La autora chilena firma un ensayo literario de fácil y entretenida lectura
Es Isabel Allende una lectura veraniega, una lectura consoladora, una lectura que nos enseña a vivir. Sea ficción o no ficción, la obra de la escritora chilena llena de alegría al lector, le hace vivir en su particular mundo optimista, vitalista, solidario y siempre reconocible. Los que leemos a Isabel Allende parece que nos instalamos en una de las habitaciones de su casa con cada lectura.
Guardo con cariño todos sus libros desde que apareciera aquel volumen de Plaza y Janés con su primera y sorprendente novela “La casa de los espíritus”, que nació de la nostalgia por su país desde el exilio político de Venezuela. Isabel Allende era familia del presidente chileno y una perfecta desconocida post-boom a la que nunca tomaron los ambientes académicos muy en serio. Mal hecho. Es la escritora en español que más ejemplares vende en el mundo, y aunque en ocasiones, su última obra sea un tanto repetitiva y se le acuse de declaraciones más cursis que un repollo con lazo, a sus admiradores su persona, su escritura y sobre todo, su resiliencia nos ayuda a vivir. Novelista de fuste, capaz de convertir en una obra maestra de la memoria y el duelo la prematura muerte de su admirable hija en “Paula”, la autora chilena vive en California asistiendo, a los ochenta años, a la sorprendente censura de algunos de sus libros destinados al público adolescente. Defensora de la mujer, peleona, divertida, Allende firma esta vez, unas memorias de escritora, un ensayo literario que es recetario para la escritura en el que vuelve a insistir en su trabajo, en sus temas reiterados, en esa aceptación de la vejez en el que se muestra tan vitalista y sincera como siempre.
“La palabra mágica” publicada muy bellamente por su editorial de toda la vida, porque Allende es de una fidelidad enternecedora, de letras doradas y un azul Klein casi real, supone casi un testamento vital de su trabajo. “La escritura me ha definido (…) es la lente a través de la cual examino mi presencia en el mundo”. Dueña de un discurso feliz, la autora reconoce que la literatura es mágica, que las historias, que nunca le han faltado, se cuentan casi solas en medio del silencio y de esas infinitas horas de trabajo que les ha dedicado desde la publicación de su primera novela. Isabel Allende, de infancia inusual, atrevido ejercicio del periodismo feminista en Chile, obligada a exiliarse en Venezuela y California, esta vez por amor, siempre ha afirmado que la suya es una historia de tragedias y éxitos marcados por su pasión por las historias. Desde 1982, fecha en la que publicó “La casa de los espíritus”, el libro con el que sorprendió a un público que la encuadró enseguida en ese “post-boom” que no había aceptado a mujeres tan brillantes como Elena Garro o Rosario Castellanos, nombres que recuerda la autora, Allende se convierte en una figura capaz de trabajar todos los géneros salvo la poesía, una suerte de personaje colorido, de declaraciones felices, extravagantes, capaz de apuntar en este libro nuevo una verdad de perogrullo que de su boca suena así de bien: “Empezar a escribir es un gran paso. No esperes a estar listo, atrévete”.
El misterio de Isabel Allende en la actualidad es su sinceridad, su entrega, su alegría. Disciplinada, llena de gracia: “Todo me inspira”, la autora parte, desde sus inicios, de una imaginación desbordante alimentada por su particular historia personal a la que se enfrenta desde la documentación y el deseo de empoderar a sus personajes femeninos. “La escritura debe ser visual, como la pintura, necesita color, fluidez, textura”, declaraciones espléndidas unidas a esas obviedades felices que llenan esa “habitación interior” en la que ha vivido su azarosa existencia. Dedicada al ensayo personal y a la novela, es capaz de reconocer que el relato es un género difícil para ella y que en ocasiones, la escritura del yo le ha traído problemas con una familia ya acostumbrada a su absoluta sinceridad. En la actualidad, está dedicada a unas memorias en las que relata su segundo y doloroso divorcio y la entrada en esa vejez en la que extraña a su madre –con la que se escribió durante años en un ejercicio de diario personal muy valioso- y mira a la muerte de cerca. Unas memorias que sus lectores esperamos con ansia mientras leemos la reflexión literaria de una mujer a la que conocemos como si fuera un miembro de nuestra familia. La familia de la escritura que la tiene como un personaje lleno de gracia a la que nos encomendamos alegremente para seguir aprendiendo a vivir, vivir con alegría, con ganas, con deseo, con agradecimiento, con voluntad peleona y facilidad. Porque ella es así, nuestra Isabel Allende.
Charo Alonso.