el pueblo saben que no está perdido. Al contrario. En un tiempo que parece haber olvidado el valor de las raíces, Navagallega sigue recordándonos que la verdadera riqueza de un lugar no se cuenta por el número de habitantes, sino por la fidelidad con que conserva su memoria. Mientras cada cinco de agosto la Virgen de las Nieves vuelva a recorrer sus calles y los vecinos vuelvan a sentarse alrededor de la misma mesa, el pueblo seguirá diciendo, sin necesidad de palabras, que todavía hay lugares donde el corazón continúa viviendo despacio.
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